La búsqueda #2
Arik, sabía que, si no conocía el idioma, cualquier acción podía ser considerada como una intención hostil, por lo que, dentro de su asombro, se arrodilló frente a ella con las manos abiertas a modo de cruz, mostrando su predisposición a no combatir.
Dejó su cuchillo en el suelo y mostró su respeto agachando su cabeza.
No sabía con quien se enfrentaba, no sabía si estaba sola, ni si ganaría, ni siquiera si su victoria sería buena, pues se quedaría de nuevo solo en un lugar que desconocía.
No podía dejar de mirarla. De una altura parecida a la suya, palmo más, palmo menos, iba cubierta casi al completo con ropajes hechos de pieles de animales.
Atlética y femenina a la vez, de brazos y piernas fuertes, sus ojos eran de un intenso color miel.
Sin un atisbo de pelo en su cabeza, poseía una melodiosa piel de color azulado claro, de la intensidad del color del océano en el amanecer, con un extraño tatuaje de una pluma en su brazo.
Ahí, delante de él, sujetando una lanza que era una vez y media su envergadura.
Arik permanecía en el suelo mientras ella le hablaba, como si le preguntase de dónde venía, quién era y qué hacía allí.
Arik se tocaba el pecho y decía su nombre, y que no entendía nada de lo que ella decía, mientras mantenía su postura de cabeza agachada a modo de sumisión.
Tocó su pecho y escribió su nombre en la arena con un pequeño palo que encontró.
Lo repitió una segunda vez, en esta ocasión dejando el palo del lado de ella, quien pareció entender lo que Arik quería decir y escribió el suyo, a la vez que lo decía.
Suerte para Arik, porque aquellos símbolos escritos en la arena eran lo más alejado a un idioma conocido de lo que él podía esperar.
-Arik, mi nombre es Arik-, decía, mientras lo escribía en la arena.
-Linaek-, dijo ella, mientras en su idioma lo escribía frente a él.
Linaek se incorporó y se dirigió hacia la parte alta de una gran roca, haciendo un gesto a Arik para que le siguiese.
-Gokè, gokè-, decía.
Arik solo dudó un segundo, qué había de perder, estaba solo en una tierra que no conocía y ella era la única oportunidad que tenía de salir de allí e intentar encontrar el camino de vuelta a casa.
Cuando Arik llegó arriba, Linaek había desaparecido, pero cómo. Arik se agachó para poder buscar huellas a las que seguir. En ese instante, escuchó la voz de Linaek que le llamaba hacia ella a través de un pequeño tobogán entre las piedras.
-Gokè, gokè-, volvía a decir.
Arik se deslizó por él. Al caer, se encontró de bruces con una gran bestia, del tamaño de un elefante pero con formas parecidas a las de una gran búfalo peludo de las nieves.
Linaek ya estaba sobre ella, esperándolo.
Con un gesto amigable, le invitó a subirse.
Con algo de trabajo, consiguió encaramarse a tan extraño animal, quien en primera instancia parecía dócil.
Linaek cubrió su cabeza, acto que imitó Arik, y ambos salieron de las rocas de camino a un destino solo conocido por ella y que Arik todavía no sabía si quería conocer.
Tres días. Ese era el tiempo que el viejo general y Moel llevaban persiguiendo un monasterio que quizá no existía.
A los pies de la cordillera de Soenirip, con la compañía de varios capitanes del difunto rey Uxté, su camino no había sido fácil.
No había información precisa que les ayudase en su búsqueda.
Cada historia contradecía la anterior. Algunos, hablaban de un lugar lleno de grandes vergeles, con lagos de aguas cristalinas y frondosas zonas de vegetación.
Otros, hablaban de un lugar en medio de las cimas de las montañas, rodeado por grandes glaciares y cúmulos de nieve que prácticamente bloqueaban su acceso.
Nadie sabía exactamente qué buscar. Y, si se equivocaban, los gorls llegarían primero.
-Mi general...,- el capitán bajó la voz-, han pasado por aquí-, dijo dirigiéndose a Ledif.
-¿Quiénes?-, preguntaba Moel.
-Los gorls-, repondía Ledif.
-¿Se sabe de su número, capitán?-, preguntaba.
-Estimamos medio centenar. Demasiados para un enfrentamiento directo-, respondía el capitán.
-Bufff… Si nos ven, estamos muertos-, murmuraba Ledif.
Ledif sabía que cincuenta de sus soldados no eran un oponente equilibrado para ese número de gorls y que estaban en gran desventaja si llegaban a un enfrentamiento abierto. Eran grandes soldados, pero no lo suficientemente fuertes como para un cuerpo a cuerpo con los gorls.
-Hemos de buscar la manera de adelantarnos y meternos antes que ellos en la zona alta de las montañas.
Los gorls no están acostumbrados al frío, ni a moverse por la nieve, ahí tendremos alguna oportunidad-, comentaba el gran general a sus soldados.
-Capitán, quiero saber en todo momento dónde se encuentran. No quiero sorpresas.
-Sí, mi general-, contestaba el capitán, que se apresuraba a indicar a varios de sus soldados que buscasen al grupo de guerreros gorl y les siguiesen para mantener un contacto continuo yendo y viniendo y adentrándose en sus líneas sin despertar sospechas.
Para la montaña usaban un código de señales con flechas y espejos que les permitían comunicarse en la distancia.
-Querida muchacha, perdóname, no debí traerte, es demasiado peligroso-, decía el general a Moel.
-¿Qué?, ¡nooo!, ya sabes que hubiese venido aunque hubieses querido impedírmelo, así que…-, respondía Moel al comentario del general.
-Lo que tenemos que hacer es llegar antes que ellos, ver con qué nos pueden ayudar y conseguir evitar que vuelvan a abrir el portal con esas bestias-, replicaba Moel.
-Mi general-, dijo uno de los soldados, -nosotros nacimos aquí y conocemos estas montañas.
Se dice que los monjes están en la zona de aquel pico, junto al lago glacial de Seni.
Si los gorls tienen esa información, intentarán llegar en línea recta, pero ello supondrá que tendrán que hacer frente a la fría nieve, la ventisca y a una pared de duro hielo.
El camino más rápido, casualmente, es el más largo, rodeando la falda de la montaña y subiendo desde atrás.
Sin embargo, más largo implica más frío y no sé si todos podrán soportarlo.
-¿Y si los gorls saben esa información? -, preguntaba Moel,-¿cómo sabemos que los que han pasado antes que nosotros no están ahí para tendernos una trampa?
-Esperemos que no sea así, querida muchacha, esperemos que no sea así-, respondía Ledif.
-Soldado, nuestro destino queda en sus manos-, le dijo Ledif a quien iba a llevarlos a la zona alta de la montaña.
- ¡Adelante!-, ordenaba el general.
Eran rápidos y no dejaban rastro alguno, por eso los había elegido Manshú.
Guiados por las vagas indicaciones de los monjes, Ocap y su pequeño grupo de gorls alcanzaron por fin las faldas de la cordillera.
Los monjes les juraron un camino, pero la montaña no se lo pondría fácil.
De las tierras del sur, de donde no existía el invierno, no estaban acostumbrados al frío y mucho menos a la nieve o al hielo.
El frío les quemaba en la piel y el aire que respiraban rasgaba al entrar.
Fuertes y obstinados, llegarían donde fuese hasta cumplir con su cometido.
-Ocap, a partir de aquí no creo que los camellos puedan continuar. No subirán más-, gruñía uno de los gorls. -Resbalan. La subida es demasiado vertical.
-Si no nos sirven, morirán aquí, ¡dejémoslos!. Seguiremos a pie-, respondía Ocap. -¡Alentad a los lobos!. Si algo nos espera allí arriba, no quiero sorpresas-, ordenaba.
Cansados, avanzaban a ciegas. El grupo de guerreros ascendía la montaña afrontando su dureza.
Cada paso robaba parte de sus fuerzas. Cada ráfaga de gélido aire de la montaña quemaba su piel y congelaba sus músculos.
La nieve, un enemigo desconocido para ellos, no entendía de armas, ni de tamaño.
Ascendían, y la ventisca les envolvía, permitiendo su avance tras las huellas de sus lobos, a quienes, a duras penas, protegía su corto pelaje.
Un avance lento que veía como la noche se apoderaba cada vez más de la montaña.
La noche cayó y la montaña se cerró sobre ellos.
Ocap sabía que debía llegar a la cima lo más pronto posible para poder conseguir su fin, pero también sabía que, si no paraban durante la noche, sus guerreros podían despeñarse en el difícil ascenso ante la oscuridad que ya llegaba. Ocap alzó su puño.
-¡Aquí!, pararemos aquí. No quiero más muertes hoy-, dijo.
El amanecer llegaba a la ladera norte de la montaña como un alivio engañoso. El frío era más cruel y mortal, pero más amable en sus ventiscas, concediendo treguas a sus visitantes. El viejo general alentaba a sus soldados a levantarse para la marcha.
-Muchacha, coge solo lo que puedas llevar. Los caballos no siguen, no subirán-, le decía un soldado a Moel en medio de lo que parecía ser el inicio de una ventisca.
Moel gruñó por tener que dejar allí su montura.
Cogió una pequeña bolsa, su arco, su espada y sus flechas.
Cada flecha era peso, había de dar buen uso a las que podía llevar.
Siguió el camino de los soldados. Protegida de la ventisca bajo las pieles, avanzaba sin levantar la vista.
Durante su avance por ese camino que no aceptaba dudas, se preguntaba si realmente allí, en la cima de la montaña, encontraría sus respuestas.
-Mi general, al atardecer hemos de estar contemplando el glaciar de Seni-, decía uno de los guías.
-Sólo espero que podamos llegar allí antes que los gorls, soldado. O no quedará nada para nosotros- respondía Ledif.