Nueve lunas de Antares Al alba
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Al alba

En su jaima, pensativo, se preparaba para la batalla. Estaba afilando su hacha cuando pudo sentir como su respiración se volvía a convertir en hielo y su voz volvió a sonar. Manshú se quedó de pie, inmóvil.

-¿Cómo estás tan seguro?-, dijo con actitud dudosa Manshú.

-Mis guerreros no han regresado y estamos ausentes de noticas desde hace tres lunas.

Es más, aunque pudiésemos tener en nuestro poder uno de esos cristales para tu bastón, ¿quién abrirá el portal?

, nadie aquí sabe cómo utilizarlo-, incidió nervioso y sin confianza.

-¡¿Te atreves a dudar de un dios?!-, respondió Angra Mainyu en un tono que hizo crujir la jaima en la que se encontraban, tensándose como si la piel de los postes fuese a desgarrarse. No era una pregunta, era una advertencia.

-Dudo de todo lo que no sangra delante de mí-, respondió Manshú desafiante sujetando fuertemente su hacha.

Angra Mainyu se acercó hacia él. Con un gesto, Manshú quedó totalmente inmóvil. Rozó su cara con una de sus garras e hizo sangrar levemente al líder de la horda.

-Al alba, ten preparado el bastón. Aquellos que me sirven aparecerán con el cristal. Con su poder, harán que se abra el portal y pueda liberarme-, finalizaba el temible dios, antes de desvanecerse nuevamente. Manshú, entonces, recobraba su movilidad.

-¡Dai!, ¡Dai!-, gritaba agitado Manshú, saliendo de su jaima hacha en mano en busca de su leal jefe de horda. -Buscad a Dai, he de hablar con él,- ordenaba Manshú.

Los gorls de la entrada a la jaima de Manshú se movían apresurados en busca de Dai, quien estaba alentando a sus guerreros en las líneas de batalla. Informado de la necesidad de Manshú de hablar con él, Dai dejó su puesto y acudió a la jaima de Manshú.

-¿Qué ocurre Manshú?, ¿me has hecho llamar?,- preguntó Dai.

-Prepara un grupo de diez jinetes y una bandera de parlamento. He de hablar con esa Reina-, respondió Manshú en un tono de voz mezcla de confusión y desesperación.

-Pero…,- respondió dubitativo e incrédulo Dai.

-¡Házlo!,- gritó tajante Manshú.

Dai frunció el ceño. Aquella orden no era propia de Manshú. Sin embargo, asintió y obedeció. Dispuso todo y mantuvo a la horda en retaguardia, conteniendo su ansia de sangre, tras los deseos de su líder.

Todo estaba preparado en Azog. La ciudad llevaba sin dormir días.

Era el amanecer del onceavo día y nadie tenía noticias de Ledif, ni de nadie de su grupo.

La guerra seguía sin respuesta. Todo un gran ejército, capaz de conquistar mundos, estaba alineado ahora frente a la ciudad, recorriendo la línea del Orbe.

Y, aun así, la ciudad estaba lejos de sentirse a salvo.

Miles de soldados y una orden que nadie quería dar.

Algo raro pasaba en las líneas de la horda gorl. Habían cesado los cánticos, no había vítores, sólo silencio.

-Mi reina, se acercan jinetes-, anunció un soldado llegado a lo alto de la torre de mando. -Un grupo de diez jinetes se acercan solos hacia aquí. Llevan una bandera de parlamento-, finalizó.

-¡Capitán!, avise a al rey Ogeid. Manshú va para allí-, pidió Navi a uno de los oficiales encargados de las señales de batalla en la zona de mando.

-¡Preparad mi caballo!-, exigió Naa, mientras bajaba de la torre para encontrarse cara a cara con su enemigo.

-Mi reina, no es seguro que vayáis a su encuentro Manshú ha demostrado ser muy poco fiable y no muy tolerante con el mando de las mujeres-, le pidió Navi.

-Ese despiadado ser no va a encontrar en mi sólo a una mujer, va a encontrar una reina. Una reina capaz de reducir su horda a cenizas si no cesa en su empeño de lucha-, le replicó Naa.

-Es una trampa-, señaló Navi.

-Y cuando no lo es-, respondió Naa.-Pero esta vez la espero.

Naa sale de Azog a galope, seguida de su guardia real de veinte soldados fuertemente armados, para dar alcance al rey Ogeid, quien, siendo consciente de la noticia, ya había organizado un grupo de jinetes para acercarse a hablar con Manshú.

-Sabía que vendríais Naa, es vuestra última oportunidad de frenar esta contienda-, le dijo Ogeid a la reina, al ponerse ésta a su altura en el paso hacia la reunión con Manshú.

-¡Hasta aquí!, no avanzamos más-, ordenó Ogeid, mientras Manshú se aproximaba y paraba también a unos quince o veinte metros de ellos.

Se le veía desconcertado, nervioso, con la mirada perdida. Tras bajar de su elefante, giró sobre sí mismo dos o tres veces, antes de hablar. La guerra lo esperaba, sus palabras no. Como si no tuviese muy claro si lo que tenía que decir era realmente lo que quería decir, o cómo decirlo.

-¿Eres tu Naa?-, preguntó Manshú dirigiéndose a la reina. A lo que Naa asintió con la cabeza. -¿Eres tú quien toma las decisiones?, ¿no hay nadie por encima de ti?-, preguntó interesado Manshú.

-Así es-, respondió Naa. -Yo soy Naa, uno de los cinco mandatarios de los reinos a quienes has venido a desafiar.

Manshú sabía que, aunque fuese una entre los cinco, ella tenía la última palabra, pues la batalla se libraba en sus tierras.

-Una luna más-, pidió Manshú. Tras lo que se hizo un silencio confuso para todos. – No para huir. Para despedirnos de nuestros seres queridos y poder partir en paz. Luchar, lucharemos, pero hoy no. Un día más de vida para compartir. Mañana, al alba, lucharemos.

-Y, ¿por qué hemos de daros ese tiempo?-, preguntó Ogeid. -Nos has demostrado que no podemos confiar en ti. Ya tenemos nuestro ejército preparado para la lucha. ¿Por qué hemos de confiar y retirarnos hasta mañana?

Manshú miró al brillante rey encima de su montura y contestó:

-Porque al igual que para nosotros, un día más de vida es un regalo que compartir con vuestros seres queridos.

Naa sostuvo su mirada un instante más sobre Manshú.

-De acuerdo, mañana, al alba-, sentenció. -Pero no confundas mi paciencia con debilidad-, dijo mientras giraba su caballo y cabalgaba de nuevo a galope hasta el castillo.

Ogeid la vio y replegó también a sus hombres, no sin antes escuchar a Manshú, quien le dijo mientras montaba en su elefante:

-Rey, yo no voy a retirar mi horda, no puedo pediros que retiréis vuestro ejército. Mañana, al alba-, repitió. Pero no lo hizo mirando a sus enemigos, lo hizo mirando al cielo, como si esperase que algo peor fuese a suceder.