El destino de un dios #3
Ogeid estaba enfrascado en su lucha cuando entre el humo divisó a Manshú.
Sabía que quizá no vencerían si Manshú caía, pero igual así la horda perdía fuerza, sin alguien que se mantuviese al mando.
Y, quizá así, podían tener una oportunidad, por remota que fuese.
Cogió una lanza del cuerpo de un soldado muerto en batalla y arreó su caballo hasta donde Manshú estaba.
Lanzó la lanza con la esperanza de impactar contra el gran jefe, quien, en la vorágine de la lucha, pudo esquivar tan acertado proyectil.
Sin embargo, el temible Manshú no pudo evitar caer de su elefante y quedarse entonces a pie en medio de la lucha.
Ogeid fue cabalgando hacia él espada en mano.
Manshú, aguardó hasta estar lo suficientemente cerca como para con su hacha golpear el caballo del brillante rey, haciéndole caer y dejándolo desarmado.
Ogeid, se quitó rápidamente el casco y recuperó una espada del suelo de la batalla, justo a tiempo de parar un golpe proveniente del hacha de Manshú.
El habilidoso rey trataba de zafarse una y otra vez de los golpes que Manshú asestaba sin piedad alguna.
La presión que Manshú hacía sobre Ogeid hizo que este acabase tropezando con el cuerpo de un soldado caído, quedando a merced del poderoso gorl que, antes de poder asestar el golpe definitivo, recibió el impacto de una jabalina en una de sus piernas, procedente de uno de los soldados de Navi.
El carro venía directo hacia él. Manshú lanzó su hacha con fuerza en forma giratoria hacia el carro, decapitando a sus dos ocupantes, a la vez que saltaba hacia un lado para evitar ser arrollado por este y destrozado por las afiladas cuchillas de sus ruedas.
En el suelo, arrancó la jabalina de su pierna y se puso en pie, para dar fin a su enemigo.
Ogeid yacía en el suelo. Un grupo de legionarios habían dado con el rey, desarmado, y este sucumbió ante sus armas.
Está vez, la armadura no había podido salvarle.
Ésta vez, el brillante rey no brilló. Manshú, con un gesto de haber perdido su oportunidad de venganza, cogió uno de los camellos que había en medio de la batalla y avanzó de nuevo hacia Azog.
Desde la torre de mando de Azog se vislumbraba un escenario aterrador.
Los legionarios rompían las líneas de defensa de Navi y ya estaban tras la gran zanja.
La zanja ya llevaba tiempo prendida y su fuego evitaba el paso inicial de los gorls, pero no evitaba que los no vivos la atravesaran.
Caían en la zanja atravesándose sus cuerpos con las picas que llenaban el fondo, unos encima de otros, creando una cama de cuerpos que les permitía, al tiempo, poder atravesar dicha zanja pasando por encima de la pila de esos cuerpos empalados.
Tras esa, las siguientes, más pequeñas y reforzadas con picas.
Los legionarios de Angra Mainyu abrían paso a los guerreros de la horda hacia la ciudad.
Su paso era implacable, sin descanso. Su número, infinito.
La llegada de los gorls al inicio del puente de piedra del Orbe, hizo que Ledif diese la orden de derruir la parte de madera del puente, para evitar el paso de sus enemigos hasta la ciudad.
Además, prendieron fuego a las estructuras laterales que podían ayudar a un posible apoyo de puentes hacia la muralla.
Las pequeñas tormentarias, situadas a pocos metros de la puerta principal de Azog, dirigían ahora sus flechas hacia la entrada del puente, para crear así el mayor número de bajas posibles, mientras un pequeño número de soldados guardaba la puerta principal, evitando el acceso mediante cuerdas y cualquier otro medio que pretendiese usar manteletes de gran tamaño como improvisados puentes.
Los soldados continuaban luchando en la planicie, creando el mayor número de bajas gorl posibles, pues los legionarios tan sólo podían ser retenidos temporalmente.
Sólo unos pocos dejaban su incansable afán de lucha.
Nadie sabía por qué, tan solo no se levantaban.
Soldados sin cabeza luchaban contra soldados cuyas fuerzas cada vez eran menores.
Manshú guiaba a su horda, ya casi en la línea de la zanja.
Allí, indicaba a aquellos que empujaban desde el interior sus pequeñas torres de asalto, que debían volcarlas al llegar a la parte central del puente, para poder usarlas como túnel de paso de asedio a la ciudad.
Los grandes manteletes empujados por elefantes acorazados se giraban y hacían de puente en las zanjas para el paso de las torres sobre los cientos de legionarios empalados en su interior, que evitaban que estos se hundiesen dentro de la zanja por el gran peso de las torres.
No todas lograban pasar. Algunas se hundían, otras eran pasto de las llamas, y otras, las menos, se frenaban porque quienes las empujaban perecían bajo las armas del ejército de los cinco reinos.
Manshú estaba en su mundo, la guerra, la sangre.
Su estado natural de vida y de placer. Al pie ya del puente que daba acceso a Azog, cuando sus guerreros ya habían conseguido hacer llegar el primero de sus arietes, Manshú lo vió.
Allí estaba, el fantasma que tantas veces se había escapado de su destino.
No pudo contener su rabia, su ansia y su deseo de ser quien le diese muerte.
Dio orden a sus guerreros de entrar en la ciudad costase los que costase.
Mientras, él, tenía una deuda pendiente que había de saldar.
Ante tal escenario, Reiva permanecía impasible en la muralla, observando. Parecía como si estudiase cada movimiento, cada segundo, como si aquello que veía fuese algo habitual en él, en su vida.
-Abad, si vas a hacer algo, creo que es el momento-, le dice Ledif.
Sin mediar palabra, Reiva desciende deslizándose por la pared de la muralla hacia el puente central, justo en la zona más dura de la batalla, donde ya los arietes hacían impactos constantes para derrumbar los portones de la ciudad.
Sin embargo, el abad pasa entre los gorls y los soldados como si no fuese con él la contienda, como si nadie se diese cuenta de que allí, en medio de esa enfurecida batalla, anda, con una espada en cada mano, un hombre con su destino marcado hacia la planicie, en busca nadie sabe bien de qué.
Aquellos que se cruzan en su camino, gorls o legionarios, perecen a merced de sus espadas.
No se alzan, no regresan, todos, simplemente, mueren.
-Pero, ¿quién es ese abad?-, pregunta Naa desconcertada, al ver lo que estaba sucediendo.
Uno de los tres monjes, que habían quedado en la muralla por orden de Reiva, contestó, diciendo:
-Algunos le llaman Ananké, otros Ki, Antu, tiene muchos nombres y todos significan lo mismo.
Sus nombres son tantos como mundos existen, pues existe en todos ellos.
Ananké es el propio destino, superior no solo a los hombres, sino incluso a los mismos dioses.
Es el Hado o dios supremo, quien mandó al hijo de Kronos, dios del tiempo, a encadenarlo, para poder controlar que todo sucede cuando ha de serlo.
Y ahora, está aquí para que un dios, que quiere cambiar el curso del universo, vuelva donde ha de estar y restablecer la línea correcta del destino-.
Reiva había atravesado el río. Lo hizo por encima de las torres de asalto, tumbadas sobre la zona derruida del puente.
Calmado y sin ningún atisbo de duda o miedo, caminaba entre el chasquido y golpeteo continuo de las armas chocando entre ellas.
Eran pocos los que atacaban al abad y todos los que perecían a su paso.
Poco a poco, se adentraba en la planicie.
Su camino hacia la línea de batalla le dejaba a merced de todos sus atacantes.
Alcanzada la zanja en llamas y llena de picas, que cortaba la batalla en dos, la rebasó caminando por encima de los legionarios empalados y los manteletes calcinados por el fuego.
Algunos, los que intentaban atacarle, eran víctima de sus espadas.
A su paso, alcanzó uno de los carros de Navi, volcado en medio de la contienda, y aun atado a sus caballos.
Unos caballos nerviosos ante la situación que les rodeaba.
Sus ocupantes yacían en el suelo junto a él, sin cabeza, con señales de haber muerto a manos de un hacha gorl.
Reiva giró el carro, poniéndolo en su posición normal, y se subió a él.
Alzó su mirada. Al otro lado, Angra Mainyu esperaba su destino.
Sus miradas se cruzaron por un instante.
Agarró las riendas y arreó los caballos hacia la zona de la horda.
Era un hombre fuerte. Alguien con el poder para enfrentarse a un dios.