Nueve lunas de Antares El reencuentro
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El reencuentro

Y a no han de estar muy lejos los tres lagos-, decía Linaek, -se huele la humedad en el ambiente y el desierto está dejando de serlo, o por lo menos no tan falto de vida-.

-Según nuestro siniestro visitante en la ciudad, hemos de buscar la cascada entre los tres lagos-, argumentaba Arik, -que, según sus mapas, aparecía indicada bajo la posición de los tres soles en su punto más alto.

Así que, si no me equivoco, por lo que tardan en tu mundo en moverse los tres soles, su alineación se dará más o menos por aquella zona.

Vayamos para allá-, finalizó, mientras invitaba a Linaek a cabalgar más rápido.

Pocos centenares de metros más les permitieron llegar hasta lo alto de aquella colina que les dejó vislumbrar la majestuosa belleza de esas tierras y los tres lagos.

En su cabeza, Arik nunca hubiese podido imaginar lo que sus ojos contemplaban.

Desde la colina, el desierto moría. Dos grandes lagos se abrían inmensos a cada lado como espejos infinitos, unidos por una fina lengua de tierra que conducía hacia una cascada imposible de más de cincuenta metros de altura.

La cascada se alimentaba del agua proveniente de un tercer lago situado sobre ellos.

Y, más en lo alto, por encima incluso de la gran cascada y aquel lago, los tres soles, alineados entre sí, aguardaban marcando la posición exacta dónde el monasterio debería estar.

El olor a humedad en el aire y la brisa de las corrientes generadas por la caída del agua desde tan ilógica altitud, golpeaban refrescantes la cara de los asombrados visitantes, embriagados por un instante de tan majestuosa estampa.

-¿Y bien?-, preguntó Linaek.

-¿Y bien, qué?-, respondió Arik.

-Los monjes, ¿dónde están?-, volvió a preguntar Linaek. -Si el monasterio existe, está muy bien escondido. Según nuestro siniestro amigo, la entrada al monasterio estaría aquí, y aquí no veo nada más que agua-, prosiguió.

Arik bajó de su montura y sacó de uno de sus bolsillos el cristal que supuestamente Linaek dio a Duol.

-¿Cómo has…?. Déjalo, no quiero saberlo-, dijo confundida.

Arik dejó sus armas en su montura y se acercó unos cuantos metros más hacía la zona próxima al agua, donde ya no le separaba nada más  de la cola de caída de agua que eso propiamente dicho, agua.

Se arrodilló e intento recordar la frase que su siniestro posible socio les dijo que les abriría la puerta a ese nuevo mundo donde los monjes vivían en paz.

-“Los momentos…”-, decía tratando de recordar, mientras cerraba y apretaba sus ojos para incentivar su memoria. -“Los momentos del espacio y el tiempo..,- proseguía sin tener muy claro cómo finalizar la frase.

-“Los momentos del espacio y el tiempo son los designios del destino”-, completó Linaek.

Arik se agachó nuevamente y, sosteniendo en lo alto con ambas manos el cristal de Linaek, repitió:

-“Los momentos del espacio y el tiempo son los designios del destino”.

Y, nada parecía suceder. Lo dijo una, dos, tres veces y nada ocurría. Arik bajó sus brazos.

-No funciona-, dijo.

Su esperanza de encontrar a esos monjes y de poder regresar junto a sus hijos se desvanecía.

Linaek, bajó de su montura para acercarse a consolar a Arik.

Tocó su hombro en señal de apoyo y comprensión.

Le cogió el cristal de sus manos y así, apoyada en su amigo, al que da consuelo, con el cristal creado por ella desde lo más profundo de su alma en sus manos, lo miró y apretó con fuerza para recordar esa frase que Arik había repetido sin éxito.

Se giró hacia la cascada y la dijo como si siempre hubiese sabido que funcionaría:

-“Los momentos del espacio y el tiempo son los designios del destino”.

Al igual que con los intentos anteriores de Arik, no sucede nada, por lo que Linaek vuelve a poner el cristal en la mano de Arik diciéndole:

-Siento no poder llevarte con tu familia.

En ese momento, la luz de ese lugar cambia.

Se oye un chasquido y el aire se quiebra.

Un pequeño círculo de luz flota en el aire frente a ellos.

Poco a poco ese círculo va girando sobre sí mismo, haciéndose cada vez más grande hasta llegar a ser un portal a través del cual puede observarse un lugar totalmente distinto al que se encuentran.

Ese no era su mundo. De él salen dos figuras vestidas con ropajes amplios e, incomprensiblemente, fuertemente armadas.

-Llegáis a tiempo-, dijo una de las figuras.- El abad os espera.

-¿Quién es ese abad?-, respondió Arik, receloso.

-Estáis a las puertas del monasterio de la orden del destino y el tiempo. Somos sus monjes guardianes. Nuestro abad os está esperando-, respondió el monje.

-Veo que portáis uno de los cristales de poder-, incidió el otro monje.

-No, a ver, este cristal lo hice yo, no tiene ningún poder-, dijo Linaek.

A lo que el monje respondió:

-El cristal no es el poder, solo escucha y deja salir el poder de tu interior.

- Están a punto de partir. Acompañadnos-, concluyó el monje.

-¿Partir?, ¿a dónde?-, preguntó contrariado Arik.

El monje lo miró un instante.

-A un lugar del que quizá nunca regreséis.

-En marcha-, apremiaba Reiva, -tenemos una ardua tarea que realizar-, les decía mientras murmuraba y un portal de acceso al mundo de Moel se abrió frente a él sin esfuerzo alguno. Era un hombre poderoso. A simple vista, sencillo y afable, en lo más profundo, inquietante.

Los monjes acompañaban a los poco más de veinte supervivientes malheridos que formaban el grupo de Moel y el viejo general. No todos pudieron cruzar el portal. Solo los necesarios. Sin alterar demasiado el destino.

-Reiva, están aquí-, anunciaba uno de los monjes al abad.

-Justo a tiempo. Traedles hasta aquí, hemos de partir-, contestó el abad.

-General, la puerta ya está abierta-, dijo Reiva dirigiéndose a Ledif y haciéndole indicaciones de que podía ir hacia allí.

-¡Moel!-, se oyó un grito de fondo.

La joven se dio la vuelta sorprendida de oír su nombre en la voz que tanto ansiaba escuchar.

-¡Papá!-, gritó emocionada al ver a su padre.

Moel corrió hacia él. Arik, sin embargo, se quedó inmóvil. Como si pensase que era un sueño y fuese a desaparecer.

Ambos se fundieron en un gran abrazo, que ninguno de los dos quería terminar.

-Pensé que ya no volvería a verte a ti, ni a tu hermano nunca más-, decía Arik a Moel, mientras la examinaba de arriba abajo, como un buen padre, en busca de cualquier pequeño rasguño, entre abrazos emocionados de alguien que ha vuelto a ver nacer su esperanza.

-Pero, ¿qué haces tú aquí?, ¿cómo has llegado hasta aquí?

-, preguntaba sorprendido. -Te dejé en el refugio junto a tu hermano.

-Pues es que…-, comenzó a responder Moel, cuando fue interrumpida por Ledif, quien se había percatado entonces de la presencia de Arik y su misteriosa acompañante, acercándose hasta ellos.

-¡Arik!, ¡amigo mío!, no sabes la alegría que me da verte de nuevo, te dábamos por perdido.

Ese maldito Mushone nos ha arrebatado tanto-, decía el viejo general, mientras le daba un buen apretón de manos y un abrazo a Arik, acompañado de fuertes palmadas en su espalda.

-Bueno, y ¿quién es tu acompañante?-, preguntaba Ledif, dirigiéndose a Linaek.

-Ella es quien me salvó la vida en el desierto y quien me ha ayudado a llegar hasta aquí. Sin ella no hubiese podido lograrlo. Es Linaek-, presentaba Arik a su acompañante.

Linaek asentía con la cabeza al oír su nombre.

Sin embargo, ella no podía entender nada de lo que ellos hablaban, pues no había tomado ninguna poción que le ayudase para ello.

Linaek observaba como Arik seguía hablando y hablando, dirigiéndose en ocasiones a ella.

Ella, asentía y sonreía sin saber muy bien qué decía Arik, hasta que Moel, pendiente de las reacciones de Linaek, dijo:

-Papá, creo que tu amiga no entiende nuestro idioma-.

-Como no va a entenderlo, si llevamos días hablando-, respondió Arik, quien, sin darse cuenta, cambió de idioma al dirigirse a Linaek diciendo:

-¿Claro que nos entiendes, verdad Linaek?-.

-No, solo te entiendo a ti cuando me hablas. Si hablas con ellos, yo no entiendo vuestro idioma. Recuerda que solo tú tomaste esa poción, y era para comprender mi idioma. Pero no pasa nada, puedo aprenderlo-, respondió Linaek.

Reiva, observante, se acercó hacia ellos preguntando a Linaek en su idioma:

-Así, que tú eres quien ha encauzado el cristal para poder llegar hasta aquí-.

-Sí-, respondió Linaek. -Hice ese cristal como una mera joya, no sabía que pudiese llegar a tener poder ninguno-.

-¿Quién eres tú?-, preguntó Arik, con actitud defensiva para con su amiga.

-Es el abad del monasterio-, respondió Ledif. -Es quien manda aquí, y quien controla los cristales y su poder.

-Así es Arik, soy el abad de este humilde monasterio.

Digamos que soy quien aquí mantiene el equilibrio-, respondió Reiva.

-Nada más-. Pausado, se acercó a Linaek y tocó con su mano desnuda la cabeza de esta.

Deslizó su mano desde su frente hasta la parte de atrás de su nuca, entre un murmuro de conjuros.

Tras ello, Linaek pudo experimentar la sabiduría de un nuevo conocimiento.

-Quizá ahora tu amiga pueda presentarse de manera más adecuada, ¿correcto Linaek?-, le dijo Reiva a Linaek alejándose de ella y dirigiéndose hacia la puerta abierta, a la espera de ser cruzada.

Linaek se giró hacia Moel y el viejo general, y haciendo un gesto desde su pecho hacia fuera dijo:

-Mi nombre es Linaek, proveniente de la ciudad de las minas de iromadio.

Tras tal sorpresa, al ver que ya podían entenderse, Moel respondió:

-Yo soy Moel, hija de Arik.

La joven continuó presentando a Ledif y el resto de soldados.

-Deberíamos dejar las presentaciones para más adelante-, incidió Reiva, alzando su voz en la distancia, mientras pedía que le acompañasen, con un gesto amable de sus brazos, hacia la puerta que les llevaría de regreso a su mundo.