El reencuentro #2
Uno a uno, los monjes, armados, pero sin pieles que les abrigasen, atravesaban la puerta para alcanzar su destino.
Los soldados, al verles pasar, adquirían una actitud dubitativa con respecto a su vestimenta.
Fundamentalmente porque habían llegado allí a través una montaña cubierta de nieve y hielo. Reiva, observando su inquietud, dijo:
-Esta vez, no vamos a las montañas. No necesitaremos de abrigo.
Acto seguido, sin abrigo, paso la puerta.
Arik y el resto fueron tras él. La sorpresa de Ledif, Moel y todos aquellos soldados, que llegaron bajo el intenso frío de lo alto de las montañas de Soenirip, fue el poder contemplar que su llegada no era a aquel pequeño torreón, sino que el abad había podido crear una puerta que les llevó directamente a la planicie junto al Orbe, a pocos cientos de metros de la ciudad de Azog y desde donde se podía contemplar en la lejanía la inmensidad de la horda, que esperaba deseosa a la batalla.
No había nieve. El calor del sol, en su máxima altitud a esa hora, era sofocante y deslumbrante. El verano del norte permitía a la tierra alcanzar temperaturas que bien parecían ser las propicias para los guerreros provenientes del sur, más cercanas a las de su lugar de origen.
Afar estaba en lo alto de la muralla, estableciendo junto a Navi una estructura de batalla que permitiese a sus máquinas hacer el mayor daño posible a la horda, antes de que la caballería de Ogeid y los carros e infantería de Navi hiciesen su aparición, cuando pudo observar un fenómeno extraño.
Un aro de luz comenzaba a crecer en medio de la planicie a pocos cientos de metros de la ciudad.
Su movimiento era dinámico y coordinado, y su tamaño creció hasta convertirse en una especia de puerta.
Una puerta para qué o para quién, esa era la duda.
Avisaba a Navi, concentrado en sus quehaceres.
Éste, al igual que Afar, se mostraba intrigado si la puerta era la entrada hacia ellos de seres de otro mundo, tal y como había pasado con Mushone, en la batalla inicial.
-¡Soldado!, avisa a la reina Naa de que venga de inmediato-, ordenaba Afar.
-¡Capitán!, haga sonar los cuernos y avise al rey Ogeid de lo que está pasando, mande también un jinete-, ordenaba por su parte Navi.
El gran grupo de extraños visitantes no tardó en ser avistado por el ejército del rey Ogeid, quien, alarmado por tan inusual presencia, ordenó a su ejército rodear a sus inesperados visitantes, pendientes de posibles acciones contra ellos.
El propio rey se acercaría para satisfacer su curiosidad de cómo habían podido aparecer de la nada tantos soldados.
Rodeados por su caballería, a la espera de órdenes de su rey, Ogeid cabalgaba hacia el grupo y los rodeaba observando su interior entre las filas armadas de sus caballos, que bloqueaban su paso a modo de muro armado.
No podía creer lo que sus ojos le mostraban.
¿Era posible? Ahí estaba el viejo general Ledif rodeado de, ¿de soldados?
Más que soldados parecían religiosos extrañamente armados.
Ogeid ordenó a sus soldados abrirle paso y se acercó hasta Ledif.
-¡Maldita sea Ledif!, ya pensábamos que los gorls habían acabado con vosotros-, dijo el reluciente rey, mientras descabalgaba y se acercaba al viejo general para darle un abrazo de bienvenida. -Muchacha, has vuelto. Siento decirte que no tenemos noticias de tu padre, todavía.
-¿Te refieres a mí?-, preguntó Arik desde más atrás, viendo que Ogeid no había recalado en su presencia.
-¡Por dios!-, exclamó el rey,- realmente es difícil acabar contigo-, reía, mientras le saludaba eufórico. -¿Podemos fiarnos de todos ellos?-, preguntó Ogeid, dirigiendo su mirada hacia los monjes.
-Ellos nos han traído hasta aquí-, respondió Ledif, mientras asentía con la cabeza.
-Bien, vayamos entonces a Azog. Allí estaremos al resguardo de este maldito sol y menos al alcance de la horda-, dijo Ogeid.
Minutos más tarde, el destacamento abrió sus filas, escoltando a aquellos que habían salido de esa puerta con destino hacia la ciudad. Habido salido el último de los visitantes de la puerta, ésta se cerró tras ellos.
-No han de ser enemigos, si Ogeid los escolta hasta aquí-, decía Naa, que había acudido al aviso de Afar y Navi a la parte alta de la muralla. -Bajemos y veamos que buena nueva nos trae Ogeid.
-¡Manshú!, algo raro ocurre en la planicie-, anuncia Dai, sin aliento, entrando en la jaima de los jefes de la horda, donde Manshú estaba preparando la estrategia de batalla.
-Raro, ¿cómo qué?-, pregunta Manshú.
-Un grupo de soldados han aparecido de la nada, como si los hubiese escupido la tierra, en medio de la planicie. Allí, a las puertas de la ciudad. Los caballos de ese arrogante rey Ogeid han ido a recogerlos y los están llevando a la ciudad.
Manshú, apoyado sobre un gran mapa, apretó su puño y tensó su mandíbula.
-Ahora ya sabemos el por qué Ocap no ha dado noticias hasta ahora-, se respondía así mismo Manshú. -Necesito que nuestros espías nos digan quienes son y qué planes tienen-.
Dai, asiente con la cabeza y va a buscar a algunos de sus espías para que consigan la información que Manshú ha pedido.
Manshú pensaba ahora en lo que Angra Mainyu le había dicho:
-Ten preparado el bastón, al alba. Aquellos que me sirven aparecerán con el cristal y, con su poder, harán que se abra el portal y pueda liberarme-
¿Sería posible que en ese grupo estuviese quien le iba a ayudar a liberar al temible dios y ganar la batalla frente a las tropas del norte? Solo el tiempo lo diría, y tan solo quedaba una luna para descubrirlo.
-Han llegado-, decía un gorl a las puertas de la jaima de mando a Manshú.
Sin mediar palabra, Manshú dejó lo que estaba haciendo y acompañó al guerrero hasta donde estaban sus esperadas visitantes.
Ahí las pudo ver, vestidas con túnicas blancas y de semblante imperturbable, hieráticas y aspecto severo.
Las Laimas o Moiras eran la personificación del destino.
La vida de todo ser pende y depende de un hilo.
Las Laimas, en un espacio inaccesible a los seres de los distintos mundos, en un lugar sin tiempo, hilan el destino de cada ser.
Siervas en este momento del dios del inframundo, por designios del destino.
Eran con él esclavas de una deuda de vida eterna.
Las Moiras portaban el cristal del espacio y la dimensión que necesitaban para, junto al bastón del destino, abrir las puertas del inframundo y liberar a su prisionero.
Pero no era tal como le habían dicho. Manshú esperaba a tres, pero sólo habían llegado dos, portando la rueca y la balanza del destino.
Faltaba aquella que medía y asignaba el destino a cada cual.
Sin ella, el poder del bastón y el cristal no era suficiente para abrir la puerta al inframundo.
Preguntó y ambas le dijeron que llegaría antes del alba, portando un regalo que agradaría al dios que tanto temor influía en Manshú.
Lo había dispuesto todo, el bastón, las Laimas, el tiempo y el lugar.
Tan solo quedaba esperar a que las palabras de Angra Mainyu se hiciesen realidad.
Los tres reyes aguardaban en silencio a sus inesperados visitantes cuando las puertas de Azog.
Tras los caballos de Ogeid, veían entrar por la puerta al viejo general Ledif y a un pequeño grupo de soldados.
A estos, los acompañaba otro grupo más numeroso de monjes armados, que desconcertaban a sus anfitriones.
Ver monjes armados no tranquilizaba a nadie. Todo lo contrario.
-Ahí tenemos la razón por la que Ogeid confiaba en ellos-, dijo Navi. -Ledif ha vuelto, cumpliendo su misión de traer a los monjes del tiempo y el destino. Pero por lo que veo, estos monjes rezan con el acero y no con la magia.
Naa cambió la expresión tensa de su cara con una grata sorpresa.
-También han vuelto nuestro amigo de las sombras y su hija-, dijo. Habiéndose fijado en la joven Moel y su desenfada marcha junto a su padre.
El grupo de soldados de caballería del rey Ogeid se acercó junto a los tres reyes, que esperaban a las puertas de la torre de mando.
Junto a estos, y bajo una orden del dorado rey, adoptaron una actitud defensiva que intentaba prevenir sorpresas por parte de sus nuevos visitantes.
Allí, Ogeid se puso junto al resto de mandatarios, en la parte alta de las escaleras, y dio la bienvenida formal a sus visitantes.
Ledif, Moel, su padre y los soldados hicieron una reverencia a modo de respeto a los cuatro reyes.
Por su parte, los monjes permanecían agrupados tras ellos, guardando una estructura de ordenamiento militar por delante de la cual estaba Reiva.
Pasado el momento de la reverencia y presentación, éste se acercó hacia ellos.
A una distancia prudencial, y a sabiendas que varios soldados armados con arcos le vigilaban en sus pasos desde la parte alta de la muralla, se paró.
-Mi nombre es Reiva-, decía con un gesto de presentación-.
Soy el abad del monasterio del tiempo y el destino.
Pese a la propuesta de vuestro general y de lo que pueda parecer, no hemos venido a luchar.
Tampoco a salvaros. Hemos venido porque algo que no debía haber sucedido, sucedió, siendo todos víctimas de ello.
Reconduciremos todo a su lugar y nos marcharemos.
-Yo soy Naa, reina de uno de los cinco reinos del norte-, se presentó, aludiendo y señalando a los tres reyes presentes junto a ella. -Decís que no vais a tomar partido, pero estáis aquí. ¿Cómo pretendéis hacer eso sin participar en la contienda que está por venir, al alba?-, añadió.