El poder de una joya
A rik pidió a Linaek que crease una joya de cristal tan especial que cualquiera que la viese quisiera poseerla.
-Hazla irresistible, que todo el mundo desee tenerla-, dijo.
Para ello, Linaek le explicaba que lo mejor era hacerla de tal forma que la luz se reflejase en todas y cada una de las direcciones al mirarla, lo que haría que fuese admirada desde cualquier lugar de donde se mirase.
Con su objetivo claro, Linaek se puso a trabajar.
Durante dos días, no abandonó el taller.
Al tercero, la ciudad ya hablaba de ella.
Tasca tras tasca, pensión tras pensión, mercado tras mercado, burdel tras burdel.
La noticia había trascendido. Hecho eso, tan sólo había que sentarse a esperar.
Las noticias corrían rápido por la ciudad.
Antes de la noche del tercer día, un hombre oscuro entró en el almacén de Linaek preguntando por su más impresionante joya.
Era una figura alta, desgarbada, vestido con atuendos de color rojo sangre, con una capa de color ocre oscuro que arrastraba tras él y la cabeza cubierta por una capucha muy cerrada, que ocultaba su rostro de la luz.
Sus manos, cubiertas por guantes, denotaban alguna enfermedad en ellas que había deformado sus huesos.
De pasos lentos y sostenido por un largo bastón de madera, su voz, fuerte y rasgada, denotaba un gran interés.
-He oído que posees una joya de tal belleza que es capaz de dar luz a la oscuridad-, dijo aquel hombre. -Me gustaría verla. Quizá sea interesante y pueda ofrecerte una buena suma por ella-, prosiguió.
-No está en venta-, respondía Linaek, mientras se desprendía de sus ropas de trabajo y limpiaba sus manos acercándose a esa figura oscura.
-Parece ser no solo algo de gran valor, sino también de gran poder, según ha llegado a mis oídos, y me gustaría poder comprobarlo por mí misma-, prosiguió.
-No voy a deshacerme de algo sin estar segura de lo que es.
-Bueno, yo puedo ayudarte a saberlo, si me lo enseñas-, dijo aquel hombre.
-¿Saberlo?, respondía Linaek. -Lo que me interesa saber es dónde o cómo puedo llegar a usarlo, si es lo que dicen que es-.
-Así, que, ¿ya sabes lo que es? -, preguntaba interesado el visitante, mientras se movía recorriendo lentamente la estancia.
Linaek asentía con la cabeza, mientras la figura oscura de aquel hombre se acercaba más hacía ella. Tanto como para querer contarle algo sin que su voz se extendiese al exterior.
-Si es cierto lo que cuentan las habladurías de la ciudad, lo que posees, como dices saber, es uno de los cristales del destino.
Dices saber lo que son, pero ¿sabes para que sirven?
,- preguntaba la siniestra figura, a la vez que caminaba lentamente alrededor de Linaek.
-Cada uno de los cristales tiene un poder diferente y todos ellos aúnan el mismo.
Con el entrenamiento suficiente, uno de esos cristales es capaz de trasladarte a otro mundo, a otro espacio tiempo.
Imagínate poder ir de un mundo a otro cada vez que se te antoje.
¿Crees en la existencia de otros mundos?
, ¿crees en poder ir a otro tiempo, otro espacio, otros planos espacio temporales?
A su vez, y esto es lo más interesante, sólo uno de esos cristales puede abrirte las puertas del monasterio de los monjes del destino.
Allí, al este de las montañas, junto a la cascada que discurre entre los tres grandes lagos, se encuentra el lugar que todo el mundo ansía conocer y poseer.
Un lugar del que nadie regresa siendo el mismo.
Oculto tras una gran magia, ese cristal es el único salvoconducto para entrar.
La magia que rodea al monasterio lo protege de todos aquellos que quieren entrar sin permiso.
Allí, es donde los monjes parecen haber descubierto el secreto de la vida eterna, sin dolor, sin hambre, sin enfermedad-, finalizaba el hombre mientras se miraba las manos.
-Así que, básicamente, lo que he de hacer es ir hasta ese monasterio y pedir que me enseñen a usarlo-, decía Linaek mientras cogía de un cajón el cristal y lo sostenía en alto con sus dedos.
-O puedes dármelo a mí y ser muy, muy rica hoy mismo-, le ofreció el oscuro visitante.
-¿Rica?, no parece que dispongas de grandes riquezas, viéndote así-, respondió Linaek.
El hombre se giró hacia Linaek, retirando su capa bruscamente para dejar extender su brazo enfermo hacia ella.
-Dame ese cristal y haré que te traigan tanto oro que ni tú, ni tus futuros hijos tengáis que trabajar nunca. No todo es lo que parece-, dijo el desgarbado visitante.
- Así es, mi querido amigo. No todo es lo que parece-, dijo Arik desde la zona oscura de la habitación. Desde allí, había estado presenciando toda la escena, ante el gesto sorprendido de su visitante.
- ¿Quién eres tú? -, preguntó el siniestro invitado, sin mostrar ningún ápice de temor, sólo sorpresa.
-Pensaría que al decirte que vengo de otro mundo podría llegar a sorprenderte, pero, visto el conocimiento que posees de los cristales y el monasterio, creo que la sorpresa no es tal -, respondió Arik.
Saliendo de la oscuridad, se acercaba a Linaek para coger el cristal de su mano.
-Esta joya no es sino un bonito cristal que nos ha servido para saber que las leyendas y lo que yo creía un sueño puede ser real.
-¿A qué te refieres con eso? -, preguntó el visitante.
-A que esto es tan solo un cristal, sin ningún tipo de poder-, respondió Arik, mientras colocaba el cristal en la mano de aquel hombre que, incrédulo, lo agarraba con fuerza y curiosidad, para poder comprobar con sus propios ojos que aquel cristal podía no ser lo que él buscaba.
-¡No puede ser!-, dijo.
-Así es. Es solo un pedazo sin cristal-, decía Arik.-Y aun así. Aquí estás.
Decepcionado al comprobar que aquello que esperaba encontrar no era lo que tenía entre sus manos, hizo patente su debilidad en ese momento y el cristal cayó al suelo, llegando a los pies de Arik.
Este, se acercó para conocer más de aquel hombre.
Arik, con ansia de mayor conocimiento, acompañó al hombre hasta un asiento para reposar su cuerpo y reponer energías.
Energías que pudiesen darle la oportunidad de obtener más información al respecto.
Fue, en ese momento, cuando el hombre retiró su capucha y mostró su rostro.
Un rostro lleno de tatuajes que delataban su servicio hacia un fin, pero cuál.
Tatuajes que marcaban una línea formada por pequeñas lunas en forma curva bajo sus ojos.
Un rostro sin un ápice de miedo en su expresión, pero cansado.
Decepcionado y cansado a partes iguales, el débil visitante y Arik conversaron largo y tendido.
Entre ambos, intercambiaron la información sobre cómo llegar al lugar donde teóricamente estaría localizado el monasterio.
El hombre puso una sola condición, la de llevarle con ellos.
Linaek y Arik accedieron a tan inusual pero gratificante petición, pues veían que disponer de un guía para el camino era mucho mejor que memorizar e improvisar el suyo.
Fue a partir de entonces cuando el hombre, a sabiendas de su futura aventura juntos, les contó con todo detalle cómo llegar y qué encontrarían allí, sin dejar de repetir una y otra vez: “Los momentos del espacio y el tiempo son los designios del destino”.
Unas palabras a las que ni Arik, ni Linaek le dieron mayor importancia, pues pensaron que sería algún tipo de mantra como manera de procesar su fe.
La conversación se alargó y la noche se les hizo corta, tanto que los sonidos del alba resonaban en la calle.
-Preparémonos para partir -, tenemos un largo viaje, dijo Arik.
Linaek se dirigía hacia el fondo de la estancia cuando varios individuos golpearon la puerta hasta tirarla abajo.
Arik, usando sus dotes de soldado, pudo esquivar el primero de sus golpes.
¿Soldados o mercenarios?, lo que estaba claro era que no habían venido a hacer amigos, pues parecía que su fin era acabar con ellos.
Preparados para la lucha, Arik estaba sorprendido de la imagen que sus ojos contemplaban.
No eran hombres, eran soldados de estructura humanoide, pero no eran humanos.
Sus cuerpos, musculados y fuertes, tenían estructuras diversas.
Algunos, como Linaek, eran de color azulado, de su raza o especie.
Otros, eran grandes, fuertes y de color rojizo como los grandes gorls, pero con grandes cuernos enroscados, narices planas y de frente prominente.
Y un último, pequeño, de gran barba y melena y cuerpo estructuralmente fortificado, como si se tratase de un compacto bloque de músculos.
Todos ellos estaban fuertemente armados y, por lo que estaba comprobando Arik en su lucha, eran también diestros en el uso de sus armas.
Arik, con movimientos rápidos, se zafaba de uno y de otro.
Aprovechando su rapidez y su cuchillo, clavó su arma en la parte interna de la pierna de uno de los soldados de piel rojiza, provocando la desestabilización de su oponente.
Perdiendo gran cantidad de sangre, cayó al suelo, sin fuerza.
Arik pudo en ese momento coger la espada de este y empezar a hacer lo que mejor se le daba, matar.
Con un cuchillo en su mano izquierda y una espada en la derecha, Arik hacía frente a sus enemigos.
Eran cinco, ahora cuatro, teniendo en cuenta que uno de ellos yacía en el suelo desangrado.
Arik sabía que en un choque frontal su inferioridad numérica sería su perdición, por lo que optó por llevar su lucha hacia la zona estrecha de la casa.
Allí sabía que tendrían que ir a por él uno a uno, y podía tener una oportunidad.
Sabía, además, que su espalda estaría protegida por Linaek.
Los contendientes azules tuvieron su final por usar armas demasiado largas contra Arik.
Éste tenía entre su fuerte la lucha cuerpo a cuerpo de proximidad y buscaba estar siempre cerca de su enemigo, y así fuera del alcance de las largas lanzas de estos.
El segundo de sus enemigos cayó por el corte que Arik le hizo con su espada en el interior de su brazo, lo que le obligó a encogerse y recibir por ello un apuñalamiento desde abajo arriba en su barbilla.
Arik giró sobre su propio cuerpo, por debajo de ese enemigo, hasta llegar al siguiente, sin espacio por su larga arma para poder enfrentar la espada y cuchillo de Arik, que clavó en su vientre con el tesón de un depredador que busca su presa.
Quedaban dos. En ese momento, Arik vio como aquél ser rojizo de grandes cuernos llegaba para embestirle, por lo que aprovechó para girar a su anterior oponente, aún con su cuchillo en el vientre, para intentar frenar el golpe.
La embestida fue tan fuerte que Arik se vio desplazado hasta la pared, teniendo sobre él el cuerpo sin vida del segundo de sus oponentes.
Y, ahora también, gruñendo de dolor, el de su oponente rojizo, quien no había contado con la presencia de Linaek tras Arik.
Ésta con su lanza larga, al igual que hicieron sus dos azulados enemigos muertos, luchaba a mayor distancia que Arik y había conseguido herir con ella a su oponente.
Arik pudo entonces quitarse de encima a sus dos oponentes, a la espera del quinto.
El pequeño oponente, de manera inesperada, asestó un golpe directo a Arik con lo que parecía un martillo lleno de puntas de acero.
Milagrosamente, Arik pudo esquivarlo, en parte, recibiendo parcialmente el golpe e inhabilitándole su lado derecho para la lucha.
El martillo había impactado en parte de su espalda, a la altura de su hombro.
No lo dudó, tras ver que esa masa de músculo venía tras él, Arik preparó su cuchillo y lo lanzo a la cabeza de su oponente, clavándolo en la frente de éste y acabando con su vida.
Un gruñido salvaje se oyó y el oponente que parecía haber sido vencido por Linaek avanzó de nuevo contra Arik, con la adrenalina por las nubes y sin forma visible de pararlo.
Ya estaba preparado Arik para luchar frente a esa máquina de matar cuando de nuevo la lanza de Linaek apareció desde detrás del pecho de su oponente, atravesándolo.
Linaek parecía acabar lo que había empezado.
-¿Estás bien?-, preguntó Linaek a Arik, a sabiendas de que estaba herido y sangrando.
-¿Dónde está?-, preguntó Arik.
-¿Quién?-, respondió Linaek.
-Nuestro amigo, nuestro visitante nocturno-, le comentó Arik.
-Parece ser que ha decidido partir sin nosotros-, dijo Linaek.
-¡Ahhgg!, se quejaba Arik de sus heridas. -Creo que necesitaré de tu ayuda.
Arik miró la puerta destrozada.
-Parece que se ha corrido la voz y no van a dejar de buscar el cristal, ni a nosotros. Hemos de irnos. Corremos peligro.