El asalto
E L portón de Azog empezó a crujir. Los arietes empezaban a hacer mella en el portón principal de la ciudad.
Cubiertos por enormes manteletes de madera, los gigantescos arietes golpeaban sin descanso.
Lo hacían bajo una lluvia continua de aceites, orines y flechas ardientes, que hacían prender las maderas que los envolvían.
Eran muchos los gorls que perecían en su intento por derrumbar las enormes puertas de la ciudad.
Cuando un ariete prendía, era desechado al río y sustituido por otro, con más gorls que con fuerza empujaban el gran tronco.
Eran muchos. Quizá demasiados. Y seguían llegando.
El sonido del crujir era tan fuerte que se sentía que la madera de la puerta no aguantaría.
Mientras los gorls esperaban a tener un paso viable a través del gran portón de la ciudad, los legionarios del inframundo escalaban las paredes de la muralla para alcanzar su meta.
Los innumerables arqueros, apostados en las murallas de la ciudad, hacían llover sobre ellos infinidad de flechas ardientes.
Pero, cómo parar a seres incapaces de morir.
Sólo el fuego parecía conseguir que sus enemigos se detuviesen.
Desde la zona alta de la muralla, los soldados dejaban caer rodando por las paredes cilindros de metal.
Con puntas afiladas y rellenos de paja y maderas ardientes, arrasaban con todo en su caída.
Impactaban sobre aquellos que intentaban trepar la muralla, provocándoles graves heridas y arrastrándoles hacía el suelo a de decenas de ellos en cada movimiento.
Lo repetían una y otra vez, tirando de las cadenas que los sujetaban desde la zona alta de la muralla, recogiendo los cilindros como quien enrolla el ancla de un barco.
Algunos de estos cilindros no volvían a subir.
Sus cadenas se rompían. Así, muchos de esos seres llegaban envueltos en fuego a la parte alta de las murallas, donde los soldados se enfrentaban a ellos con sus espadas.
Muchos soldados caían a manos de tan indeseables seres, cubiertos de fuego.
Parte de aquellos legionarios muertos, envueltos en llamas, caían sobre las casas del interior de la muralla, provocando incendios en la ciudad.
Esto complicaba la lucha, pues parte de los soldados debían frenar el avance del fuego hacia el interior.
La lluvia de proyectiles gorl sobre la muralla dificultaba la defensa de la ciudad. Había sido fuertemente mermado el número de catapultas gorl, y, sin embargo, su efecto destructivo se hacía notar en el avance para encontrar una vía de entrada a la ciudad.
Apostada en una de las torres de la ciudad estaba Moel.
Con su arco, intentaba frenar junto al resto de soldados la entrada de sus enemigos en la ciudad.
Su padre había querido que se quedase en retaguardia para no tener que llegar a línea de batalla.
Sin embargo, la línea de batalla llegó hasta ella.
Con la lección bien aprendida, Moel había impregnado sus flechas en veneno.
El objetivo de sus flechas no eran los legionarios, más cercanos a la muralla y diana de las flechas ardientes de otros arqueros.
Su objetivo eran los gorls que hacían fuerza sobre los minaretes para derrumbar la puerta principal de la ciudad.
Una flecha ardiendo era mucho más imprecisa.
Moel necesitaba que sus flechas atravesasen las rendijas que los manteletes dejaban en sus laterales para poder lograr su objetivo.
Con una respiración pausada…, las flechas de Moel impactaban sobre sus objetivos, cayendo uno tras otro. No los suficientes.
Un gran crujir se oyó en medio de la vorágine de la batalla.
Pese a los esfuerzos de los soldados de fuera y dentro de las murallas, con la gran presión de los legionarios y el empuje de los gorls, las puertas de la ciudad cedieron.
Poco a poco, las puertas caían frente al empuje de las decenas de seres que las atravesaban.
A su paso, los gigantes arietes eran retirados de su lugar para dejar espacio a la horda y a los innumerables legionarios que los acompañaban.
No contaban, sin embargo, con el pasillo que proseguía a las puertas de la ciudad.
Un pasillo bloqueado por un grueso rastrillo doble de duro y frio hierro enrejado.
Un pasillo que era, de inicio, una ratonera en la que confluían las decenas de invasores que atravesaban las puertas de la ciudad.
Los atacantes se amontonaban en su interior, siendo presa fácil de las flechas de los arqueros, apostados tras las saeteras en las zonas más altas del mismo.
Pronto abrieron camino de nuevo a los arietes para intentar echar abajo el rastrillo que impedía su avance.
Cubiertos ahora con pequeños e improvisados manteletes y escudos, trataban de evitar todo aquello que caía sobre ellos desde los huecos del techo de aquel pasillo, entre una constante lluvia de flechas.
Los enormes gorls empujaban cada vez con más fuerza los arietes, debilitando poco a poco las sujeciones del rastrillo.
Mientras Moel y el resto de los arqueros intentaban que ningún enemigo atravesase las murallas escalando por ellas, cientos de soldados de los cinco reinos esperaban tras ese rastrillo metálico, freno temporal de sus enemigos, para hacer frente a la avalancha que se les avecinaba.
Con un ansia de sangre cual vampiros, legionarios y gorls embestían con los arietes sobre el metal.
No tardaron más de lo esperado en provocar, por fin, la rotura de sus enganches.
Parte de la pared que lo encajaba como una tajadera cedió, cayendo ambas paredes de metal enrejado.
Se abalanzaban ahora sobre los soldados de primera línea defensiva, quienes blandían espadas y grandes lanzas, colocadas como barrera frente a ellos.
Una barrera contra la que chocaban los legionarios, empalándose conscientemente para desbaratar la defensa presentada.
De nada servía que los soldados usasen sus largas picas desde atrás para intentar frenarles, pues, incluso con ellas atravesadas, avanzaban sin descanso.
Junto a la primera línea defensiva en la ciudad, el rey Afar había preparado una sorpresa, por si ocurría lo que estaba pasando.
Dos enormes tormentarias, que hasta ahora lanzaban sus flechas con gran ángulo a la zona del campo de batalla desde el interior de la ciudad, habían sido recolocadas para poder disparar sus flechas, del tamaño de lanzas medianas, hacia la zona más próxima a la puerta.
Trataban así de frenar la entrada de sus enemigos y causar un innumerable número de bajas.
Los cuerpos abatidos de esos seres se amontonaban en la puerta y entorpecían en mayor medida el acceso a la ciudad.
Liberaban así de una mayor presión a los soldados que defendían la entrada.
Con los cuerpos amontonados, Afar dio la señal de dejar caer unas grandes redes metálicas desde la parte alta de los portones de la ciudad.
Sujetas en sus extremos superiores como un telón, provocaron el bloqueo y tropiezo de sus enemigos.
Redes cubiertas de sebo, aceites y todo aquello que pudiera hacerlas prender.
La siguiente tanda de flechas fueron incendiarias.
Había que frenar el acceso, y sólo el fuego podía hacerlo.
No dejaban de caer líquidos de todo tipo en la zona de acceso, provenientes de las zonas de desagüe de la muralla.
Las tormentarias y el fuego daban pequeños respiros a los soldados que trataban de detener el acceso a la ciudad.
Sin embargo, ni unos, ni otros eran suficientes.
El gran número de gorls y legionarios, que volvían una y otra vez a la vida, desgastaba a los soldados hasta verlos caer por agotamiento.
Algunos sólo pensaban en huir, pero dónde.
No había lugar seguro. El número de invasores era tal, que la línea de defensa se rompió.
Primero uno, luego diez, después cientos y nadie pudo contenerlos.
Todos ellos corrían hacia el interior de la ciudad causando caos y muerte.
Unos u otros no distinguían entre soldados, niños o ancianos. Tan solo buscaban sangre.