La búsqueda #5
-Pero sus monjes han acabado con la vida de un gran lobo gris en nuestro mundo. Eso es que sí pueden intervenir, sólo que no quieren hacerlo-, replicaba Ledif.
-Debíamos custodiaros hasta aquí para haceros ver las opciones que el destino os marca.
Las bajas que ocurren al cumplir los designios del destino están escritas en él y pueden suceder y suceden.
Los días de ese gran lobo acababan cuando se cruzó en vuestro camino, los monjes solo le acompañaron en su adiós-, argumentaba Reiva.
-Ahora, reponed fuerzas, alimentaos, descansad y ya mañana partiréis hacia vuestro hogar-, finalizaba Reiva.
El abad se marchaba tranquilo de la estancia ante Perseo y el resto de monjes que con una semi reverencia evitaban mirarle directamente a los ojos.
Moel comprendió entonces que el destino al que el abad se refería no iba a ser tan benigno.
-Que entren todos-, ordenaba Ocap-, pasaremos la noche a refugio y mañana haremos una batida en los alrededores, quizá haya otra entrada.
Nada, no había nada. Habían buscado en todos los rincones del torreón y nada, ni una puerta, ni un pasadizo, parecían haber desaparecido del mundo.
Sentado, junto al calor y refugio del fuego de una hoguera, Ocap no hacía más que dar vueltas en su cabeza a todas las opciones posibles para encontrar el monasterio.
No había huellas de salida, no había restos de lucha.
Todos aquellos soldados habían de haber ido a algún sitio, pero dónde, si no habían salido.
Sin puertas, sin pasadizos, sólo podían haber salido de allí fruto de algún embrujo.
Durante toda la noche buscó indicios de dónde y de cómo.
No eran armas, lo que Linaek hacía, eran cristales.
De las piedras que Linaek recuperaba del inhóspito desierto, conseguía crear cristales formando joyas realmente extraordinarias.
Fue entonces cuando Arik lo pensó, cómo si no pudo llegar hasta allí, un mundo de tres soles, con humanos azulados y bestias que nunca había visto antes.
Mushone debió usar el bastón del destino y su cristal para realizar algún encantamiento que consiguió guiar el portal hacia él y trasladarlo a este mundo.
Quizá otro cristal, otro bastón, pueda llevarle de nuevo a su mundo.
Quizá ella podía ayudarle a encontrar aquél monasterio, a aquellos monjes que poseían dichos cristales.
Quizá ella podía ayudarle a regresar a casa.
Arik empezó a preguntarle si sabía algo de un monasterio, de los cristales, las runas, de hechizos.
No obstante, por más que insistía, y aún con el interés que mostraba ella, Linaek no era capaz de comprender nada de lo que él intentaba decirle.
Ella se acercó a él y tapó su boca con la mano, para evitar que siguiese hablando.
Seguidamente, agarró con su otra mano la de Arik y le dijo con un gesto que le acompañase, dándole unas pieles como abrigo.
Había empezado a anochecer y la temperatura bajaba rápido.
Se lo llevó tirando de él por las calles de la ciudad hasta llegar a una zona donde las calles eran cada vez más estrechas y retorcidas, y donde la oscuridad era presencia y daba pie a un mundo nuevo e inquietante con un lúgubre ambiente de tiniebla.
El murmullo de la ciudad quedaba atrás. Solo había silencio.
Linaek se paró frente a una puerta con unas letras pintadas en sangre.
Llamó a la puerta. Arik, alertado por tal siniestro modo de decorar una puerta, agarró su cuchillo atento a lo que pudiera suceder.
La puerta se abrió, chirriando con el roce de la madera hinchada por la humedad.
Tras ella, apareció otra figura femenina de bastante edad, vestida con telas amplias y un gran turbante que ocultaba su cabeza desprovista de cabello.
Linaek le habló y la mujer hizo un gesto de invitación a entrar.
Los llevó a una estancia donde había una figura masculina sentada en el suelo con las piernas cruzadas.
La habitación era lúgubre, iluminada tan sólo por el fuego de una hoguera central junto a la que estaba esa figura.
La mujer les invitó a sentarse con él, no sin antes pedirle a Linaek algo.
Linaek sacó una de sus joyas de cristal y se la entregó a la mujer que, inmediatamente, se acercó a la figura masculina y le susurró algo al oído.
El hombre, en ese momento, abrió los ojos y habló.
Parecía que le preguntaba a Linaek para qué estaban ahí.
Ella le respondió, y aquella figura se levantó y fue caminando hacia una zona de la habitación donde había estantes con yerbas, especias, pequeños animales y diferentes botes con trozos de seres que Arik desconocía.
Poco a poco fue juntando diferentes ingredientes en un recipiente, mientras murmuraba algún tipo de hechizo con palabras que no deberían existir.
Colocó el recipiente sobre el fuego y fue a coger a un pequeño ser, vivo.
Lo puso sobre el recipiente y, mientras continuaba murmurando, lo degolló para hacer caer su sangre al interior.
La sangre del animal chisporroteó al caer sobre el fuego y éste cambió de color.
Tras eso, el hombre se acercó a Arik y le enseñó la palma de su mano extendiéndola a través del fuego de la hoguera, invitando a Arik a poner su mano sobre la de él.
Arik miró a Linaek, quien hizo un gesto de aprobación.
Arik puso su mano sobre la del hombre y este, sin dudar un segundo, sujetó su mano y con un cuchillo hizo un corte en la palma de Arik, y la giró, dejando que su sangre se deslizase hasta caer en el mismo recipiente donde estaban el resto de los ingredientes.
El hombre soltó a Arik, y, prosiguiendo con su hechizo, removió el contenido del recipiente.
Tras unos pocos minutos, lo sacó del fuego y lo apoyó en el suelo junto a Arik.
Con un gesto, invitó a Arik a beber de él.
Linaek también le invitaba a hacerlo. Arik no entendía muy bien el porqué de tal espectáculo, pero, en ese mundo y sin muchas más opciones, decidió tomar el recipiente y beber de él.
Dio un sorbo, y el nauseabundo olor y asqueroso sabor, hicieron que dejase el recipiente en el acto, pero el hombre y Linaek insistieron en que había de bebérselo todo.
Entre asco y náuseas, Arik terminó el contenido del recipiente y lo lanzó al otro lado de la habitación.
-¡Aaaggg!-, dijo Arik entre arcadas, vomitando saliva y bilis.
-¿Qué me ha hecho?-, preguntaba.
El silencio cayó sobre la sala por unos instantes.
-Esto es lo que habéis venido a buscar, ¿no es así?-, le contestó el hombre.
Arik, sorprendido por haber entendido al hombre, contestó:
-¿Conoce mi idioma?, ¿por qué no me dicho nada si conoce mi idioma?.
-Ni él, ni yo lo conocemos. Eres tú quien ahora conoce el nuestro-, le respondió Linaek.
La sorpresa de Arik al comprender lo dicho por Linaek le dejaba sin palabras.
-Por eso te he traído aquí. Hablabas y hablabas y no entendía nada.
El señor Yuhan es famoso entre los hechiceros de la ciudad como aquél que permite entenderse entre los diferentes mundos.
También te diré que eso que has hecho de beberte esa porquería es realmente asqueroso, ja,ja,ja-, reía Linaek.
-¿Nunca lo habías hecho antes?-, preguntó Arik.
-¿Yo?, no, es asqueroso-, respondió Linaek entre risas de burla.
En ese momento, apareció la mujer que les había acompañado a la sala para pedirles que abandonasen el lugar, con un gesto amable de que la siguiesen.
-Buena suerte en este mundo. Espero que encuentres aquello para lo que el destino te ha traído aquí-, le deseó Yuhan, mientras Arik abandonaba el lugar.
-Cúbrete, aquí las noches tienen temperaturas gélidas y no sabemos si tu cuerpo está preparado para ellas-, le decía Linaek a Arik, mientras le guiaba de nuevo hacia su casa.
Durante el trayecto, Arik aprovechó para volver a preguntar a Linaek sobre el monasterio, los monjes y sobre la existencia de los cristales.
Fue durante la noche cuando Arik explicó, junto al fuego de la chimenea, de dónde procedía, cuál era su mundo, quién era y el por qué creía que había llegado allí.
Linaek le escuchaba atenta e interesada, preguntando cosas sobre ese mundo desconocido para ella.
A su vez, explicaba a Arik, que sólo conocía leyendas sobre un lugar, un monasterio y sus alrededores donde el tiempo era templado, donde no había desierto, ni hielo, ni temperaturas extremas de día y de noche.
Un lugar donde no existía la pobreza, ni la maldad, donde todos los seres, fueran del mundo que fueran, eran igual de valiosos y podían formar parte de él.
Linaek le dijo a Arik que tan sólo eran leyendas y que no sabía dónde encontrarlo. Habladurías del pueblo, decía.
-Si ese lugar existe, no será fácil de encontrar-, terminó.
Arik, era terco, y no se daba por vencido.
-¿Leyendas?, ¿en un pueblo con hechiceros capaces de hacerme comprender un idioma totalmente desconocido para mí?. Suficiente para creer que puede ser real, ¿no crees?-, dijo Arik.
-¿Sabes?, quizá te ayude. Esta ciudad es muy monótona y previsible en su día a día. Quien sabe, igual hasta puedo conocer tu mundo-. Le respondía Linaek.
Arik sonrió a su anfitriona y repitió: -Quién sabe…