Nueve lunas de Antares El reencuentro #3
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El reencuentro #3

-Nuestra presencia aquí es únicamente para restablecer lo que debía de ser-, argumentaba Reiva.

-Así que no traéis ninguna magia que pueda ayudarnos-, preguntaba Afar.

-No. Nuestra misión es que no interceda ningún poder superior en las contiendas de vuestro mundo-, insistía Reiva.

-Por poder superior, supongo os referís al poder desatado por Mushone,- incidía Navi.- Con aquellas bestias destrozaron a nuestro ejército-, relataba.

-Lo que Mushone hizo no es nada comparado con lo que está por venir-, contestó Reiva.

Se hizo un gran silencio. Tenso. Se podía sentir la respiración nerviosa de todos los presentes. ¿Qué podía ser peor que la muerte?

-Ahora, necesitamos descansar y prepararnos para el alba-, decía Reiva. -¿Existe algún lugar en el que podamos establecernos por esta noche?-, preguntaba el abad, dando por finalizada la conversación.

-¡Soldado!, lleve al abad y sus acompañantes a mi zona del castillo y que les den bebida, comida y unos catres para poder descansar esta noche-, ordenaba Afar.

Ogeid se giró hacia el resto de los mandatarios con gesto decepcionado.

-No sé si nos servirán de mucho un puñado de monjes, sin ganas de luchar, para enfrentarnos a la horda-, comentaba.

-Mañana lo veremos-, respondía Navi.

Durante el camino que lleva de las escaleras de la torre a las estancias de Afar, Moel se acercó a Reiva.

-¿A qué te has querido referir con que no es nada con lo que está por venir?. Reiva, ¿qué sabes que los demás desconocemos?

-Mi querida muchacha, tanto tú como tu padre sois gente de buen corazón.

Habéis abierto vuestra puerta a alguien que quizá no es quien dice ser y cuya deuda es tan grande que puede hacer que un mundo, el vuestro, se acabe.

Quizá deberíais vigilar mejor a quienes tenéis cerca y no tanto en la lejanía a vuestros enemigos-, le contestó el abad.

-¿A quién?-, preguntaba Moel.

-La pluma del destino escribe lo que cada uno tenemos por vivir.

Sólo esa pluma es necesaria para abrir la puerta al inframundo o mantenerla cerrada.

Uno de los tuyos es esa pluma. Encuéntralo antes del alba y la contienda se equilibrará.

Si no lo hacéis, la balanza se romperá-, concluyó el abad yendo a su zona de descanso y dejando pensativa a Moel.

Arik se acercaba a su hija, a quien veía pensativa, y le pidió ir a ver a su hermano Leinad al refugio.

Moel también tenía ganas de ver a su hermano pequeño, al que hacía días no veía.

Durante el camino al refugio, Moel contaba a su padre toda la aventura vivida con Ledif y los soldados en la búsqueda del monasterio.

El viaje, la nieve, los lobos…, y poco a poco olvidaba lo que le había dicho Reiva y su misión de buscar esa pluma del destino.

Era su momento con su padre. Un momento en el que podía notar como él se sentía orgulloso de lo que había hecho su hija, a pesar de regañarle por lo peligroso que había sido.

Y por las posibles consecuencias que podía haber tenido si Leinad perdía a la vez a su padre y a su hermana mayor.

Entusiasmada con sus historias, Moel se veía feliz, y hacía feliz a su padre el verla así.

No tardaron mucho, entre historia e historia, en llegar al refugio donde, un avispado y despierto Leinad corría a abrazar a su hermana mayor y a su padre.

-¿Dónde habéis estado?, ya no me quedaban más cosas que enseñar a estos pequeñajos para defenderse-, decía Leinad refiriéndose a niños poco menores que él.

Moel cogió a su hermano del hombro y le empezó a contar sus historias, gesticulando exageradamente y siendo también el centro de atención del resto de niños y jóvenes del refugio. Mientras su padre iba a saludar a su tía Amira y sus hijos.

-¡Amira!-, llamaba Arik entre la multitud del refugio.

-Arik, ya pensábamos lo peor. Han pasado muchas lunas desde que desapareciste en la planicie. ¿qué ha ocurrido?-, preguntaba interesada Amira.

Mientras conversaban, Amira recogía y soltaba entre sus brazos a sus hijos, que iban y venían del lugar donde Moel estaba contando sus grandes aventuras entre juegos y carcajadas, que, por un momento, le hacían volver a ser niña.

-Mucho, han ocurrido muchas cosas-, respondía Arik.

Hablando, hablando, Arik le preguntó a Amira si sabía de dónde había podido sacar su hermano la malla de iromadio que años atrás le regaló y que ahora lucía Moel.

-Esa malla no es de este mundo-, dijo en voz baja.

-Ya conocías a tu hermano, tenía amigos en todas las partes del mundo. Quién sabe si también en otros mundos-, respondió Amira.

¡Papá!-, llamaba Leinad,- lo he hablado con mi hermana y hemos decidido que esta noche te vas a quedar a dormir con nosotros, ¿si?, porfa, porfa, porfa.

Arik miraba a sus hijos con la cara de un padre que deseaba consentir los deseos de sus hijos, más, a sabiendas de que al alba todo podía cambiar, su mundo, sus vidas, y llegar todo a su fin.

-Vale, me quedaré esta noche con vosotros-, respondía Arik.

Observó dormir a sus hijos, sin poder quedarse toda la noche. Había de ayudar con los preparativos de la batalla que se avecinaba, al alba.