Nueve lunas de Antares Traición
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Traición

E ra una noche oscura, con una luna sin brillo oculta por las nubes y un cielo sin apenas estrellas.

La oscuridad parecía apoderarse por completo de toda la zona del Orbe.

Sin ruidos, sin hogueras, sin esperanza.

Todo parecía excesivamente tranquilo y excesivamente lúgubre, como la noche antes de un funeral.

Linaek estaba despierta, tumbada en uno de esos catres que les había proporcionado Afar.

Sin sueño, nerviosa, pendiente de que aquellos monjes que descansaban a su lado cayesen en los brazos del dios del sueño por esa noche.

Oyó movimiento. Con sigilo, se giró y pudo observar a Reiva levantarse y salir por una de las puertas.

Dónde iría el abad a esas horas se preguntaba.

No obstante, no podía esperar a tener su respuesta.

Se levantó, cogió su bolsa y salió de la estancia.

Caminó por las sombras de las calles de la ciudad hasta la zona de la muralla.

Allí, con una de las cuerdas que usaban los soldados para enganchar los carros, descendió por la pared exterior sin ser vista, hasta el enorme foso de agua creado por el propio río Orbe.

Sin ruido, despacio. Poco a poco, nadando sin mover apenas el agua, pudo alcanzar la orilla de la planicie y salir del Orbe.

Puso entonces su camino dirección a la horda, no sin antes girarse hacia Azog.

Quería asegurarse de que nadie se había podido dar cuenta de su salida y seguir sus pasos.

Y fue allí, cuando lo vio. Allí estaba Reiva, en la parte alta de la muralla, viendo como Linaek se alejaba en la noche dirección a la horda.

No gritó. No la detuvo. Solo observó. Como si todo estuviera ocurriendo exactamente como debía.

Escondida entre las sombras de la noche, Linaek llegó a la zona de la horda, donde mandó llamar a Manshú, con un extraño mensaje:

-Dedidle a Manshú que su destino ha llegado.

Sabían de su llegada, y pronto la llevaron con sus hermanas, las Laimas, a la espera de que Manshú se reuniese con ellas.

Manshú entraba entonces en la jaima donde se encontraban los tres seres personificados del destino. Todas ellas juntas, ya bajo túnicas de un blanco puro e impoluto, poseían la capacidad de abrir el portal del inframundo, tal y como había dicho Angra Mainyu.

-¿Y bien?, ¿traes los cristales?-, le preguntaba Manshú.

Linaek se volvió hacia Manshú y sonrió, pero ya no era ella.

-Tú ansiedad y falta de sabiduría no te ha dejado ver lo que a tus ojos muestran los dioses-, dijo.

Señaló el viejo bastón de madera que Manshú llevaba en sus manos.

-Tu destino está aquí, siempre lo estuvo. Mis hermanas y yo traemos nuestros cristales como llave para abrir las puertas del inframundo y liberar a tu dios-, dijo.- Solo algo más. Tu dios ha de saber que, con este sacrificio, nuestra deuda estará saldada-, terminó.