Nueve lunas de Antares La sorpresa que cambió un destino
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La sorpresa que cambió un destino

L os rayos de sol iluminaban poco a poco la habitación de Moel llenando de luz su rostro.

El calor del sol era agradable, quizá demasiado, como si algo no encajase.

La joven recogió sus cosas y decidió explorar el lugar.

La paz y los aromas del amanecer le hacían sentirse como en casa.

Paseaba junto a las murallas del recinto donde habían estado la noche anterior, mientras aquellos tres soles se elevaban en el cielo, lentamente.

Disfrutaba entre aromas de pan recién horneado y árboles con aromáticos frutos maduros, que recogían algunos monjes.

Todos le miraban, todos le sonreían y saludaban, como si la hubiesen conocido desde niña.

Moel no recordaba haber visto a nadie dejar de hacerlo.

De camino al río, se cruzó con Perseo, quien se ofreció a acompañarla hasta el cauce y enseñarle los aromas y sabores de los frutales que encontraban a su paso.

Al llegar al río, se despidió de ella, volviendo a sus quehaceres en el monasterio.

Moel, con una sensación extraña de felicidad, se descalzó y se sentó en la orilla, metiendo sus pies en aquella agua, cristalina.

No estaba fría, sino tibia, agradable como para darse un baño.

-¿No es precioso?-, dijo una voz proveniente de la zona más arbolada junto al río.

Moel se giró hacía la voz, y allí estaba Reiva.

Sentado sobre una piedra, en el borde del río, con las piernas entrelazadas y sus manos posadas sobre sus rodillas, contemplando el amanecer como lo hacía Moel.

Como si fuese la primera vez que lo veía.

Los rayos de luz se posaban sobre su cara, calentando su rostro e iluminando su alma.

Su cuerpo, ahora con el torso desnudo, mostraba los tatuajes que lo recubrían, junto a una gran cicatriz que lo atravesaba de un lado a otro.

Alguien o algo fue el causante de aquello.

Entre innumerables tatuajes, una gran rosa de los vientos destaca entre todos ellos, pareciendo cobrar vida al mirarla.

Puntos entrelazados e interconectados, con los tres soles presentes en ella, como si estos fuesen la puerta al conocimiento de tres mundos, o quizá de mundos infinitos, quien sabe.

-Sí, lo es-, respondía Moel.

-No eres una muchacha que se conforme con palabras, ¿cierto?-, preguntaba Reiva, mientras mantenía la misma y relajada postura de inicio.

Moel hizo una mueca de aprobación a lo que había comentado Reiva. Se disponía a decir algo cuando Reiva se levantó y, colocándose su ropaje para cubrir su cuerpo, le dijo:

-Ven conmigo, te enseñaré algo.

Moel se acercó hacia el lugar donde estaba el abad y caminaron juntos hacia una pequeña construcción de barro y paja. Un paseo pausado y gratificante.

-¿Entramos?-, dijo el abad sosteniendo la puerta a la joven.

Dentro de la pequeña choza de barro había un pozo de agua, cuya parte superior se había rematado en una modesta piedra vieja.

No había cuerdas, ni cubos, ni era un pozo profundo, sino que el agua estaba a poco más de un palmo de la superficie.

Un agua tan limpia y cristalina que se podían ver las piedras del fondo.

El abad se puso en el lado opuesto del pozo, remangó su ropaje y apoyó su mano sobre la tranquila agua, mientras susurraba unas palabras.

De su mano, poco a poco se fueron formando ondas y el agua dejó de ser agua.

Moel podía ver una ciudad que no existía en su mundo.

Y, en ella, a su padre. Vivo, rodeado de gentes y seres que la joven no había visto nunca.

-¿Es mi padre?-, preguntaba Moel titubeante, -¿en verdad está vivo?

-Sí, lo es-, respondió Reiva. -No os ha abandonado. En su destino está escrito que volveréis a estar juntos.

Moooooooohhhhhhuuuuuuu…….., Moooooooohhhhhuuuuu…., los cuernos sonaban en la lejanía, anunciando que estaba preparada la partida de los visitantes.

-Hemos de volver-, enunciaba Reiva, -tus acompañantes se estarán preguntando donde estás para partir.

Una vez reunidos junto a la puerta de la muralla, el abad pidió a Nazael y dos monjes más que acompañasen a sus invitados al portal para trasladarlos a su momento espacio temporal, no sin antes entregarles víveres y la protección de sus armas para su viaje.

El abad se despidió de ellos y acudió a la llamada de otro de los monjes que requería su presencia.

Ledif y los soldados, caminando hacia el portal, hablaban entre ellos sobre la pérdida de tiempo y vidas que había costado esta aventura inútil por conseguir algo que no podían tener.

Ahora, debían afrontar algo más duro que el largo viaje de vuelta, el no haber conseguido el fin para el que habían sido designados.

Afrontar el fracaso y, quizá, la derrota de su mundo ante los gorls.

Llegado al portal, Nazael y los dos monjes realizaron la misma rutina de oración y movimientos para abrir el portal. Poco a poco la luz apareció, el brillo aumentó su intensidad y el portal comenzó a abrirse.

-¡Aquí!, ¡es aquí!-, decía Ocap mientras señalaba una zona del torreón donde se podía ver manchas de arena y hojas que no parecía ser de esa zona de la montaña. -Se fueron por aquí…

-Ocap, aquí no hay nada-, dijo incrédulo uno de sus guerreros.

-No, no hay nada-, gruñó. -Salieron de aquí por medio de algún tipo de brujería-, prosiguió.

En ese mismo momento, en el que Ocap pensaba que sólo otro brujo podría ayudarles a encontrar su puerta, surgió un punto de luz intensa que poco a poco, como si creciese un remolino, fue haciéndose cada vez más grande e intensa, deslumbrado a todo su grupo de guerreros, hasta crear un acceso igual a tener una puerta.

Una puerta que parecía no haber sido creada para entrar, sino para salir, y a través de la cual se podía vislumbrar una figura humana.

Nazael se puso junto al portal e invitó a pasar al grupo presentando sus respetos como despedida.

Ocap no lo dudó, cogió su hacha y se dirigió hacia la puerta, infringiendo un gran golpe hacia esa figura humana.

El hacha atravesó a Nazael. No gritó, tan solo miró el portal una última vez. Su cuerpo ensangrentado cayó al suelo al recibir una patada para desencajar el hacha de él. Un enorme gorl apareció tras ella.

-Tan sólo necesitamos a uno vivo-, dijo gritando el gran gorl,- el resto sólo es diversión-, prosiguió antes de asestar un nuevo y certero golpe a uno de los soldados de Ledif, incrustando su hacha sobre su hombro y cortándolo prácticamente en dos.

El resto de gorls atravesaron el portal tras su líder para unirse a la contienda sobre los desprevenidos soldados que, poco a poco, se rearmaban e intentaban hacer frente a sus oponentes.

-¡Eliminad a los soldados!, coged a uno de los monjes y a su preciado cristal-, ordenaba Ocap.

El viejo general y el resto de los soldados, junto a Moel, empuñaron sus armas y fueron a defender la entrada de la llegada de su no deseada visita.

Pronto empezaron a oírse los cuernos que alertaban de su presencia y, más rápido de lo que podían imaginar Ocap y sus guerreros, se llenó la zona de monjes que se unían a la lucha junto al general y sus soldados.

Con sus grandes lanzas y su fuerte poder de embestida, los grandes gorls atravesaban la pobre defensa ofrecida por los soldados.

Eran los monjes, expertos en diferentes artes de lucha, quienes intentaban frenar su entrada con armas que hasta entonces no habían visto.

Lanzas que se partían en dos y se extendían como una cuerda, lanzadas hacía sus cuellos, tan afiladas que eran capaces de cortar su gran cuello con tan sólo un golpe certero.

Sin embargo, ni los soldados, ni los monjes podían frenar la gran embestida gorl.

Uno a uno, soldados y monjes, perecían frente a los ojos de Moel, quien con su arco, intentaba mermar las fuerzas de sus enemigos.

Los soldados yacían por el suelo, mientras el habilidoso general trataba de separar a sus enemigos para debilitar su capacidad de fuerza de grupo, disminuyendo su potencia de embestida, y permitiendo así a los monjes una lucha más abierta donde poder usar sus peculiares habilidades de batalla.

Sin embargo, no parecía ser suficiente para detener a tan brutales enemigos.

Al igual que los soldados, los monjes caían a los pies de los gorls, quienes les superaban en número y capacidad de lucha.

-Muchacha, ¿me abres camino?-, preguntaba Reiva a Moel al pasar por su lado. Este se dirigía a la lucha con el torso únicamente vestido por tatuajes y cicatrices de contiendas anteriores y una espada en cada mano, que giraba como si fuesen una extensión de sus brazos.

Sin dudarlo ni un segundo, Moel disparaba sus flechas hacia aquellos gorls que se cruzaban en el camino del abad.

Reiva asestaba certeros y mortales golpes a aquellos gorls con quienes se encontraba.

A veces, con la ayuda de Moel, a veces sin ella.

Reiva sabía claramente cuál era su destino para poder detener tal brutal contienda, Ocap.

Paso a paso, apoyándose en los gorls que caían arrodillados por sus espadas a su paso, Reiva iba de un gorl a otro como si se tratase de un baile entre ellos.

Mataba sin detenerse. Con una espada abría, con otra cerraba, a sabiendas de que su espalda estaba protegida por las fechas de Moel.

Sin prisa, sin descanso, ensangrentado y sin miedo, Reiva avanzaba hasta su objetivo final, un objetivo de tamaño y destreza en la batalla tan brutal que aterrorizaría a la mayoría de los soldados.

Fue en ese momento cuando Ocap se dio cuenta de quién era su enemigo y de quién podía entregarles el verdadero poder de los cristales.

Una auténtica máquina de guerra se abría paso entre los soldados de Ledif, sin compasión ninguna.

Ocap tenía tal poder en sus brazos que era capaz de partir en dos a un soldado con la caída de su hacha. Ambos sabían ya cuál era su objetivo.

-¡Malditos gorls!-, gritaba Ledif, mientras luchaba contra sus oponentes.

Su cuerpo estaba agotado de la batalla. Sin embargo, su destreza, su experiencia y la adrenalina, le hacía luchar como si se tratase de alguien mucho más joven y fuerte.

Fue en ese fervor de la batalla en el que se encontró cara a cara con Ocap, más fuerte y hábil que otros gorls.

El viejo general blandió su espada con fuerza y asestó varios golpes sobre Ocap, quien consiguió zafarse de los mismos bloqueándolos con su hacha.

El gran gorl aprovechó su mayor tamaño para golpear al general con su pierna, lanzándolo al suelo y consiguiendo desarmarlo en la caída.

Ese momento fue el que aprovechó Ocap para dejar caer su hacha sobre el desarmado general, quien cerró los ojos aceptando su destino.

Fue en ese justo momento, cuando apareció Reiva.

El hacha se detuvo entre sus espadas, permitiendo retirarse al general, que cogió de nuevo su espada para seguir la contienda.

Ocap, no podía creerlo, sus ojos se abrían incrédulos.

¿Cómo un humano había detenido tal golpe sin apenas haber sufrido un corte de su hacha?

. Reiva giró sus espadas y se separó de Ocap.

Buscaba tener la distancia justa para evaluar a su enemigo.

Miró para atrás, vio a Ledif rearmado, y, haciéndole un gesto de parar con la mano, le dijo:

-¡General!, esta es mi batalla.

Ledif, furioso, le dio a Reiva el beneficio de la duda, y aceptó el deseo del abad. Ambos, Ocap y Reiva, giraron en círculo mientras se miraban y evaluaban, para ver cuáles podían ser los puntos débiles de uno y de otro.

-Venimos a por uno de vuestros cristales, dádnoslo y os dejaremos vivir-, dijo Ocap.

-Un cristal no tienen valor sin unas manos dignas que puedan desatar su verdadero poder, ¿para qué lo queréis entonces?, respondió Reiva.

Ocap rió. -Obviamente, he de llevarme a uno de los vuestros para que nos enseñe a utilizarlo.

-Eso no va a pasar-, le dijo Reiva.

-Supongo que no serás tú. Entonces, ¡no te necesitamos!

-, dijo Ocap, quien fue a por Reiva esta vez con un golpe en forma de giro lateral de su hacha, intentando coger por sorpresa al abad.

Éste de una manera realmente espectacular dejó caer su cuerpo arrodillado hacia atrás, viendo pasar el hacha a milímetros de su rostro.

Tras ello, el abad echó su peso hacia delante para golpear y desestabilizar a Ocap, provocando su caída.

De rodillas, y espada en mano, el abad esperaba la caída del gorl para cortar el cuello de su oponente.

Sin embargo, tuvo que esquivar una lanza que venía hacia él, desviando su ataque.

Tras dar fin con sus espadas a su nuevo oponente, una gran sombra cubría a Reiva, ahora en posición de desventaja.

Sus ojos se giraron y vieron a Ocap con su hacha en lo más alto de sus brazos asestando lo que iba a ser un golpe mortal, y así, sin más, mientras Reiva intentaba zafarse de tan brutal ataque, vio caer a Ocap.

Los ojos de este se abrían incrédulos al saberse derrotado por alguien con quien no contaba.

El gran gorl caía al suelo, inerte, sangrando abundantemente por las heridas que dos flechas habían causado al atravesar su cuello. Moel abría camino.

Los gorls, conscientes de la caída de su líder y del gran número de bajas, llamarón a replegarse y retirar sus fuerzas saliendo por el portal de entrada. Menos de una docena de ellos, huyendo, ya no eran un enemigo a temer.

Ledif, pidió a sus soldados perseguirles, a lo que Reiva replicó:

-¡No!, hoy no general. Dejadles ir.

-¡Pero han matado a muchos de nuestros soldados!, y ¡sus monjes!-, contestaba Ledif, -¿qué hay de sus propios hermanos?

-Lo sé, general, por eso no quiero poner más de sus vidas en peligro sólo por venganza. Cualquier vida que podamos perder en esa contienda, vale más que cualquier idea de venganza-, concluía el abad. -Volvamos, mañana plantearemos vuestro regreso-, finalizó.