Nueve lunas de Antares La búsqueda #4
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La búsqueda #4

No tardaron en llegar hasta la zona donde los lobos se abalanzaron sobre los soldados.

El primer lobo estaba atravesado por lanzas.

La sangre había ennegrecido la nieve sobre la que se encontraba.

A pocos metros, tres tumbas apresuradas.

A pocas decenas de metros yacía muerto, ladera abajo, el gran lobo negro, guía de la manada.

Dos flechas certeras en su cuello habían acabado con su existencia.

Su guía, se postraba con una rodilla en suelo y su mano apoyada sobre el lomo negro de la bestia, como señal de respeto por el animal. Ocap lo miró sin reprocharle nada.

-¡Aquí!-, llamó uno de los guerreros, -¡el tercer lobo.

Ocap levantó su cabeza para seguir con su mirada las débiles huellas que le llevaban hasta la llamada de donde yacía el tercer lobo. Hizo un gesto a sus guerreros de avanzar hacia allí.

-Dos grupos-, dijo el explorador. -Uno vino desde abajo, el otro desde el glaciar. Después, han continuado juntos por ahí.

Ocap no dijo nada, simplemente caminó en la dirección donde le había indicado el explorador.

El glaciar de Seni apareció de repente. Allí, se podía vislumbrar un viejo torreón.

Ocap y sus guerreros se acercaron hacia él.

Allí, señaló a su puerta y, con un gesto de su cuchillo, ordenó a sus guerreros rodearlo por lo flancos.

Ningún error. Se acercó hacia la puerta y observó que no hacía mucho había estado allí un grupo numeroso de personas.

La nieve removida y los rastros de roce por el apoyo de las armas en las piedras de la entrada delataban su presencia.

Levantando su brazo, avisó a sus guerreros de estar preparados para lo que pudiesen encontrar allí.

Sin más, con decisión, abrió la puerta y entró. Tras él, varios de sus guerreros.

Nada, no había nada. Levantó su cabeza y giró a su alrededor. Él y sus guerreros pudieron observar que el gran torreón era una estancia vacía y gélida. Ni personas, ni rastro de vida en su interior. Tan solo piedra helada y silencio.

-¡Aaaahhhhh!-, gritó enfurecido Ocap. -¡Buscad una maldita entrada oculta, algún subterráneo, algo!-, gritaba a sus guerreros, mientras golpeaba todo aquello que encontraba en las paredes de la estancia, vacía.

-¡Ahí está!-, dijo uno de los monjes, señalando a un viejo y aislado torreón, en medio de la planicie del glaciar.

-¿Ahí está el qué?-, dijo Moel, que tan sólo veía un pequeño y ruinoso torreón.

-El torreón. Allí, en medio del hielo-, respondió el monje.

Los tres monjes se dirigieron hacia la puerta del torreón, empujándola y entrando en él, haciendo gestos de que les siguiesen.

Cuando todos los soldados habían entrado, uno de los monjes cerró la puerta.

Los tres monjes destaparon sus cabezas y se mostraron a todos, ofreciendo hacer lo mismo a todo el grupo.

-Mi nombre es Nazael-, dijo el monje quien parecía ser el de mayor rango, - y ya hemos llegado a la entrada del monasterio-. De piel oscura y teñida de tinta y cicatrices, Nazael expresaba con la profundidad verde de sus ojos la intensidad de mil batallas en su alma.

-¿Al monasterio?, esto no es más que un simple lugar para cobijarse del frío para pastores-, replicaba Ledif.

-Paciencia, general, en esta existencia nada es casi nunca lo que parece a simple vista -, respondía Nazael.

En ese momento, los tres monjes, colocados en forma de triángulo alrededor de los soldados, empezaron a entonar palabras imposibles.

El aire vibró. La estancia del torreón se iluminó como un desgarro de la realidad.

Los tres sujetaban en sus manos sendos cristales, decorados con runas, cuyo brillo cegó momentáneamente a los soldados de la estancia.

Al fondo de la misma empezó a abrirse un aro de luz brillante, que poco a poco fue aumentando su tamaño, mientras no dejaba de girar.

A través de él se podía empezar a vislumbrar un extenso vergel, de campos verdes, árboles frutales y un fascinante río de agua cristalina. Sin nieve, sin frío, sin gorls.

-Esa es la puerta, general-, dijo Nazael, haciendo un gesto de invitación a él y a todos los soldados.

Uno a uno, todos fueron entrando a través de ese aro de luz, mientras los monjes seguían con su hechizo. Una vez pasó el último de ellos, el aro, simplemente, se cerró.

Estaban en un lugar muy diferente a las montañas.

Las pieles ahora ya no les eran útiles, pues el sol calentaba sus cuerpos.

Habían llegado al vergel descrito por los lugareños y las leyendas.

Bosques frondosos llenos de vegetación y vida, pájaros, mariposas, animales de granja, algunos conocidos y otros, simplemente, asombrosos.

Lagos que se veían a lo lejos con ríos de agua cristalina y pura, campos con cultivos de alimentos.

Se respiraba un aire tan puro que transmitía olores de paz, confianza y vida.

Sus animales y sus gentes parecían vivir en un lugar de paz plena.

Una paz quizá demasiado perfecta, como si nada tuviese permitido morir allí.

-Perseo, acompaña a nuestros invitados hasta el wihan. El abad les espera-, dijo Nazael a un joven monje.

Los tres mojes les invitaron a acompañarle.

-Venid, acompañadme, por favor-, les dijo Perseo, quien les guió hasta un edificio localizado en el centro de la zona habitada.

De entre todas las construcciones, era la de mayor tamaño de todas, y la única que parecía tener un aspecto defensivo.

El joven monje les llevó hasta el lugar de reuniones donde recibían a sus visitantes.

Era allí donde esperaba el abad, padre, maestro y administrador de la fe y lo terrenal en el monasterio.

Al entrar, Perseo les pidió que dejasen sus armas y les llevó hasta una gran sala donde estaba Reiva, el abad del monasterio.

Reiva era una figura admirada y adorada por todos los integrantes del monasterio, no sólo por su conocimiento de lo terrenal y lo divino, sino también por sus dotes como guerrero y hechicero.

De una edad no definida, contaba con una apariencia de un hombre de unos cincuenta años.

No obstante, algunos decían que ayudó a construir el monasterio hacia siglos.

No era muy alto, en torno al metro setenta de altura, delgado, pero de musculatura definida, igualmente sin pelo y tatuado.

Lucía ropajes amplios. Su mirada, de ojos oscuros, transmitía paz a la vez que penetraba en lo más profundo de tu alma.

Era una de esas personas a las que cuesta mantener la mirada.

Al llegar, Perseo hizo una leve reverencia a su abad y se puso a su lado para tener enfrente al grupo de soldados.

Reiva, que estaba sentado de espaldas en su oración, se levantó y se giró hacia ellos.

-No es la respuesta-, dijo Reiva dirigiéndose a ellos.

-¿A qué?-, preguntó Ledif.

-Habéis venido hasta aquí en busca de uno de nuestros cristales, porque creéis que su poder os puede ayudar a derrotar a vuestros enemigos.

Esa, no es la respuesta -, dijo Reiva. -Nosotros no podemos interferir, ni decantarnos por ningún ser, en ningún acto, en ninguno de los planos del espacio tiempo.

Somos sus guardianes, no lo alteramos, lo conservamos-.

-¿Entonces qué?-, gruñó Ledif.

-Solo podéis aceptar las cosas como vienen-, respondía Reiva. -Además, aquí no se fabrican cristales. Cada cristal surge de la energía de quien consigue encauzarla y controlar así el poder blanco de su propio ser. Un cristal no te da el poder, tú eres el poder.

Antes de que Moel pudiese decir nada, Reiva prosiguió:

-Sí muchacha, tu padre aún camina, no has de estar triste. Ha de cumplir una misión, el destino así lo ha dispuesto. Cuando eso acabe, vendrá aquí y regresará contigo y con tu hermano.

Moel, que se había quedado muda por un instante, dijo:

-¿Cuándo?, ¿dónde?, ¿sabe dónde está?, quiero ir con él.

Reiva, ante la insistencia de la muchacha, tan solo sonrió.

Mientras eso ocurría, el joven monje no podía dejar de fijar su mirada en tan desenfada muchacha. Moel, consciente, sintió tal rubor que sus palabras se desvanecieron tras ello.

El general alzaba su voz :

-Pero, ¿cómo vamos a poder llegar a un acuerdo con esas bestias?. Lo único que quieren es acabar con nosotros para quedarse con todo lo que hemos construido durante años-.

-Sólo piensan en matar y destruir, no se puede negociar con algo así. ¿Es esto lo que vuestro destino quiere para nuestra gente?, ¿la muerte? -, concluyó.

-Si escribes un 6 en la arena, yo veré un 9 y tú un 6, ¿quién estará equivocado?

-, le respondía Reiva. -Mushone, hace mucho tiempo, vino como vosotros lo habéis hecho ahora, en busca de respuestas.

Quería conocer los secretos de controlar la energía del universo para poder optar a una existencia mejor para todos.

Su fin era loable, en principio. Avanzó en conocimiento y sabiduría, y poco a poco su ansia de conocimiento le llevó a querer saber y tener más.

Sus adeptos surgieron y hubo un grupo de monjes que, junto a Mushone, trataron de obtener poder de la oscuridad, sin el consenso del resto.

Se volvieron cada vez más ambiciosos y peligrosos, y decidimos poner fin.

La oscuridad, sin que ellos lo supiesen, se apoderaba poco a poco de sus mentes, e hizo que nos traicionasen.

Perdieron el fin loable a cambio de un fin oscuro.

Creímos en él y erramos-, relataba Reiva.

-Pudimos sentir como un cristal del destino se usó para abrir un portal a otro espacio tiempo.

Ahora, sabemos que para interferir en vuestra batalla.

Lo que él hizo no puede repetirse. Cada ser tiene su espacio, su plano y su tiempo.

No podemos poner en peligro el equilibrio haciendo que seres de mundos diversos intercambien sus planos y su existencia, pues podríamos provocar la destrucción de alguno de esos mundos.

-Y, ¿qué ayuda podéis ofrecernos? -, preguntó el general.

-Velaremos por vuestro regreso a casa. No podemos interferir-, respondía Reiva.