Las minas
Arik, con el brebaje que les había dado Duol, se encontraba ya mejor de sus heridas, lo que le permitía dejar de ser un lastre que enlentecía su avance. Sin embargo, había de tener cuidado, pues su herida todavía restaba destreza a su espada.
Acadom no era una mina al uso, gestionada por enanos y enterrada en el interior de una gran montaña.
Acadom, a diferencia de aquellas, estaba asentada en las paredes de un gran cañón, discurriendo por él y atravesándolo por su base.
Contaba con grandes puentes colgantes de un lado al otro, que permitían alcanzar ambos lados, desde la base de la mina hasta su salida a los pies del desierto de Sorgenom.
Sus guardianes, lejos de ser rudos y avaros enanos, eran elfos de la arena.
De estatura media, poco más que un enano, tenían una nariz aguileña y puntiaguda.
De orejas afiladas y peludas en su zona superior, lucían pelo largo y una frente despoblada.
Con pequeños e intrigantes ojos oscuros y grandes y afilados dientes, dejaban entrever una naturaleza inquietante.
Su piel, del color de la arena, les permitía esconderse mimetizándose con las dunas del desierto.
Nunca sonreían y custodiaban su mina como un animal hambriento su comida.
Desconfiados y de gran inteligencia, su gran labor en la explotación de la mina les había permitido amasar una gran riqueza.
Una riqueza compartida en parte con sus protectores, los dirigentes de la ciudad de Acseuh.
Envidiada por muchos otros seres, sobre todo al otro lado del cañón, las pugnas por el control de la región eran frecuentes.
Su inteligencia sólo podía equipararse a su infamia y su misantropía.
En la puerta de entrada, la zona de acceso estaba entre dos grandes columnas de piedra con un techado de madera.
Una larga fila de carros les precedía. Uno a uno presentaba los documentos que les permitían entrar y moverse en la mina y, lo que era más importante aún, les permitía salir de allí, con vida.
Nadie entraba, nadie salía, si no llevaba los papeles adecuados.
A vista de pájaro, desde la zona de la puerta próxima al cañón, flanqueada por grandes cadenas de hierro a los lados, a modo de un lúgubre pasillo, se veían al fondo del mismo, los carros despeñados de aquellos que no poseían los documentos necesarios.
Se sabía el paradero de los carros, nadie preguntaba por el de sus ocupantes.
Más sabiendo la tendencia alimenticia de los elfos de la arena.
Era el turno de Linaek y Arik. Un elfo anciano, de piel arrugada por el sol y de larga y frondosa barba, examinaba desde lo alto de un atril los documentos que portaban.
A través de sus brillantes lentes de plata, comprobaba que todo era correcto.
De naturaleza desconfiada, observaba a ambos visitantes, dubitativo, acariciando su barba. Segundos más tarde, preguntó:
-¿Qué buscáis en esta mina?, no traéis nada, ni conducís carruaje con el que llevar nada de vuelta a la ciudad.
-Tan sólo queremos atravesarla para llegar a Sorgenom-, respondió Linaek, manteniendo su mirada baja.
-Portáis un salvoconducto de paso para dos y sois tres-, respondió el elfo, - uno de los tres ha de quedarse aquí-, finalizaba, mientras agachaba la cabeza y miraba por encima de sus gafas a los dos.
-¿Tres?-, preguntó confundida Linaek.
-Sí, tres. Uno, dos y tres-, respondió el elfo señalándole a ella, a Arik y, finalmente, a su montura, a quien consideraba como un visitante más de la mina y no como un medio de transporte.
-Uno de los tres ha de quedarse aquí-, prosiguió.
Tras las palabras del anciano elfo, una decena de elfos armados rodearon a los dos visitantes.
-¡No!-, le dijo Linaek a Arik, a quien veía que había echado mano de su espada para resolver el enfrentamiento con tan desagradables anfitriones.
Linaek bajó de su montura e invitó a Arik a hacer lo mismo. Cogió lo que ambos portaban sobre ella y se dirigió de nuevo hacia el elfo, y dijo:
-Un salvoconducto para dos, pasamos dos-, haciendo un gesto de que ella y Arik eran quienes pasasen al interior de la mina.
El elfo hizo un gesto de aprobación y selló el documento, extendiendo su brazo y haciéndoselo llegar a Linaek. Acto seguido, bajó su cabeza hacia sus papeles, mientras gesticulaba con las manos hacia Linaek indicándoles que se marchasen, no sin antes decirles, sin ni siquiera dirigirles la mirada:
-La mina puede ser un lugar peligroso y difícil de transitar. No dejéis de mirar siempre a vuestro alrededor, cualquier paso puede ser un mal paso, o el último.
Dos de los elfos armados les acompañaron hasta la zona de bajada, mientras el resto se llevaba su montura hacia un destino incierto, quien sabe si mejor o peor que el que les esperaba a ellos.
Una vez dentro, uno de los elfos se volvió y les dijo:
-Seguid la cadena de eslabones redondos y os llevará al otro extremo de la mina, donde el cañón la devuelve a la luz de los tres soles.
Acto seguido, los dos elfos les dejaron, volviendo al lugar de donde procedían.
Linaek acompañó con su mano a Arik, invitándole a ir hacia delante.
Este no dejó de seguir con su mirada a sus extraños anfitriones, quizá a la espera de un posible enfrentamiento.
Ambos bajaron por el camino que les había indicado el elfo, siguiendo las cadenas de eslabones redondos.
Era un trayecto extraño, una bajada con un continuo precipicio a un lado y con grandes y oscuras cuevas al otro.
Cuevas en las que se veía trabajar excavando a grandes seres que parecían ser prácticamente ciegos.
De gran envergadura y fuerza, cavaban en las paredes con sus afiladas garras, guiados con cuerdas como marionetas por otros seres, pequeños y oscuros.
A su vez, y como si se tratase de algún secreto oculto, más de esos seres pequeños y oscuros, retiraban la tierra y buscaban entre ella los tesoros que enriquecían a los elfos, depositándolos en carros.
Arik se paró frente a una de esas cuevas para intentar ver con mayor detalle qué era aquello que resultaba tan preciado para ellos.
No pudo detenerse mucho tiempo, pues uno de ellos salió de la oscuridad para encararse contra él.
Gran error, sin duda. No se hubo acercado a menos de cincuenta centímetros cuando Arik ya le había puesto el filo de su espada junto a su cuello. Aquél ser se detuvo, gruñó, y dijo:
-No se os ha perdido nada aquí, ¡largaos!
Linaek miró tensa a Arik, quien recogió su espada y continuó su camino.
-¿Qué es lo que están recogiendo?-, preguntó Arik.
-En estas minas se recoge iromadio-, respondió Linaek.
-Es el metal más caro de nuestro mundo. Con él se hacen monedas para el comercio, joyas, armas y armaduras de una resistencia cien veces superior a la de cualquier otro metal y mucho más ligero.
Con iromadio se coronan reyes y se matan mundos.
Es el iromadio el responsable de la gran fortuna de los elfos y de la ciudad de Acseuh, así como de todo el mal de este mundoNo dejarán que te acerques a él, y muchos lo defenderán con sus vidas.
-¿Y ese, iromadio, se trabaja como cualquier metal?-, preguntó Arik, como herrero.
-No te sabría decir. Quizá podamos averiguarlo.
Sé que en esta mina tienen una zona de trabajo de iromadio, donde los maestros del metal realizan trabajos para crear las armas que portan los elfos.
Es más, incluso hablan de que algunas las venden a visitantes que pueden desembolsar una importante cantidad de dinero-, respondió Linaek.
Arik rio.
-Precisamente de eso no vamos especialmente sobrados-, dijo. -En ese salvoconducto tuyo, ¿dice algo de no perderse en la mina?-, preguntó Arik.
Dicho y hecho. Arik se desviaba del camino de las cadenas de eslabones redondos dirigiéndose hacia una zona más elevada, donde los colores rojizos del fuego se hacían visibles, embelleciendo con sus destellos las paredes de la mina, e iluminando con ellos la zona más oscura de la misma.
Poco a poco, el calor se sentía más intenso al acercarse, al igual que los sonidos del golpeteo del metal se hacían más que evidentes.
Arik, poniendo sus dedos en forma de susurro en su boca, hizo un gesto de silencio a Linaek.
Quería verlo de cerca y, para ello, había de dar rienda suelta a sus habilidades, a la sombra que siempre había sido.
Estuvo un tiempo observando el trabajo de aquellos maestros con el iromadio.
Su forma de fundir el metal, de colocarlo en sus moldes, de trabajarlo y, salvo la forma de enfriarlo, se parecía en mucho a la que realizaba con sus armas al trabajar sus metales.
Linaek observaba desde la parte exterior, pendiente de que nadie se acercase y pudiese verlos.
-¿Nos vamos?, ya tengo lo que necesitaba-, dijo Arik desde la parte exterior de la cueva, sorprendiendo a Linaek, que no se había percatado de su salida.
-¿Cómo has…?-, respondió Linaek. -¡Bah!, ¡déjalo!-, prosiguió, continuando el paso junto a Arik para recuperar el camino de aquellas cadenas de eslabones redondos que les llevarían hasta el otro extremo, donde se encontraba Sorgenom.
En su camino, se cruzaron con varias de esas grandes bestias perforadoras.
Entre rugidos y gemidos de lucha y desaprobación, hacían su ingrata labor.
Carros llenos de cuerdas y materiales subían y bajaban por las escarpadas rampas de la mina, tirados por bueyes peludos.
Los carros iban de uno a otro lado de la mina subidos en puentes colgantes que se desplazaban de un lado a otro, de arriba a abajo, gracias a estructuras que los sostenían en el aire con grandes cuerdas y cadenas metálicas, como enormes grúas portadoras de material.
Entre unos y otros, en ocasiones, uno o dos animales pasaban custodiados por una decena de elfos armados, lo que indicaba que era en esos carros donde viajaba el iromadio.
-¿Qué es ese olor?, ¡puaj!, es asqueroso-, dijo Arik entre naúseas.