Nueve lunas de Antares Decisiones
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Decisiones

D ecidle a Dai que venga-, ordenaba Manshú a uno de sus guardias. Su mirada estaba fija, no parpadeaba, perdida entre el fondo de su jaima y sus pensamientos.

Manshú estaba inquieto. Habían pasado ya diez días y no había tenido noticias de Ocap.

Diez días y diez noches oyendo a su horda respirar, nerviosa, expectante.

Junto a Dai y sus otros jefes, ya habían previsto, durante estas lunas de espera, varias alternativas de batalla con y sin ayuda de la magia, y ya parecía que había llegado el momento de llevar a cabo una de ellas.

La horda seguía siendo mortal aun con su tamaño y fuerza bélica actual.

-¿Me has hecho llamar?-, preguntaba Dai.

-Sí. Ya han pasado diez días y no podemos confiar en que Ocap haya conseguido su objetivo. Dijo nueve lunas y nunca falta a su palabra. Cómo está nuestra horda y de nuestra fuerza en batalla-, decía Manshú.

-Tenemos la fuerza suficiente como para invadir Azog-, respondía Dai.

-Eso es lo que quería oír-, decía Manshú.

-Y dime, Dai. ¿Cuántos días necesitan tus guerreros para construir torres de asedio que puedan llegar hasta esas murallas?. No me gustaría no poder atravesar ese puente-, preguntaba Manshú acercándose al mapa y golpeando con su puño cerrado la zona del puente que atravesaba el Orbe hasta la ciudad.

-Ese puente es un maldito cuello de botella-, gruñía Dai, indicando con sus dedos la zona del puente.

- Por lo que hemos visto, hemos de destruir un pequeño portón al inicio del puente para que puedan pasar nuestras torres.

Sin embargo, se ve estrecho como para que entre más de una torre.

-, relataba. -Podemos convertir las torres en barcazas y forzar parte del asedio desde el mismo río. Es arriesgado, pero nos dará tiempo.

Manshú levantó la vista hacia Dai.

-¿Tiempo para qué?-, dijo.

-Para tener preparados varios arietes gigantes. Si no abrimos grietas en su muralla, va a ser la única manera de entrar-, respondía Dai.

Manshú se incorporó lentamente.

-Ha llegado el momento, querido amigo. No podemos estar aquí por siempre. Atacamos o nos vamos, y un nuevo mundo no se construye huyendo.

Manshú apoyaba su mano sobre el hombro de Dai.

-Mañana, al alba, conquistaremos Azog o nos enterraremos bajo sus murallas. No habrá retirada. Quiero aplastar esa maldita ciudad como quien aplasta una molesta mosca. Si cae Azog, caerán el resto de los reinos del norte. Éste es el camino que guiará nuestro destino.

Manshú hizo un gesto a Dai de que podía retirarse, y este salió de la jaima. Allí quedaba su líder, de nuevo, perdido entre sus pensamientos. No miraba el mapa de la ciudad, su vista estaba más allá, fija en el símbolo del clan de Ocap.

Un soldado entra apresuradamente en el salón del trono, centro de operaciones de la batalla. Su respiración, intensa y acelerada, llama la atención de los allí presentes.

-Mi reina-, anuncia con la cara desencajada,-hay movimiento en la horda. Parece que se están preparando para atacar de nuevo.

-Ya han pasado diez lunas desde la última contienda, y ni los nuestros, ni los suyos han regresado-, decía Ogeid, levantándose de su asiento. -Se habrán cansado de esperar.

-Gracias, soldado. ¿Qué es lo que han podido observar?-, preguntaba Naa, mientras se acercaba a éste desde su asiento, rodeando el gran mapa que presidía la sala.

-Hemos visto que están rearmando las torres de asalto-, contestaba el soldado. -Un recuento de su número los sitúa en miles.

-Mantenednos informados de cualquier cambio que suceda en la línea de la horda-, dijo Naa, acompañando sus palabras de un gesto de aprobación y de permiso para retirarse al soldado.

Ogeid se acercó para explicar a Naa, en el gran mapa de la sala, cuál era la situación actual de la defensa de Azog.

-Durante estos días, nuestros soldados han estado haciendo una zanja que recorre la ribera del río, y la han rellenado con todo aquello que podemos hacer arder, sebo de oveja, grasa de pescado y aceite.

Tras las zanjas, han construido fosas con grandes picas para dificultar lo más posible la entrada de su línea de ataque a la zona de acceso del puente principal de la ciudad.

Les va a ser imposible hacer rodar sus estructuras ofensivas sin caer en ellas y desequilibrarse.

Los puentes laterales los hemos anulado, y utilizado sus maderas para las picas de las fosas y el refuerzo de los portones.

Como veis, hemos planteado una defensa fuerte de la ciudad, lo más coherente si queremos tener alguna opción de victoria.

Hemos de sellar el acceso a nuestros muros, y esta parece ser la forma que más opciones nos puede dar.

Nuestro recuento de tropas nos ha dejado claro que nos superan en número y si salimos a campo abierto perderemos la ciudad antes de ver el atardecer.

-Así que proponéis que nos quedemos esperando a que la horda venga e intentemos defendernos y sobrevivir, en lugar de afrontar la batalla desde una perspectiva de ataque, ¿es así?-, preguntaba Naa.

-Mi reina, si vamos a campo abierto, tenemos pocas posibilidades de aguantar el choque frente con la horda. Nuestras filas se vieron bastante mermadas en la última confrontación-, respondía Ogeid.

-Si no atacamos, sus guerreros se darán cuenta de que su mejor opción es rodear la ciudad y tan sólo con dejar pasar el tiempo se apoderarán de ella.

Pueden incluso dejarnos aquí sitiados y conquistar nuestras tierras más al norte.

Y, mientras tanto, nosotros estaremos aquí, inactivos y dejando que poco a poco se apoderen de nuestras vidas. No voy a permitir eso-, afirmaba Naa.

-Podemos sacar de retaguardia algunas de las tormentarias y ajustarlas para enfrentar la lucha como si se tratase de arqueros de línea de ataque-, intervenía Afar.

-Tres descargas, quizá cuatro. Después…, estarán demasiado cerca y fuera de nuestro alcance.

Con las pequeñas, no habrá problema en moverlas.

De las más grandes, mis soldados pueden intentar atravesar la ciudad con ellas y llevarlas hasta la otra orilla por el puente de piedra central.

Sería bueno dejar un par de tormentarias pequeñas en nuestro lado del puente, junto a la puerta de acceso a la ciudad, por si alcanzan a pasar por el mismo.

Y entre dejarlas a disposición gorl y destruirlas en batalla, prefiero verlas arder-, continuaba.

-Quizá, entonces, debamos plantear una batalla a media y larga distancia, usando las máquinas del rey Afar-, decía Naa mirando levemente hacia Ogeid.

Naa se acercaba al gran mapa, esta vez para explicar su idea, no para escuchar.

-Las grandes tormentarias y catapultas nos permitirán ganar tiempo y crear un alto número de bajas entre la horda, que quizá iguale un poco más las fuerzas de batalla.

La planicie es extensa, y nuestras tropas pueden estar más en retaguardia, fuera del alcance de la horda y de nuestras propias máquinas.

Una línea de ataque que pueda parecer defensiva, para dar confianza a nuestro enemigo, pero que lo que haga sea permitirnos reducir su número metro a metro.

Las tormentarias pequeñas, los arqueros y las ballestas, en nuestra línea de ataque mermarán aún más esas fuerzas.

Así, cuando lleguen a nuestra primera línea, su fuerza habrá sido reducida lo suficiente como para que la caballería del rey Ogeid pueda hacer frente a su embestida y nuestras líneas de infantería sean el cierre a este intento de conquistar la línea del Orbe.

Si esperamos, nos sitiarán. Si atacamos, sangrarán.

¿Qué me decís, disponemos de tropas y de valor suficientes como para poder llevar a nuestro pueblo a la victoria?

-, preguntaba Naa dispuesta a no dejar que Azog muriese lentamente en su asedio.

-No es el valor, mi reina. Nuestras tropas no son lo suficientemente numerosas como para formar una línea de ataque y defensa que pueda ofrecer la resistencia esperada a la horda.

Hemos de hacer ver a Manshú la necesidad de un ataque numeroso que nos permita crear en ellos el mayor número de bajas posible.

Si ven que somos débiles, su táctica de ataque será diferente, en oleadas, y eso no sería bueno para nosotros, pues verían nuestra táctica de batalla y no nos serviría en una segunda oleada.

Seríamos un enemigo predecible y fácil de vencer-, respondía Ogeid.

-En eso tiene razón Ogeid-, remarcaba Afar. -Hemos de parecer un ejército fuerte si queremos que la horda ataque con todos sus guerreros y podamos usar nuestra estrategia de forma sorpresiva. De lo contrario, sucumbiremos a sus emboscadas.

Naa recorría la estancia, lentamente, rodeando el gran mapa, pensativa.

Los otros asistentes la seguían con la mirada, en silencio, quizá buscando en ella una inspiración que les diese la respuesta a su problema.

Era Afar quien, mientras los demás dilucidaban en cómo hacer pensar a la horda que eran un enemigo digno de enfrentarse a todo su basto potencial, movía sobre el gran mapa las maquetas de sus máquinas de guerra, caballos como símbolo de caballería y escudos como infantería.

Fue viendo esos movimientos cuando a Naa le vino una idea a la cabeza.

-No necesitamos ser más-, dijo Naa al fin. -Solo necesitamos parecerlo-.

Hizo una pausa.

-¿Tenemos escudos y armaduras suficientes?-, preguntaba.

-Suficientes, para qué-, respondía Ogeid. -Tenemos aquellos que rescatamos de los caídos en batalla, ¿porqué?

-Levantemos un ejército que no necesite respirar-, dijo.

Todos se quedaron confusos.

-Utilicemos las maderas, los ropajes y los escudos para crear un ejército de soldados espantapájaros.

Si los colocamos durante la noche, a esta distancia no podrán diferenciarlos de soldados reales y, para cuando quieran darse cuenta, ya habrán lanzado toda su horda en ataque, que es lo que decís necesitamos, ¿cierto?

Pongamos a nuestros soldados y nuestros tamborileros distribuidos entre los espantapájaros para que den movilidad y hagan sonar nuestro ritmo de guerra tan alto que imaginen que nuestro ejército es diez veces mayor.

-Podría funcionar-, decía Afar. -Si funciona, Azog seguirá en pie mañana-. -¡Soldado!…