Nueve lunas de Antares La huida
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La huida

H e de lavar y coser estas heridas, si no se infectarán -, le dijo Lianek a Arik.

-No tenemos tiempo-, replicaba Arik, -¡quémalas para cortar la hemorragia!

-Espera, creo que si pongo pólvora podré cauterizar la herida y evitar que se infecte. Se lo he visto hacer a algún curandero en alguna herida de las peleas de la posada. Yo la uso alguna vez con las piedras -, respondió Lianek.

-¿Pólvora?, ¿qué es eso? Bueno, da igual, está bien. Cógela y ponla dentro de las heridas. -, dijo Arik.

-Vale, pero tienes que morder fuerte este trozo de cuero con la boca, creo que te va a doler-, dijo Lianek a Arik, mientras cortaba y le entregaba un trozo de cuero de los que utilizaba en sus ropajes de trabajo.

Una vez puesta la pólvora en las heridas, Linaek procedió a su quema. El fuego mordió la carne y Arik se desvaneció por un segundo, tras un grito de dolor, mientras mantenía el trozo de cuero entre sus labios. Linaek le hizo recobrar su conciencia.

-Hemos de irnos-, dijo.

Con premura, Linaek y un mal herido Arik salieron con sus cabezas cubiertas del hogar de Linaek, sin montura, intentando pasar desapercibidos entre la multitud.

Sin embargo, tras callejear unas pocas manzanas, pronto, otro de los mercenarios les localizó y dio la voz de alarma, empezando una persecución por las entrelazadas calles de la ciudad.

Frente al correr inicial desorientado y sin sentido de Arik, Linaek le frenó.

-No corras-, susurró Linaek.-Sígueme.

Arik apenas podía mantenerse en pie, mientras la seguía por los callejones de la ciudad entre las zonas oscuras de la misma, bajo la luz de los soles.

Escondidos entre las telas que cubrían las calles para protegerlas del sol, a los mercenarios se les hace muy difícil localizarlos desde las alturas y, a pie de calle, sus atuendos parecían surtir efecto mimetizándose con el resto de los habitantes de la ciudad.

Sabedora de que en la ciudad son un objetivo fácil, Linaek llevó a Arik hasta la zona de los trabajadores de las minas de iromadio.

-Es hora de cobrarse un favor-, dijo Linaek.

En los límites de la ciudad, justo al inicio de la pista que lleva a las minas de iromadio, vía de paso de todos los carros que van y vuelven de las minas, se encontraba una gran jaima.

A sus puertas, una figura sentada tras una mesa, con la cabeza cubierta por un gran turbante y con algunos libros de apuntes amontonados junto a ella.

Libros en los que se veía apuntar lo que hablaba con aquellos que pasaban a dar uso a la pista.

Un ser de dimensiones generosas y color grisáceo, de grandes ojos saltones, balbuceaba para sí aquello que apuntaba.

A ambos lados de esa generosa figura había otras dos, de pie, grandes, fornidas y fuertemente armadas, vigilantes.

Linaek llevó a Arik directamente hacia allí.

Una vez ante ellos, Linaek y Arik fueron frenados por el cruce ante ellos de las largas lanzas de quienes protegían al escribiente.

-¿Dónde pensáis que vais?-, dijo uno de ellos, con voz amenazante.

-He de hablar con Duol-, respondió Linaek, a la vez que hizo un gesto con su cabeza dirigiéndola hacia la figura escribana de la mesa. -Ella sabe por qué estoy aquí.

Al escuchar la voz de Linaek, Duol alzó la cabeza.

-¡Linaek, mi niña!-, dijo Duol en un tono sorpresivo y de agrado al verla, alzando sus brazos. -¿Qué haces tú por aquí?, ¿has venido a visitar a tu vieja amiga Duol?.

Duol se levantó de su mesa y se acercó hacia Linaek, mientras hacía un gesto a sus guardianes de que le dejasen el paso libre.

Mientras Linaek se acercaba a Duol, y ambas se fundían en un amistoso abrazo, Arik no podía sino pensar en el tamaño de tan grande ser, atento al tiempo de los movimientos de esos guardias armados a quienes no conocía, con sus manos siempre junto a sus espadas.

-Y dime, ¿cómo te está tratando esta terrible ciudad?, ¿finalmente estás haciendo aquello que siempre te gustó de crear joyas con cristales?-, preguntó Duol con gran interés.

-Sí, sus creaciones son algo maravilloso, dignas de reinas-, respondió Arik, un par de pasos más atrás, manteniéndose en pie como podía.

Rebuscando en su bolsa, con su mano sacó el cristal que había tallado Linaek y tanta admiración había despertado y se lo ofreció a Duol.

Al avanzar hacia ella, la falta de fuerzas hizo que tropezase y cayese de rodillas al suelo, con su mano extendida hacia ella.

Los guardias se acercaron hacia él, cerrándole el acceso a Duol, quien dijo:

-Está bien, dejadle.

-Realmente es algo maravilloso-, dijo Duol.

Linaek cogió el cristal de las manos de Arik e hizo un gesto a Duol de que le permitiese el viejo collar que ella portaba.

Sus manos, prodigiosas en el trabajo de las joyas, le facilitaron en poco unir el cristal a los viejos cueros de Duol y obtener así una mezcla realmente bella que la propia Linaek ofreció a Duol como obsequio.

-Necesito tu ayuda, Duol-, dijo Linaek. -Hemos de salir de la ciudad hacia el este de las montañas, junto a la cascada que discurre entre los tres grandes lagos.

Duol miró con cara de asombro e incredulidad a Lianek.

-Para eso, necesitáis atravesar estas minas-, decía dubitativa.

-Después, tendréis que ir por las planicies del desierto de Sorgenom y llegar hasta a las montañas, que, como sabes, es un camino lleno de bandidos hambrientos.

Los dos solos dudo mucho que podáis conseguirlo-, le advertía mientras negaba con su cabeza.

-¿De qué medios disponéis? -, preguntó. -Ese camino solo trae muerte, no es como ir a buscar piedras para cristal al desierto de Aljud, querida.

Linaek, mostró cara de sorpresa al saber que Duol sabía más de ella de lo que parecía contarle.

-Sólo estamos él y yo-, respondió Linaek a la pregunta de Duol, señalando a un mal herido Arik, que todavía seguía de rodillas en el suelo, mareado por el dolor de sus heridas. -Necesito que me des vía libre en la pista de las minas y un medio de transporte para poder llegar hasta las montañas.

La cara de Duol cambió y se puso ahora mucho más seria, al oír las palabras de Linaek. Así, mientras acariciaba con disfrute su nuevo collar, dijo:

-Si hago eso, nuestra deuda estará saldada para siempre. Ya no podrás venir aquí nunca más a pedir nada. Tu y yo estaremos en paz. Me pides que ponga en juego mi vida, como tú lo hiciste por mí.

-¿Y bien?-, preguntó Linaek,- ¿lo harás?

-Las deudas se pagan o se cobran, querida. Y yo hago las dos cosas-, respondía Duol, mientras se acercaba a su mesa para rellenar un papel como salvoconducto sellado.

Levantándose, se dirigió hacia Linaek:

-Con este documento, os dejarán pasar hasta la salida de las minas por Sorgenom.

Allí yo ya no puedo hacer nada. Vuestro camino estará en manos de vuestro destino.

Coged una montura y dos bolsas de agua, os harán falta.

Ah y llévate esto para que lo tome tu amigo.

Le ayudará a recuperarse más rápido. Yo intentaré aquí detener a quienes os puedan estar persiguiendo.

Linaek se apresuró a coger dos bolsas de agua y una de las monturas que Duol les había indicado. Ayudó a subir a Arik para partir cuanto antes. Una vez ambos estaban arriba de su montura,

-Gracias, Duol-, dijo Linaek mientras bajaba su cabeza a modo de respeto y entornaba sus ojos con una especial expresión de cariño.

Duol se giró y, dándoles la espalda, dijo:

-¡No volváis!

Linaek hizo un gesto a su montura y salieron de la zona de la jaima.

Duol les miró alejarse, oculta desde la sombra proporcionada por su jaima, entristecida de ver como Linaek se alejaba, por siempre.

No habían pasado más de cincuenta o cien metros, cuando Arik le preguntó a Linaek de qué se conocían ella y Duol, a lo que Linaek respondió:

-Era la única familia que me quedaba.