El destino de un dios #2
Arik y Ogeid se miran entre ellos. Saben que solo tienen una opción, luchar.
Ambos alientan a sus caballos y a sus jinetes para cabalgar y luchar contra esos horribles seres del inframundo.
Dispuestos en una fuerte línea de ataque, de más de mil jinetes armados, a galope tendido, comienzan a impactar contra las legiones de almas oscuras.
Arik observaba como sus espadas, una y otra vez, impactan sobre ellos, atravesando sus pechos, pero no conseguía nada.
¿Cómo matar a un muerto?. Fué en ese momento y lugar cuando uno de los caballos de un jinete caído, de manos, golpeó la cabeza de uno de estos seres, arrancándosela de cuajo y dejándole en el suelo, inerte, quizá nuevamente muerto.
Probó. Una cabeza rodó por el suelo y el cuerpo dejó de moverse.
-¡La cabeza!, ¡cortad su cabeza y separadla de su cuerpo!, esa es la única manera de acabar con ellos-, gritó Arik a todos los soldados de su alrededor, que empezaron a ejecutar su orden, y trasmitirla a todos los soldados del campo de batalla.
Poco a poco, esos seres venidos del inframundo fueron pereciendo de nuevo, hasta no quedar uno. Los gritos eufóricos de los soldados de los cinco reinos celebraban su victoria, una celebración que no les duraría mucho.
-¿Qué demonios es eso?-, gritaba Ogeid dirigiendo su vista hacia la puerta del inframundo.
-Angra Mainyu, el destructor, la fuente de todo mal y señor del inframundo-, decía uno de los soldados que había luchado junto a él, con expresión de sorpresa y miedo.
Un gran ser atravesaba la puerta hacia este mundo.
Liberado de su cárcel de caos y oscuridad, creada para él desde el inicio de los tiempos, Angra Mainyu ponía sus pies ahora en el mundo de los vivos.
El temido dios había venido a este mundo para perturbar el orden establecido y gobernar bajo el yugo de la muerte.
De un aspecto imponente y fuertemente musculado, poseía una altura mayor en medio cuerpo a la de un enorme gorl.
De piel rojiza y garras de león por piernas, su cabeza de minotauro sostenía dos grandes cuernos oscuros.
Su legua, viperina. Sus ojos, negros como la noche oscura de la que proviene.
Unos ojos que se encienden en fuego al pisar de nuevo el mundo de los vivos fuera de su prisión.
En su mano izquierda, incrustado, el cristal que hace fluir su poder.
Su cuerpo, al completo, cubierto por las llamas del fuego del inframundo.
Al salir, Angra Mainyu se estira y ruge, generando un enorme estruendo que llama la atención de todos. Su imponente presencia crea por si sola el temor a sufrir la ira de un dios. Se gira hacia su izquierda y puede verlas. Allí estaban, las tres laimas, alterando el destino.
-Una vez más habéis escrito una nueva línea en la historia del destino. Una línea que lo va a cambiar todo. Dadme vuestros cristales y nuestra deuda estará saldada-, dijo la enorme bestia, con su voz grave y profunda, a la vez que acercaba su mano hacia ellas.
Fué Cloto, la hilandera dueña de la rueca del destino, la primera de las laimas en entregar el bastón, creado para el cristal cuyo poder abría las puertas de la rueda del destino.
Al pasar a manos de Angra Mainyu, el bastón poco a poco se deformó y rodeó el brazo izquierdo de este, hasta formar parte de él, como una planta epífita y parásita que se integra en su ser.
El cristal se unió al del propio dios, sumando así el destino y el poder para controlarlo.
Se acercó entonces hacia Átropos, poseedora de la balanza del destino, quien mide la virtud de cada ser.
Ésta estiró su brazo para entregarle el cristal capaz de controlar las dimensiones y el espacio.
Un cristal cuyo poder otorgaba la capacidad de moverse a la vez entre las infinitas posibilidades de todos los universos conocidos.
Una vez en su mano, el cristal levitó durante unos instantes frente al gran dios, para después integrarse en la palma de su otra mano.
Era el turno de Láquesis, Linaek, quien con su pluma, determinaba el destino de cada ser, según lo que la balanza de Átropos veía.
Era Cloto, no obstante, quien, una vez escrito, lo hacía rodar en la continua rueda del destino.
Estiró su brazo, como lo habían hecho sus hermanas, con la cabeza inclinada a modo de reverencia y respeto, para entregar el cristal que el propio dios había ayudado a crear.
Un cristal creado en un mundo mortal con la sabiduría de quien plasma el destino de cada ser.
Angra Mainyu estiró su mano hacia él cuando Linaek, a sabiendas de que este estaría más centrado en el cristal que en lo que podía suceder a su alrededor, con una daga sujeta en su mano izquierda, hizo un corte al temido dios.
Angra Mainyu le arrebató el cristal que portaba en su mano extendida y empujó a la laima con fuerza, tirándola al suelo.
-¡¿Como osas atacar a un dios?!-, gritó a Linaek, mientras esta se postraba arrodillándose frente a él.
-Solo la sangre de un dios tiene el poder de controlar la sabiduría que hay en ese cristal.
Sin tu mano sangrante, oh mi gran dios, el cristal no podría encontrar el camino hacia su lugar y otorgarte el gran poder de la sabiduría suprema-, respondió Linaek, temerosa, guardando su daga ensangrentada.
Una fuerte luz salía de la mano donde Angra Mainyu tenía el cristal de la sabiduría. La abrió y el cristal se mantuvo unos instantes frente a él hasta acabar integrándose de nuevo en su mano, junto al cristal de la dimensión y el espacio.
-¡Angra Mainyu, tenemos un trato!-, gritaba Manshú dirigiéndose a este desde detrás de las laimas.
-Ah, Manshú. Tú has cumplido tu parte, yo haré la mía-, dijo.
Angra Mainyu se puso mirando hacia Azog.
Levantó sus brazos a la altura del pecho y comenzó a decir conjuros en una lengua más antigua que la del propio mundo en el que se encontraban.
Poco a poco, los soldados que habían caído en el campo de batalla, todos, soldados y gorls, recobraban la vida como legiones de almas oscuras del dios del inframundo. Legiones que atacaban Azog.
La puerta del inframundo servía de puente entre este mundo y el otro, y permitía que sus legiones repusiesen una y otra vez sus legionarios, sin descanso para los soldados del ejército de los cinco reinos.
Cada vez que conseguían derrotarles volvían a recobrar la vida, generando un ejército de soldados incansables.
Manshú, sabedor de que el poderoso dios no dejaría sus conjuros hasta acabar con todos sus enemigos, ordenó a su horda un ataque final con todo su potencial de lucha.
Él no era como ese dios que luchaba desde retaguardia.
Él era un gorl, y los gorls siempre luchaban.
Cogió su elefante y lideró el ataque desde la primeras líneas ofensivas.
No tardó mucho la horda en sentir la caída de proyectiles de las grandes catapultas de Afar, que se apresuraban en recargar para intentar hacer el mayor número de impactos y bajas posibles.
Está vez, Afar utilizaba grandes esferas de piedra que rodaban por el campo de batalla, provocando el aplastamiento y caída de decenas de sus enemigos.
Las tormentarias eran ahora todas incendiarias, para provocar el mayor caos posible.
No provocaban sorpresas, pero sí confusión y desconcierto.
Ogeid y Arik, con un número menor de jinetes, entre armaduras, amazonas y otros, trataban de frenar a duras penas el empuje de las legiones y los gorls por el centro de la planicie.
La superioridad numérica de sus oponentes propiciaba la llegada de estos a la línea defensiva de Navi, que dio rienda a sus carros para la batalla.
Unos cien carros, entre carros de madera y hierro, tirados cada uno por uno o dos caballos, con un auriga que los dirigía y un arquero o lancero de jabalinas que lo defendía.
Los carros llevaban en los ejes de sus ruedas afiladas puntas salientes capaces de destrozar a quien se pusiese en su camino.
Además, para aumentar aún más el desconcierto, tiraban de estructuras de cilindros huecas, rellenas de paja y maderas impregnadas de sebo y aceite que se prendían, y así, con esta simplicidad, se pretendía sembrar aun más de llamas el campo de batalla, y crear así una línea defensiva que, si bien no permitía el paso de los enemigos, tampoco lo hacía para la vuelta de los propios soldados.
No eran suficientes. Los carros pronto se quedaron encerrados en la línea de ataque tras el fuego, mientras los legionarios atravesaban el fuego sin dolor, en llamas, llegando hasta la línea de escudos y chocando con esta.
Su paso, frenaba el fuego y creaba una línea de paso para los gorls.
Algunos lanceros conseguían seccionar la cabeza de los legionarios, a sabiendas de que volverían al ataque.
La embestida de los gorls era más dura, y su fuerza rompía la línea de escudos, propiciando una lucha cuerpo a cuerpo.