Nueve lunas de Antares El destino de un dios
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El destino de un dios

D espertaba la luz de los primeros rayos de sol el alba, cuando toda la línea del ejército de los cinco reinos estaba  dispuesta para la batalla.

El sentir de la brisa de la mañana y las gotas del rocío al amanecer de esos primeros rayos dejaba paso al sonido alborotado de los pájaros, sabedores de que algo se avecinaba.

Los soplidos y bufidos de los caballos, retenidos por sus jinetes, rompían por segundos ese silencio forzado, entremezclado con el castañeteo de sus cascos.

Los soldados balbuceaban nerviosos a la espera de órdenes para avanzar.

La disposición de los soldados, a lo lejos, dejaba ver un ejército infinito.

De cerca, no lo era tanto. Su estructura y posición era inmóvil y de aspecto fuertemente defensivo.

Entre sus filas no solo contaban con grandes dotaciones de soldados y sus armas, sino también con numerosos tambores, para crear el mayor estruendo posible de una marcha de batalla.

Una extensa línea de ataque y defensa a los ojos de su enemigo, que pretendía causar el temor de ser inmensa.

El rey Ogeid, con su brillante armadura y su ostentosa caballería, llamaba la atención de los gorls, distrayendo sus ojos de la infantería y los carros de Navi.

Todas las máquinas estaban dispuestas y calibradas para entrar a su momento en batalla, en espera de una orden de Afar. Y, de repente.

-¡Se mueven!-, anuncia el capitán de la guardia.

La horda parecía entrar en batalla. Desde todos los puntos de la planicie, la horda avanza de forma continua, sin huecos en su avance, poderosa.

Esta poderosa fuerza, a priori, es demasiado potente en su ataque para que Odeid y Navi puedan frenarla.

Necesitan que Afar abra huecos entre sus filas, creando bajas y desconcierto que iguale las fuerzas.

-Todavía no están al alcance de mis máquinas-, decía Afar desde la torre de mando a Ledif.

El general retenía la acción de sus banderas, que comunicaban con los otros reyes y generales las órdenes de batalla, a la espera de esa señal.

-Quiero que la horda rompa su estructura de avance e intente empujar por los extremos de la planicie.

De esta manera, evitaremos una embestida directa contra nuestros soldados.

No podemos permitirnos un choque frontal o estaremos en desventaja-.

La horda seguía su avance, constante, impasible.

Fue un instante más el que necesitó Afar para calcular la distancia de alcance de sus máquinas.

Las grandes catapultas empezaron entonces a lanzar enormes piedras de varios cientos de kilos sobre los gorls.

Junto a ellas, una lluvia de afiladas flechas salía de las tormentarias, situadas en los extremos de la línea defensiva.

Había empezado, y Afar y sus máquinas estaban causando las primeras bajas entre los gorls, tal y como Navi y Ogeid necesitaban.

Los gorls, en vista del inicio del ataque, comenzaron a acelerar su paso en caballería e infantería.

A su vez, hacían uso ya de sus propias catapultas, de menor tamaño y precisión que las de Afar, pero con un poder igualmente destructivo.

Sus ataques alcanzaban las líneas de defensa de Azog, sin todavía llegar a sus murallas.

La infantería defensiva y los carros de retaguardia sufrían ahora sus primeras bajas, por el impacto de los proyectiles lanzados por las catapultas gorl.

Contando con ese aumento de ritmo en el ataque de la horda, Afar mandó lanzar ahora, desde sus catapultas de mayor tamaño, combinadas entre dos o tres catapultas, piedras que tenían atadas grandes redes de decenas de metros de unión entre ellas.

Todas ellas estaban impregnadas en sebo, grasa y aceites varios, que llegarían hasta los gorls, cubriendo su avance, como si de una gran red de pesca se tratase.

Así, una vez habían alcanzado el suelo, enredaban entre ellas a gorls, camellos y bestias, que intentaban zafarse, con poco o ningún éxito.

Afar mandaba entonces las tormentarias incendiarías para prender aquellos aceites, grasas y sebos y hacer arder a sus enemigos.

Esto provocó que la horda rompiese su ritmo y potencia de ataque por el centro y se desplazase hacia los laterales para evitar el fuego.

Afar lo estaba consiguiendo. Era en esos laterales en los que se encontraba dispuesta la primera línea de la infantería de Navi.

Ésta, como un muro sólido, habían encajado sus  grandes escudos de batalla para parar la primera embestida gorl y frenar su empuje en la mayor medida posible.

Allí, fortificados, esperaban formar parte de la batalla.

Tras ellos, el gran estruendo provocado por los tambores de la segunda línea de infantería, transmitiendo al enemigo la existencia de un mayor ejército tras esa primera línea.

Las grandes máquinas de Afar no descansaban en su tarea de causar bajas a larga distancia entre las filas gorl, que avanzaban, mermadas en número, cada vez más fuera de su alcance y más cerca de la línea defensiva de Azog.

Era entonces la hora del brillante rey Ogeid y su ejército de caballería.

Ogeid, y sus más de mil brillantes jinetes, avanzaban por la zona central de la planicie para encontrarse cara a cara con la horda, mermada en parte por las grandes máquinas y el fuego.

El estruendo generado por las armaduras de sus monturas a galope ensordecía a sus enemigos.

Dispuestos en una gran línea ofensiva, la caballería de Ogeid impactó frontalmente contra la horda.

La altura de los caballos, y la fuerza de la embestida, permitía que los soldados pudiesen usar esa ventaja para enfrentar con sus lanzas a sus enemigos de a pie.

Otros, por el contrario, caían frente al empuje sufrido por gorls que montaban sus camellos, más altos y fuertes, y, más, frente a aquellos que cabalgaban sobre elefantes.

La destreza de los jinetes con sus lanzas y espadas compensaba en parte la supremacía de fuerza gorl, quienes, con sus hachas, golpeaban a los soldados.

Las armaduras no eran capaces de aguantar los continuos golpes de hacha, resquebrajándose y causando la muerte de los jinetes.

El gran número de guerreros gorl en batalla, hacía que muchos de ellos optasen por descabalgar a sus oponentes dando muerte a sus monturas.

Los dejaban entonces a merced solo de su destreza en las armas cuerpo a cuerpo y del efímero aguante de sus armaduras.

Los gorls no frenaban, no miraban atrás.

No paraban a terminar sus luchas. Impactaban y mataban conforme avanzaban a su destino.

Eso hacía que su línea de ataque se acercara cada vez más a los muros de Azog y se separase de la línea de batalla con Ogeid y sus jinetes.

Sus pequeñas máquinas, más cerca, comenzaron entonces sí, a alcanzar los muros de la ciudad.

Ogeid se replanteó entonces su objetivo y ordenó a sus jinetes atacar dichas máquinas, para evitar que los muros de la ciudad cayesen y abriesen paso a sus enemigos.

Llegaba el turno de Arik, que junto a más de mil amazonas y jinetes, cabalgaban hacia la zona donde los gorls habían dejado atrás la línea de ataque de Ogeid.

No podían dejarles pasar, o, por lo menos, no a tantos que pudiesen romper las líneas defensivas de Navi, la última línea frente a los muros de Azog.

Naa miraba a Ledif, que gestionaba las diferentes órdenes, propuestas por él y por los distintos reyes y generales, con una expresión de duda, como si estuviese pensando algo, o como si todo no fuese tan bien como parecía que iba.

-¿Qué ocurre Ledif?-, pregunta Naa.

-No lo sé, pero creo que ese malnacido de Manshú tan solo nos está probando. Ha cortado su entrada en batalla de la horda. No hay gorls en las líneas donde deberían impactar las máquinas de Afar-, respondía Ledif.

-Eso es cierto, Naa-, apuntaba Afar. -Mis máquinas ya no están en línea de alcance y la horda está delante y detrás, pero no podemos impactar. Algo nos tiene guardado Manshú. Una parte importante de su horda está en retaguardia.

El impacto de los jinetes que cabalgaban con Arik sobre los gorls que conseguían atravesar la línea de Ogeid era mayor que el poder de los gorls en su embestida, y la horda poco a poco perdía fuerza, mermando su número, hasta que se escuchó:

¡Baaruuuuu!, ¡Baruuuuuu!. Los cuernos gorl sonaban, y anunciaban que algo iba a ocurrir. Todos miraron hacia retaguardia de la horda.

-¿Qué es aquello?-,preguntaba uno de los soldados de la guardia de la reina, mientras señalaba a la parte izquierda de la horda más cercana a la arboleda.

-Ese Manshú nos la ha jugado. Ha creado una distracción para poder abrir la puerta al inframundo-, decía Afar.

En aquella zona de la horda, podía verse como las Laimas habían conjurado la puerta de acceso al inframundo.

Una puerta que crecía hasta alcanzar una dimensión tal que empezaron a salir por ella soldados de un aspecto francamente aterrador.

En la lejanía, podía verse a soldados cadavéricos, parcial o totalmente descompuestos, sin ojos, carne o piel.

Otros solo como esqueletos. Vestidos con lo que parecían ser los restos de ropajes de batalla, recobraban la vida para servir en nueva batalla a los gorls, o, quizá, a un ser superior, a un dios.

Eran las legiones de almas oscuras del dios del inframundo.

Su número aumentaba y se multiplicaba por segundos, apareciendo junto a ellos soldados armados cabalgando sobre monturas igualmente aterradoras y en estado semi descompuesto, como si se tratase de los fantasmas de los antiguos jinetes de los cinco reinos, que hubiesen despertado para vengarse por sus muertes.