Las minas #2
-Seguramente estemos cerca de la cantina de esos mezquinos elfos-, respondió Linaek. -¿Por qué?, ¿te ha entrado hambre con el olor?-, prosiguió con aire irónico y jocoso. -La salida estará cerca, es por donde entran los víveres.
Sin decir ni una palabra, Arik se dirigió hacia allí tan rápido como pudo, esquivando a los seres que encontraba en su camino. Linaek, detrás, lo siguió con dificultad.
-Pero, ¿dónde vamos?-, preguntó.
-A conseguir un poco de iromadio-, respondió Arik.
-¿Qué?, ¿estás loco?, ¡nos matarán!- dijo Linaek, mientras perseguía a Arik para intentar pararle.
Tarde, Arik ya estaba en la puerta de la cantina y dos elfos armados habían cruzado sus lanzas cortando su paso.
Esto es algo que Arik hubiese resuelto de forma sencilla reduciendo a sendos oponentes en tan solo unos segundos, pero que ahora había de tratar de otra manera, pues intentaba conseguir que le diesen de buena fe aquello que buscaba y no podía tener un enfrentamiento directo con ellos, o el gran número de elfos de la mina acabarían con él y con su amiga.
-¿Dónde crees que vas?-, le dijo uno de los elfos a Arik, poniendo su lanza más cerca del pecho de este.
-A gastar lo ganado en la mina, ahogando mis penas y mi sed con mi amiga, ¿verdad Linaek?-, respondió Arik mientras hacía un gesto a Linaek de que le acompañase dentro, agarrándola con su brazo por el cuello desde atrás.
- Seguro que aquí puedo dar buen uso de mis monedas, ¿verdad amigo?-, continuó, mientras entregaba una pequeña bolsa de monedas al elfo, haciéndolas sonar para hacer sentir la cantidad tan generosa de su interior. Este, le miró con expresión dubitativa, a lo que Arik añadió:
-Y tenemos este papelito, que nos deja movernos por la mina y atravesarla libremente, y supongo que eso incluye su cantina, ¿verdad amigo?.
El elfo hizo como que miraba el documento mientras toqueteaba la bolsa de monedas y retiró su lanza, haciendo un gesto de que pasase a Arik. Nada más cruzar al interior, los dos avaros elfos sacaron las monedas para contarlas y repartírselas entre ambos.
Arik cogió a Linaek por encima del cuello y la sentó junto a él en una mesa que era mejor no mirar, y mucho menos tocar.
Eran mesas de madera, viejas, ajadas y con varios cortes de haber sufrido impactos de armas en más de una pelea.
Casi la mayoría estaban empapadas de bebidas chorreantes y restos de comida entre platos y cubiertos amontonados, que nadie parecía recoger y que estaban sirviendo de festín para los pocos insectos capaces de resistir su vida en tan indecente lugar.
Rodeados de seres de diversas índoles, bestias borrachas que gritaban y se empujaban los unos a los otros mientras comían carnes de olor pestilente que deleitaban como si fuesen manjares.
Arik se levantó y fue a lo que parecía una barra en la cantina.
Allí, un elfo malhumorado servía bebidas en jarras de metal.
Durante el trayecto de su mesa a la barra, pudo observar como la mayoría de los presentes llevaban armas y como muchos de ellos le seguían con la mirada, como cuando un depredador sigue a su presa.
Quizá la pantomima con los guardias y las monedas había surtido efecto y Arik tenía una posibilidad de llevarse iromadio.
Pidió entonces dos de esas jarras al malhumorado elfo, que éste le sirvió tras ver las monedas sobre la madera húmeda.
Mientras se acercaba a la mesa con ambas jarras, pudo sentir como ya algunos de los presentes se levantaban y caminaban hacia donde él y Linaek habían decidido sentarse.
-¿Qué traes ahí?-, preguntó Linaek.
-Algo que ni se te ocurra beber. Tiene un olor y una pinta asquerosa-, respondió Arik mientras se sentaba a ahorcajadas en la silla e hizo como que bebía de ese repugnante líquido. -Supongo que ya vienen hacia aquí-, le preguntó a Linaek, quien estaba de frente a la sala.
Antes de que ella pudiese responder, una voz grave y elevada dijo:
-¡Eh, tú!, ¿eres nuevo por aquí y no invitas a todos a una ronda? Creo que parte de esas monedas que dices haber ganado en la mina nos pertenecen, ¿verdad amigos?, todos trabajamos en la mina.
Se oía al resto de seres corear lo que la voz grave había mencionado, combinándose sus comentarios con risas que denotaban que siempre habían conseguido lo que habían ido a buscar.
Linaek mostró cara de asombro y Arik decidió volverse, pausadamente, para ver quién o qué era aquello que reclamaba de su atención, mientras dejaba su jarra sobre la mesa.
Lo que vio, a priori, no le gustó. Algo enorme había frente a él.
Más de una veintena de seres vitoreaban lo que este ser, situado frente a él, le decía.
Arik no podía ver la cara de su interlocutor si no era apoyándose en la mesa para poder levantar su cabeza lo suficiente como para poder enfocar su visión hacia él.
Para Arik estaba demasiado cerca, ¿o no?
, las distancias cortas eran su especialidad en la batalla, el cuerpo a cuerpo.
Un ser de unos dos metros y medio de altura, encorvado hacia delante, de piel rojizo oscuro, grandes músculos, pezuñas como pies y con enormes cuernos, como si del mismísimo demonio se tratase, estaba frente a él.
No podía verle bien, así que, sin dudarlo, subió a la mesa y con una rodilla apoyada en la mesa, se dirigió a él diciendo:
-Que descortesía la mía. Tenéis razón, ¡todos nos merecemos una ronda por nuestro trabajo aquí en la mina!-, dijo cogiendo y levantando la jarra al alto.
Todos los de la sala gritaron y vitorearon a modo de aprobación.
Todos menos uno, había un elfo esperando sus monedas antes de servir aquella ronda, y se resistía a hacerlo.
Arik, al igual que Linaek, sabía que ya no quedaban monedas suficientes como para pagar dicha invitación.
Por eso, la presión de muchos de los seres de la sala sobre el elfo para que les pusiese esa bebida le venía bien a Arik que conseguía desviar la atención sobre él de muchos de ellos.
-Todo lo tuyo es nuestro, ¿verdad “amigo”?-, dijo aquél ser, mirando a Linaek.
El enorme ser acercaba su cabeza hacia Arik a la vez que sujetaba una bonita espada que parecía ser de iromadio. Algunos de los otros seres habían rodeado a Linaek y empezaban a estar incómodamente cerca. Tanto que su aliento y respiración le molestaba.
-Creo, amigo mío, que en eso discrepamos-, respondió Arik.
Éste se desplazaba con tranquilidad mientras hablaba hacia el otro extremo de la mesa para poner su cuchillo en el cuello de uno de los acosadores de Linaek.
Con la mirada, pedía a su amiga que se mantuviese en su papel de damisela en apuros.
Acto seguido, empujó con su pierna a tan indeseable ser.
Cayó y se golpeó contra el suelo, entre otros seres que estaban expectantes de lo ocurría.
Entre gruñidos y gritos, uno de ellos intento atacar a Arik, quien haciendo uso de su experiencia se zafó del golpe y desarmó e inhabilitó a su atacante, acto tras el cual se volvió hacia su mayor oponente y dijo:
-¿Sabes?, en esta vida todo tiene un precio, y podemos apostarlo. Yo sé qué es lo que tú quieres, pero, ¿qué tienes tú que yo pueda querer?.
-Lo tuyo ya es mío-, reía,-¿por qué habría de apostarme nada?-, dijo el gran demonio rojo.
-Que mejor forma de demostrar tu liderazgo frente a todos que conseguir algo sin necesitarles.
Tú y nadie más. Tu estatus como líder se vería reforzado y podrías ofrecerles un trofeo ganado y no robado a base de su ayuda.
Además, posiblemente, si lo hacemos de otra manera, nuestros anfitriones los elfos querrán quedarse con parte de nuestro pastel, y yo no estoy por la labor de dárselo hoy-, respondió Arik.
Dubitativo, el gran demonio rojo, parecía acceder a lo que Arik proponía.
-¡Esta bien!, veo que tus ojos solo buscan mi espada. Hagamos esa apuesta. Mi espada, por todo lo tuyo, incluida tu vida como mi esclavo. No vales más que un simple pedazo de metal-, dijo el gran ser.
-Veo que subes la apuesta. Mi vida a tu servicio a cambio de una simple espada.
Bien. Hagamos esto, tu espada y las de tu séquito, con la promesa de poder salir de aquí libremente, mi acompañante y yo.
A cambio, todo lo mío, incluida mi vida a tu servicio-, terminó Arik. -Las reglas las dejo en tus manos.
-¿Reglas?-, preguntaba entre risas el gran ser.- Aquí no hay reglas. Si peleas lo haces sin reglas, no hay más formas de hacerlo. ¿Quieres cambiar de opinión?-, respondió.
Arik miró a Linaek con cara de pena y, encogiéndose de hombros, le dijo:
-Siento que tengas que ver esto, no tenemos otra salida, no debería haber sido así, pero necesitamos ese metal. Te lo explicaré más tarde.