Nueve lunas de Antares Frustración
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Frustración

E sa noche se esperaba larga. Los soldados supervivientes reclamaban un sentido a la pérdida de tantas vidas por la búsqueda de algo que no podían obtener.

Ledif no podía sino contener sus ansias de venganza hacia a aquellos gorls que habían asesinado a muchos de sus soldados.

Triste, por saber que aquello que acaban de vivir en el monasterio se repetiría allí, en su mundo, frente a miles de esas bestias.

Moel, apenada por la pérdida de vidas en esa contienda, estaba experimentando un cambio drástico en su vida tan grande que su niñez había pasado a ser olvidada.

Ya no era la niña que tanto adoraba su padre, se había convertido en un soldado.

Esa noche no durmió. Cada vez que cerraba sus ojos veía el filo de un hacha acechante.

Sonaban los cuernos del alba. Con rapidez, Moel recogió sus cosas y salió afuera, preparada para partir. Allí, en medio de la zona donde la noche anterior hubo una temible batalla, tan sólo quedaba sangre seca manchando el verde paraje.

Los cuerpos de los gorls habían sido llevados a una fosa común donde lanzaban los restos de sus enemigos y despojos de animales muertos. Allí, los monjes, tras unas palabras de rezo, les prendieron fuego para evitar la propagación de enfermedades.

Por su parte, monjes y soldados yacían en pilas mortuorias, preparadas para, antes de partir, llevar a cabo un funeral múltiple por todos ellos.

No era el abad quien se dispuso a realizarlo, sino otro monje, cubierto por una gran túnica, quien ofició el funeral.

Según las costumbres del monasterio, aquel que hubiese intercedido en la pérdida de la vida de alguno de los difuntos, no podía ser actor en dicha celebración.

Todos estaban allí, rodeando las pilas mortuorias de más de cincuenta difuntos.

Tristes, desconsolados, enfervorizados algunos por la sed de venganza.

Muchas de las miradas se centraron en aquel monje que, mientras recitaba una oración, prendió con una antorcha en sus manos las bases de cada una de las pilas mortuorias.

El fuego las envolvió una a una y, poco a poco, el olor a carne humana quemada llenó y entristeció el ambiente.

Un olor que Moel comprendió que no le abandonaría nunca.

El humo hacía ver en la distancia que en aquel monasterio había ocurrido algo, y no parecía ser bueno.

Otras miradas, entre ellas las de Ledif, se centraban en el abad. ¿Qué iba a ocurrir ahora?, ¿qué decisiones tomaría el abad en base a los acontecimientos que se habían producido?

Todos permanecieron allí, inmóviles, contemplando lo efímera que puede ser la vida.

Cuando el fuego empezó a dejar caer las primeras maderas de las pilas mortuorias por su efecto de destrucción y purificación, Reiva habló con uno de los monjes, a quien le encargó que, al terminar, todos los restos, tanto de monjes como de soldados, fuesen llevados a la fosa que tenían dispuesta para ellos a las afueras de la población.

Mostraba así un signo de respeto hacia aquellos que habían defendido el monasterio con sus vidas. Tras esto, Reiva se levantó.

-Preparaos, partimos cuando los tres soles estén en su fase más alta-, dijo, ante la sorpresa de muchos.