Las minas #3
Ante el asombro de Linaek, que no acababa de entender muy bien lo que estaba pasando, y preparada por si tenía que defender su vida, el gran demonio rojo se echó hacia atrás, empujando a todos aquellos que había en la cantina, creando un hueco donde poder enfrentarse a su pequeño oponente.
Ambos, Arik y el gran ser, se desprendieron de sus armas y de sus ropajes superiores, dejando ver tan sólo sus cuerpos como únicas armas a utilizar.
A la vista quedó un intrigante tatuaje en el fornido pecho de esa gran bestia, que Arik no sentía desconocido, como si su mente ya lo hubiese visto antes.
Pero dónde… Arik, intrigado por lo que había visto, bajó de la mesa, tranquilo, sin prisa, observando la estructura anatómica de su adversario, sus fortalezas y, sobre todo, sus debilidades.
Entre tanto, todos los seres de la cantina gritaban y jaleaban la pelea entre ambos.
Todos, depositaron sus armas en la mesa donde se encontraba Linaek, tal y como les había ordenado su líder.
El gran demonio gritaba y gruñía de manera intimidatoria, mirando fijamente a Arik con un odio tal en sus ojos que se preveía lo que la gran bestia quería hacer con él.
Arik, por su parte, se mantenía frío frente a él, como si todo aquel circo no fuese con él.
Con su cabeza baja y sus ojos cerrados, intentaba aislarse del ruido exterior que les rodeaba.
Un grito de la bestia hizo que Arik abriese sus ojos.
Fue en ese instante cuando el gran demonio rojo, como si de una estampida de búfalos se tratase, salió para embestir a Arik.
Su impresionante fuerza hizo que pasase de largo en su primer ataque llevándose por delante una de las mesas en las que estaban sentados parte de esos seres.
Muchos de ellos cayeron el suelo por el impacto.
Arik intentó aprovechar ese momento de desconcierto para golpear al rojizo demonio, pero sus golpes no eran los suficientemente fuertes como para causar gran daño a la bestia.
Ésta, le devolvió un, dos, tres golpes seguidos, que lanzaron a Arik directo al suelo de la estancia.
Aturdido por los golpes y dolorido aún de su hombro, Arik recibió en su rostro el brebaje de una de las jarras que había cogido.
-¿Qué demonios?-, exclamó al sentir el turbio líquido.
-¡Despierta!. No dejes que te gane-, le decía Linaek, sujetando la jarra ahora vacía.
Sabía que no era tan fuerte, pero sí más rápido.
Sin miedo, Arik esperó haciéndole ver que seguía aturdido y débil, para generar mayor confianza en su oponente.
Pensando en su siguiente movimiento, esperó a que la gran bestia estuviese cerca de nuevo y diese un nuevo golpe.
En ese momento de desequilibrio del gran demonio, Arik aprovechó para golpear con su pierna la rodilla de la bestia hacia su interior, obligándole a arrodillarse de ese lado, golpeando a su vez con gran fuerza y precisión la nuez y el esófago del cuello de su oponente, para que sufriese una situación de falta de aire y ahogo.
Con tal momento de confusión y desesperación por parte del gran demonio, Arik le agarro con fuerza del cuello, estrangulándolo y haciéndole girar.
Apretaba más y más, más y más, hasta que llegó un momento en el que la gran bestia quedó inconsciente.
Tras eso, el gran demonio rojo cayó al suelo, ante la mirada atónita de quienes les rodeaban.
Había sido vencido por aquel ser que todos consideraban inferior.
Arik permanecía inmóvil, frío, frente a la mirada de todos, en silencio.
La tensión generada podía sentirse, densa, tanto que algunos dirían que incluso podría llegar a cortarse con un cuchillo.
Linaek recogió apresurada las armas y buscó a Arik para sacarlo con rapidez de la cantina. Habían de aprovechar el desconcierto generado y huir frente a la atónita mirada del resto de seres que contemplaban como su enorme líder yacía en el suelo, inconsciente, sin saber si aún seguía con vida.
-Vámonos, estamos cerca de la superficie. Hemos de salir de aquí lo antes posible si queremos seguir vivos-, le dijo Linaek a Arik,
Arik limpiaba sus manos de los restos de la lucha, mientras subían a uno de los puentes colgantes con cadenas de eslabones redondos que subían hasta la parte alta de la mina, donde se encontraba la salida.
Una vez arriba, en la puerta de salida hacia el desierto, no había apenas nadie.
Otro elfo, en un atril elevado, comprobaba el salvoconducto y que todo era correcto.
Al igual que el anterior, miró con recelo a ambos.
-¿Han obtenido algún material de la mina por el que deban tributar?-, preguntó el elfo con interés.
-No, tan solo hemos atravesado las minas para llegar al desierto de Sorgenom. Tal y como pone en el salvoconducto. Estamos nosotros y nuestras armas-, respondió Linaek.
-Son muchas armas-, incidió el elfo.
-El desierto es un lugar peligroso, hemos de estar prevenidos-, respondió Linaek.
Tras unos segundos de tensión, el elfo selló la salida en el salvoconducto y se lo entregó a Linaek.
Los elfos armados abrieron sus filas para que pudiesen pasar.
Ya estaba, ya habían abandonado la mina y nadie podía reclamar lo que habían obtenido allí.
El desierto se abrió ante ellos. Y, tal y como les dijo Duol, ahora estaban solos, a merced del clima y de posibles saqueadores.