La búsqueda #3
El camino era estrecho y escarpado, a veces, oculto por la nieve.
Los soldados, obligados a marchar de uno en uno por la estrechez del mismo a su paso, marchaban en fila, encorvados para soportar los embistes de la fuerte ventisca que les golpeaba sin descanso.
Cada paso era una apuesta por su vida entre la gran cantidad de trampas que la nieve ocultaba bajo ella.
El frio viento removía y congelaba las gruesas pieles que les servían de abrigo y dejaba escarcha en sus rostros.
Poco a poco, su camino hacia la cima hacía crecer la esperanza de poder llegar antes, de poder encontrar el vergel que les haga reponer las fuerzas para volver, para luchar por su mundo, este mundo.
Una esperanza que se tornaba oscura cuando el atardecer despertaba paso a paso la noche frente a ellos.
Caminando, uno tras otro, paso a paso, la noche, inescrutable y oscura, se abalanza sobre ellos como un…
-¡Lobos!,¡vienen lobos!-, gritaba un soldado. Quien, alertado por la huída de una bandada de pájaros a su paso, vislumbró a tres grandes lobos acercarse hacia ellos.
-¡Preparaos para recibir a esas bestias soldados!-, gritaba con la voz agitada por el frío viento Ledif.
Los soldados, preparados con sus lanzas y espadas, esperaban la embestida de los grandes lobos, que se acercaban veloces para devorar a sus presas.
El primero lobo, no rugió, saltó sobre un grupo de ellos.
Un soldado gritó una vez antes de ser destrozado por sus grandes fauces.
A su vez, el propio animal yacía por las armas del resto de soldados que a su alrededor acuchillaban y empalaban a la bestia una y otra vez hasta verlo caer.
Era un gran lobo negro, quien, de los tres, buscaba como presa al viejo general.
Se abalanzó sobre él desde la parte alta de la montaña, mientras el valiente general presentaba su espada para defenderse.
Ledif giró sobre sí mismo, su espada silbó y la sangre del lobo brotó de su interior por un profundo corte que enfureció más a la bestia.
Una bestia que se volvió de nuevo contra él, empujándole y haciéndole caer por la ladera.
El gran lobo, que con sus fauces causó la baja de más soldados, persiguió ladera abajo al general saltando sobre él, como si el mismísimo infierno abriese sus fauces.
Y, sin más y por sorpresa, un quejido salido del interior del negro demonio ensordeció al general.
Dos flechas habían atravesado el cuello de la bestia.
Cayó muerto antes de rozarlo. El gran lobo yacía ahora a pocos centímetros de sus pies.
-Gracias, querida muchacha-, dijo Ledif mirando a lo alto de la montaña.
Moel, bajó el arco e hizo una mueca de aprobación. Sus manos todavía temblaban.
-Ahhhh-, gritaban con una mezcla de furia, terror y dolor, ensangrentados, los soldados que luchaban contra el tercer lobo, que a duras penas consiguió huir hacia la zona más comprometida de la ventisca.
-¡No puede escapar!-, gritaba uno de los capitanes.-¡Si lo hace, pondrá en alerta a los gorls de que estamos tras sus pasos!
Un quejido de la bestia se oyó a lo lejos, como si su alma se escapase a la fuerza de su cuerpo.
Después, silencio. Segundos después aparecieron.
Como si fuesen parte de la montaña. Tres figuras.
De blanco. Mimetizadas con la nieve y el hielo.
Tan solo delatadas por el brillo de sus espadas, manchadas de la sangre de aquel lobo.
-Creo que vienen en nuestra búsqueda, ¿cierto?-, dijo uno de ellos descubriendo su cabeza y mostrando su rostro entre la ventisca a Ledif.
Eran rostros curtidos por el frío, con tatuajes que delataban su servicio hacia un fin, el de la custodia.
Bajo sus ojos, una hilera de pequeñas lunas tatuadas dejaban ver las marcas de quienes vigilan y no dudan.
Eran monjes, eran soldados, sin un ápice de miedo, ni de pelo en sus cabezas y con sólo una misión en su vida, la de proteger aquello que podía ayudar a cambiar el curso de la guerra.
Al verlos, el viejo general se preguntaba si estaban ya cerca del monasterio.
-¡Por aquí!-, dijo uno de los monjes. -Si todo está bien, llegaremos a tiempo.
Ledif asintió e hizo un gesto a los soldados que habían sobrevivido a aquellas feroces bestias para enterrar de forma rápida los cuerpos de sus muertos y reiniciar la marcha tras ellos.
Linaek no hablaba, solo cabalgaba como si el desierto formara parte de ella.
Arik se mantenía en silencio, tras ella.
Durante el trayecto, Arik observaba lo que la gran bestia cargaba a sus costados.
Sacos sellados y pesados. Algún tipo de mercadería, pensó.
Era quizá su extraña salvadora un mercader, el tiempo lo diría.
Pocas horas pasaron cuando al horizonte se empezó a vislumbrar lo que parecía una ciudad en pleno desierto.
Dominante desde lo alto de una colina, unas gruesas murallas rodeaban por completo la ciudad.
Sin torres, sin adornos. No estaba hecha para ser una ciudad bonita, sino para resistir.
En su interior, grandes telares se entrelazaban entre las casas apiñadas buscando crear una sombra continua que protegiese a sus habitantes del calor de los tres brillantes soles.
Sin esas telas, la piedra ardería y la carne, expuesta, se quemaría.
Por toda ella ondeaban banderas y estandartes con colores que para Arik eran imposibles de reconocer.
En el centro, en la parte más elevada, parecía encontrarse el edificio principal de la ciudad, de mayor tamaño y algo más fortificado que el resto de las construcciones.
Poco a poco, sin prisa, Linaek se dirigió con su montura hacia la puerta principal, custodiada por lo que parecían ser un grupo de guardias armados.
Antes de llegar a la entrada, le hizo un gesto a Arik de que cubriese por completo su rostro.
No era una sugerencia. Dos guardias ya los observaban.
Arik obedeció. Llegando, la montura de Linaek se unió a otros tantos visitantes que buscaban entrar a la ciudad.
Unos tras otros, atravesaron la gran puerta principal bajo la atenta mirada de la guardia.
Arik nunca había visto una puerta de tal tamaño.
Incluso para un gorl sería una puerta inmensa.
No podía sino pensar en qué tipo de criaturas podían ser quienes atravesasen dicha puerta para entrar en la misteriosa ciudad.
Linaek cabalgó tranquila, como si conociese cada palmo de la ciudad.
Muy pausada se deslizó para bajar de su montura y seguir a pie, tirando de ella, entre tiendas de mercaderes llenas de olores a carne seca, cuero, metal y al sofocante calor de los tres soles.
Arik se deslizó tras ella y caminó junto a Linaek mientras observaba, tranquilo.
Nadie miraba dos veces. Eso, pensó Arik, no era buena señal.
Linaek hizo un gesto a Arik y le habló señalando una puerta.
Se encaramó en su animal y bajó dejando caer suavemente una de las grandes cestas de mimbre, donde transportaba algo que Arik parecía iba a descubrir.
Al caer, las telas que cubrían y sellaban la gran cesta se movieron y dejaron ver lo que contenían en su interior.
Arik reconoció el material al instante, sonrió.
Eran piedras, metales, algo con lo que poder construir cosas, pero qué.
Fue él quien se encaramó al animal y bajó la segunda gran cesta para su anfitriona, quien le miró con cara de aprobación y le hizo un gesto para que entrara tras ella por aquella puerta, no sin antes asegurar las riendas de su gran montura.
Linaek hizo un gesto a Arik para que dejase la cesta junto a otras en el fondo de la primera habitación, donde parecía se hacía el trabajo con ellas.
Tras ello, fue a una segunda estancia donde parecían estar los víveres y trajo agua para ella y su acompañante.
Mientras tanto, Arik paseaba por la habitación revisando las herramientas de trabajo, viendo las similitudes y diferencias que había entre las que allí había y las que él utilizaba.
Linaek ofreció agua a Arik, quien agradecido por ella, hizo un gesto de aprobación a su anfitriona.
Tras beber, Arik se acercó a las herramientas y sacó la única arma que llevaba encima, su cuchillo.
Hizo gestos a Linaek para intentar explicarle como él, con esas herramientas construía sus armas.
Ella le observaba, atenta, y tras ver a qué se refería, se levantó negando lo que Arik intentaba explicarle y se acercó al otro extremo de la habitación para recoger, de entre varias cestas y cajas un objeto, envuelto entre sucias telas. Al abrirlo, Arik quedó sorprendido.
Habían superado lo peor de la montaña. Algo que inquietaba a Ocap.
-Reagrupa a los guerreros y llama a los lobos-, ordenó a uno de los gorls.
-No atienden a mi llamada, es como si no estuviesen-, respondió tenso, mientras silbaba para llamarlos.
Tras la noche y la ventisca, muy difícilmente podían ver alguna de sus huellas.
Eran exploradores, no dependían de los lobos, tan sólo eran una manera de hacer el camino más fácil.
Les retrasaría algo más, pero no mucho. Ocap ordenó a dos de sus exploradores que buscasen el rastro dejado por los lobos.
Sabía que esas bestias no habían huido, algo había detrás de su desaparición, y la mejor manera de averiguarlo era encontrándolos.
Quizá, eso les llevase también hasta el oculto monasterio.
Para Ocap, la desaparición de los lobos no era casual, sino una advertencia.