Nueve lunas de Antares El engaño
76%

El engaño

L inaek había guardado en su túnica la daga con la sangre del demonio hecho dios.

Una sangre necesaria para adquirir el conocimiento supremo de todos los universos conocidos.

Un conocimiento que le ofrecía el cristal de la sabiduría.

Eran ella y sus dos hermanas quienes, liberadas de su eterna deuda con Angra Mainyu, sabían que era la sangre de un dios la única vía para controlar su destino.

Tenían una opción, una oportunidad de poder frenar la llegada de un mundo dominado bajo el yugo de la guerra, la muerte y la destrucción.

Si conseguían escribir de nuevo sobre el fino hilo del destino de Angra Mainyu, quizá podían frenarlo.

Sacó la daga escondida. La puso en la balanza de Átropos.

Una balanza que medía si el ser cuya sangre se depositaba en ella debía o no cumplir un destino establecido.

Esta vez si liberar o no a este mundo de Angra Mainyu y de su devastación.

La sangre del dios corría por la balanza mientras Láquesis untaba en ella su pluma como tinta para escribir en el fino hilo del destino.

Un hilo que empezaba a tejer la tercera de ellas, Cloto.

De su rueca emanaba el poder de cambiar el destino, quizá también, de nuevo, el de un dios.

-No es suficiente-, susurraba Linaek con voz nerviosa, usando su pluma. -No es suficiente-, decía mirando con temor a sus hermanas. -La sangre está demasiado seca. No voy a conseguir escribir un nuevo destino para él.

La sangre del dios se secaba y el destino no espera a nadie.

-Quizá esto os ayude-, dijo una voy que se acercó hasta ellas. Sin mediar más palabra, extendió su brazo hasta la zona donde la balanza de Átropos se encontraba y, con el filo de una de sus espadas, hizo un corte en una de sus manos, dejando caer su sangre sobre la balanza.

Las tres laimas alzaron su mirada hacia la voz. Era él, Reiva. Todas se habían dado cuenta ya de que aquel tranquilo y amigable abad era más de lo que parecía ser. Su sangre, sin duda divina, se entremezclaba con la del gran demonio, enlazando sus destinos.

-Mi destino, ahora está en vuestras manos-, les dijo Reiva.

Sin mediar más palabra, el abad se giró dirigiéndose hacia el encuentro con el ahora poderoso demonio del inframundo. Su paso era firme y tranquilo entre las legiones del inframundo y los gorls. Nada, ni nadie lograba tocarle. Nada, ni nadie podía detenerle.

Angra Mainyu estaba inmerso en la batalla.

Su envergadura y su poder le permitían acabar fácilmente con sus adversarios.

Sus armas, las garras de sus manos y un enorme kabastin como látigo incandescente.

Tras su enorme cadena, el kabastin contaba en su extremo más alejado con varias bolas metálicas plomadas cubiertas de púas.

Tanto su longitud, como su tamaño, hacían de esta arma algo infalible y de difícil defensa.

Aún más, si cabe, al estar en continua incandescencia, prendiendo todo aquello que tocaba.

Un dios con un poder devastador que disfrutaba con cada acto de terror, con cada vida robada.

Frente a este, un carro de hierro guiado por uno de los soldaos de Navi.

Inconsciente, se dirigía hacia él tratando de hacerle frente.

Mientras el auriga azuzaba a los caballos al galope, el arquero junto a él trataba de hacer blanco contra el señor del inframundo.

Era difícil acertar en el blanco en medio de la vorágine de la batalla.

Aquellas flechas que lo conseguían ardían en segundos y se desvanecían.

Alerta y defensivo, Angra Mainyu lanzó su kabastin hacia el carro en busca de su auriga.

Quería abatir y desmontar a este y a su otro ocupante, para poder darles muerte.

No estaban a más de metro y medio del auriga las bolas plomadas de su kabastin, que estas fueron enganchadas y amarradas sobre el brazo de Reiva, quien se había posicionado para frustrar el ataque.

Con un amarre fuerte, el abad tiraba hacia si manteniendo la tensión del gran látigo de guerra incandescente, sin sentir un ápice de dolor por el fuego, mientras miraba, ladeando su cabeza y con una mueca de desaprobación a Angra Mainyu.

-Llegas tarde, Ananke-, decía el poderoso dios. -Ahora soy tan poderoso como el creador de este y de miles de universos. He conseguido liberarme de la prisión en la que me obligaste a permanecer durante miles de años-, prosiguió. -Ahora, no eres rival para mi poder.

Reiva continuaba mirándolo. Escudriñaba cada rincón de su enorme figura ardiente.

Tras ello, soltó el kabastin. Liberó así el poder de destrucción de Angra Mainyu, quien no tardó en volver a usarlo contra él.

Reiva esquivó su ataque usando sus espadas.

Tras esto, su cuerpo se elevó en el aire.

El mundo parecía quedarse atrás. Se colocó entonces cerca del dios del inframundo, a unos pocos metros de él.

-A lo largo de miles de años, te has hecho llamar Hades, Chernabog, Cotlicue, Erik o Angra Mainyu.

Has cambiado tus nombres, tus formas y apariencias a tu antojo, sin que nadie pudiese controlarlo.

Te has movido entre viajes furtivos y temporales a los distintos mundos.

Sin embargo, siempre has mantenido tu forma más ancestral, la forma que muestras ahora, tu verdadero ser.

Has dominado con mano de hierro tu propio mundo, tu propio universo, que fue creado para ti. - decía Reiva.

-¿Mi mundo?, ¡mi prisión!-, interrumpía Angra Mainyu, exaltado.

-Tu fuiste quien decidió que tu destino fuese encerrarte en tu propia prisión-, respondía Reiva.

-Tu mundo es necesario para el equilibrio de los miles de universos existentes.

Y tu figura, pese a todo lo que conlleva, también lo es.

No puedes cambiar el curso del destino a tu antojo, modificando la existencia de todos los seres de los miles de universos existentes.

No está en tu mano hacerlo, no es tu derecho, ni tu carga.

-¿Y de quién es, tuya?-, preguntaba el gran demonio, con tono desafiante.

-Ni tuya, ni mía-, respondía Reiva. -Son las laimas.

Bajo la influencia de las fuerzas de los distintos universos son ellas quienes crean el destino de cada uno de sus seres.

Y ni siquiera ellas pueden interceder en ninguno de ellos, ni en el suyo propio.

Todo surge con un principio y un fin, más allá de nuestra propia y simple existencia.

-Como ves, ¡yo sí he podido cambiarlo!-, gritaba el poderoso dios, que volvía a lanzar su kabastin sobre Reiva.

Un kabastin mucho más cargado de fuego y energía.

Ambos se enzarzaron en una violenta lucha.

Angra Mainyu lanzaba su látigo de manera continuada.

Cada golpe, buscaba acercarse cada vez más a Reiva.

Intentaba atraparle entre sus garras y destruirlo con las fuerzas adquiridas con los cristales.

Este, se defendía con sus espadas, mientras bajaba a pie de tierra y se acercaba hacia él.

Cada golpe era esquivado y defendido. De forma más bien tranquila, el abad se acercaba hacia Angra Mainyu.

No quedaba claro quién de los dos pretendía más acercarse al otro.

Lo que si estaba claro es que ambos luchaban para fines diferentes.

Las laimas habían conseguido hacer rodar la rueca del destino, gracias a la sangre de Reiva.

Poco a poco, el universo ponía en la pluma de Láquesis las líneas exactas de lo que nuevamente les deparaba el destino.

Un destino sin la interferencia de un dios, pero que unía el de dos seres divinos, uno de oscuridad y otro de luz.

Inmersos en su lucha, ambos, Reiva y Angra Mainyu, no eran conscientes de lo que ocurría a su alrededor.

El portal abierto por las propias laimas había cortado su flujo de entrada de seres del inframundo.

Los caídos en batalla ya no volvían para una nueva lucha.

Los legionarios del inframundo perecían. El destino se estaba reescribiendo.

Estaban a menos de tres metros el uno del otro cuando Reiva volvió a atrapar con su brazo izquierdo el kabastin lanzado de Angra Mainyu.

La carne ardió. No lo soltó. Ambos forcejearon.

Angra Mainyu tiró de él para intentar acercar a Reiva hasta el filo de la espada de su otro brazo.

Sin embargo, Reiva aprovechó ese impulso que lo inclinaba en dirección al poderoso demonio para girar sobre sí mismo y, con la espada blandida en su mano derecha, cortar literalmente el brazo del gran demonio.

Angra Mainyu, sorprendido por tan inesperada e imposible acción, retrocedió rugiendo de dolor.

Reiva, se deshacía del kabastin y volvía a caminar hacia él.

Poco a poco, conforme sus pasos se acercaban al demonio, veía como éste sanaba de su herida.

Recuperaba su brazo perdido y se posicionaba de nuevo erguido y desafiante.

Reiva ladeaba su cabeza interesado, más que contrariado, por los efectos que el poder de los cristales tenían sobre el dios del inframundo.

-¡Soy un dios inmortal y todopoderoso!, ¡ni tú, ni nadie puede matarme!

-, gritaba Angra Mainyu, engrandecido y confiado, al ver que su brazo se recuperaba y que su cuerpo se llenaba nuevamente energía.

Una energía proveniente de los cristales que poseía.

-Acabaré contigo y seré yo quien domine todo mundo y a todo ser existente, escribiendo el destino de los miles de universos conocidos a mi antojo.

Mientras Reiva caminaba hacia él, el ahora todopoderoso demonio se había desecho de su espada tirándola al suelo junto a él y conjuraba la energía de los cristales en ambas manos creando dos enormes bolas de energía incandescente.

Lanzó ambas hacia su pequeño enemigo, quien esquivó la primera y recibió el impacto de la segunda.

Reiva fue lanzado hacia atrás como si de un muñeco se tratase.

Con el impacto, perdió sus dos espadas. El fiero demonio continuó lanzando bolas de fuego y energía sobre él.

Reiva intentaba protegerse de ellas usando todo aquello que tenía a su mano, escudos, espadas,…

Los impactos sobre el eran cada vez más frecuentes y violentos.

Uno, otro, otro,…, hasta que finalmente, surgió el dios único, más allá de Reiva.

Logrando recuperar la posición de su pierna izquierda en posición de avance y su rodilla derecha hincada en el suelo como apoyo, conjuró un hechizo protector que creó un escudo de luz frente a él.

Un escudo que frenaba todos los ataques que llegaban a él desde el despiadado dios del inframundo.

Poco a poco, Reiva recuperaba su posición erguida y se diría hacia Angra Mainyu.

El desatar de su poder, ahora, le permitía rechazar los ataques del gran demonio, desplazando las bolas de energía que llegaban contra él.

Frente a frente, uno contra el otro. Angra Mainyu despertó su instinto de demonio asesino e intentó asestar varios golpes mortales con sus garras sobre Reiva.

Este logró zafarse del primero. Su pecho sufrió el devastador efecto de las garras de Angra Mainyu en su segundo golpe.

Sangró. Las grandes heridas provocadas por el demonio le hicieron sentirse mortal.

Dudó. Se zafó de los siguientes golpes y asestó varios al demonio.

En la lucha, el abad vio la oportunidad de poder terminar con toda aquella atrocidad.

Podía hacerlo apoderándose del cristal que le daba fuerza interna al demonio hecho dios.

Su mano izquierda protegía su cuerpo del golpe asestado, mientras la derecha trataba de robar el cristal del cuerpo de Angra Mainyu.

Sin embargo, a tan sólo dos centímetros de este, el despiadado dios enganchó el brazo de Reiva con su garra.

El mundo se rompió. Ambos, se trasladaron entonces de ese a otro mundo, otro momento y otro tiempo.

Luego otro. Luego otro más. Mientras ambos luchaban entre sí, Angra Mainyu les desplazaba de uno a otro universo, para intentar localizar aquél en el que su poder fuese superior al de Reiva.

Caían entre realidades como si no existieran.

Su enfrentamiento sí. Su batalla los trasladó a decenas de mundos y universos, y de todos ellos regresaban al mismo momento temporal.

Su control del tiempo y el espacio les hacía recorrer de forma paralela multitud de opciones de batalla.

Sin embargo, el destino de Angra Mainyu estaba ligado al de Reiva.

Su sangre era una. Y en su destino estaba escrito que sólo había un dios único, y ese no era él.

La desesperación, la furia y la no aceptación de su destino hizo que el poderoso demonio no se cerciorase de que su portal se cerraba.

Las laimas habían reescrito en su destino, tras los designios de los miles de universos, que debía volver a su universo.

Fue en uno de esos instantes espacio temporales, en los que el poder de los cristales les detuvo nuevamente en este mundo, cuando Reiva aprovechó para hacer su apuesta.

Asestó un golpe sobre Angra Mainyu que lo posicionó frente al portal del inframundo. El portal tiró de él.

-No-, rugió.

Angra Mainyu quedó enganchado a él, como si alguna fuerza superior tirase de él hacia su interior. Poco a poco, y con la ayuda de los continuos y fuertes golpes de Reiva, el dios demonio fue absorbido por la puerta abierta al inframundo. Volvió a su universo, a su mundo, a su cárcel divina.

Las laimas, orgullosas de haber podido reescribir el destino, miraban a Reiva, aliviadas.

Este, parado frente al portal, esperaba en silencio a que se cerrase, mientras las miraba con cara de aprobación.

El silencio duró un instante. Demasiado.

Algo salió del portal. Las bolas plomadas del kabastin de Angra Mainyu aparecieron por el portal.

Estas se enredaron en el cuerpo de Reiva, arrastrándolo hacia el interior del portal.

Sus ojos buscaron a las laimas. Lo entendió.

Acto seguido, desapareció dentro, y el portal, finalmente, se cerró.

-Una sangre, un destino-, dijo Átropos. -Sólo el propio destino puede salvar a un dios.