La búsqueda
A lo lejos, mientras se podía empezar a vislumbrar el humo de las hogueras de la noche llegando a su fin, los primeros rayos del amanecer acariciaban las hojas de los árboles que rodeaban la planicie.
Ocap y sus no más de cincuenta guerreros salían del campamento de la horda a galope, sobre sus camellos, y acompañados de algunos de sus gigantescos lobos.
Su destino, el reino del difunto rey Uxté, en búsqueda de respuestas sobre la localización del monasterio.
Sólo dos lunas a galope les separaban de quienes, si alguien podía saber algo, les daría algún tipo de información sobre la localización de los monjes.
Ligeros de equipaje, se encomendaban a una misión relámpago que no les dejaba mucho tiempo para las dudas, ni para el descanso.
Las vidas que fuesen necesarias, ese era el mensaje de Manshú.
-¡Manshú!-, llamaba uno de sus guerreros de confianza. -Tienes que venir a ver esto. Alguien o algo ha entrado esta noche a la jaima de mando. No sabemos cómo, ni cuando, pero...
Manshú, apresurado, se acercó a la jaima donde sus generales descansaban.
Allí, lo que vio, le hizo comprender que las palabras de Angra Mainyu no eran una simple amenaza.
Nueve de sus generales más cercanos yacían frente a él.
No había signos de lucha, ni de violencia alguna.
No había heridas. No había sangre. Sólo cuerpos.
Como si sus almas hubiesen dejado sus cuerpos, dormidos y ahora fríos e inertes.
Eran nueve, faltaba uno, pensaba Manshú, mientras daba vueltas sobre sí mismo, inquieto, buscando el décimo cuerpo.
Fue en esos instantes cuando otro de sus guerreros apareció con un joven gorl a sus brazos, inmóvil, sin aliento.
Manshú reconoció el rostro antes de acercarse.
Lo miró, se acercó a él, temeroso de lo que podía encontrar, y pudo comprobar aquello que su cabeza y su corazón no querían aceptar.
No gritó al principio. Su sobrino, aceptado en la horda en su primera batalla y bajo la protección del mismísimo líder, yacía ahora frente a él, sin alma, robada por el dios del inframundo, que cobraba su deuda.
-¡Aahhhh!-, gritaba con odio y desesperación Manshú.
Volvía a su jaima enfervorizado de ira, gruñendo y maldiciendo a un dios que de por sí ya era maldito y que le había dado una alternativa al pago de su deuda, quizá envenenada.
Una alternativa que, ahora, Manshú veía obligada para salvar a su gente.
No era sólo una vía de conseguir su victoria, era también de venganza.
Nadie sabe lo que la mente de un líder como Manshú puede ocultar en lo más profundo de su ser cuando la oscuridad se apodera de ella.
La experiencia de Ocap le decía que si quería obtener información sobre asuntos de magia había de buscarla en las pequeñas aldeas, donde las historias de supersticiones y hechicería tenían aún más fuerza que en las grandes urbes.
Además, con tan sólo cincuenta guerreros no podía arriesgarse a un enfrentamiento que mermase sus opciones de conseguir su fin.
-¡Allí!, en esa aldea se ve humo salir de su torre. Sus monjes nos darán la información que buscamos.- le decía uno de los gorl a Ocap.
-Hemos de ser cautos,- respondía Ocap - llévate a cuatro contigo y traed a sus monjes aquí. No queremos que la alarma se extienda por el resto de aldeas y perdamos nuestras opciones de conseguir información. Les haremos hablar, sin testigos.
Los cinco gorls dejaron su camellos y se acercaron a la aldea como sólo las avanzadas de exploradores sabían hacer, en silencio, entre las sombras. Dentro de la torre de la aldea, había dos monjes preparando las ceremonias del día.
-Rezaremos hoy a nuestro gran dios para pedir que ésta guerra termine pronto y podamos seguir gozando de nuestra libertad-, le decía uno al otro, mientras el segundo asentía con la cabeza a modo de aprobación.
Se oyó un ruido en la parte de atrás.
-Los asnos están nerviosos, iré a tranquilizarlos antes de salir a recoger el diezmo-, dijo uno de ellos mientras se acercaba a la puerta trasera.
-Date prisa. Se hace tarde.
Un nuevo ruido, aún mayor se escuchó al salir el monje.
-¿Hermano Priomo?, ¿qué ha sido ese ruido?,- preguntaba el segundo monje mientras se acercaba curioso a socorrer al anterior. Al entrar, su ojos se abrieron con asombro al descubrir que un gran gorl sujetaba y amordazaba a su hermano. Después, todo se volvió oscuro.
-¡Despertad!,- gritaba uno de los gorls a los monjes, mientras un cubo de fría agua caía sobre sus cabezas.
Los monjes titubean al recobrar el sentido e intentar saber dónde se encuentran. Al alzar sus cabezas se encuentran con la aterradora imagen de sus captores, quienes les habían atado a sendos árboles, uno al lado del otro.
-Bien-, empezaba Ocap. -No tengo ganas de perder el tiempo, así que os lo preguntaré y necesito que me respondáis para poder continuar mi camino. Los monjes del destino, ¿dónde están?.- les preguntaba mientras miraba desafiante a uno de ellos a no más de medio metro de su cara con cuchillo en mano.
-Nosotros somos de la orden del amanecer del buen señor, no sabemos nada acerca de la orden del destino y el tiempo.- Dijo el monje que se encontraba más alejado de Ocap.
Ocap le miró y, mientras se acercaba hacia él, replicaba:
-Yo no he dicho nada del tiempo-.
Una vez a su altura, y sin decir ni una sola palabra más, cortó el cuello del monje con su cuchillo y un ligero movimiento de su muñeca. El monje intentaba gritar para conservar su vida, mientras la perdía, desangrándose y cayendo al suelo, colgado de las cuerdas que lo sujetaban.
-Empecemos de nuevo,- dijo Ocap volviendo su mirada hacia el otro monje, quien, orinándose encima por el terror que le esperaba, empezó a contar todo lo que sabía sobre los monjes de la orden del destino y el tiempo.
-Mucho mejor-, entredecía Ocap a su ahora informante.
-Ellos no quieren ser encontrados-, balbuceaba el monje entre el temblequeo de sus palabras.
-De eso me preocuparé yo-, le decía Ocap.
Cuando su prisionero ya no podía darles más información, Ocap ordenó a los suyos montar para continuar viaje hacia su nuevo destino en la cordillera de Soenirip, junto al gran lago glacial de Seni.
-¿Qué hacemos con el monje?-, preguntó uno de los gorl.
-Tus lobos no han comido, tendrán hambre-, respondió Ocap mientras azuzaba a su camello para entrar al trote y se alejaba.
Los gritos de terror del monje duraron poco. Los lobos no dejaron nada que enterrar.
Tras varias horas caminando bajo la fuerza de tres soles, Arik, por fin, llegó a una zona rocosa donde poder refugiarse del asfixiante calor.
Descansó un instante, poco, pues pronto se dio cuenta del rápido descenso de la temperatura con la bajada de los soles.
Experto explorador, sabía que un descenso tan rápido sólo podía significar una cosa, que la noche iba a ser heladora.
Se apresuró a buscar un sitio en el que resguardarse del frío, entre las rocas, y recoger arbustos secos, con los que hacer una hoguera para poder mantenerse caliente durante la noche y mantener alejados de él a posibles depredadores.
Sabía que un fuego podría atraer visitas indeseadas, pero mayor era el temor de no superar las temperaturas de esa primera noche heladora.
El tiempo apremiaba y la noche y lo desconocido estaba cerca.
La oscuridad mostraba a Arik los sonidos de un mundo que durante el día parecía dormido.
Sonidos que no conocía, y que le hacían sabedor de que algo había ahí fuera, vigilándole tras la cortina negra de la noche.
Sólo las llamas de la ahora fuerte hoguera parecían proteger a Arik de aquello que le observaba.
Fue una noche larga, sin apenas agua, sin comida.
Con los primeros rayos del amanecer, cansado, Arik entornaba sus ojos adormecidos un segundo para recobrar un pequeño atisbo de energía que le permitiese continuar.
En ese segundo, en ese parpadeo que dejó a Arik sin contacto con el mundo que le rodeaba, sucedió.
Aquello que durante toda la noche estuvo acechándole, saltaba ahora en busca de su presa.
Arik abrió sus ojos ante el sentir de su atacante, del que escucho un gran rugido y cayó sobre él.
Sacó su cuchillo, pero era incapaz de moverse con el peso del animal, extrañamente inmóvil.
Desconcertado, Arik no sabía lo que estaba pasando hasta que, en uno de sus muchos intentos por escabullirse de su atacante, pudo ver la causa del porqué se veía en tan extraña situación.
Una gran lanza había atravesado el cuello del animal.
La sangre manchaba sus manos. Arik miró a su alrededor y encontró unos pies descalzos frente a él.
Acto seguido, vio como se acercaban rápidamente hacia él, y, en un extraño idioma, le hablaban con la intención de quitarle la bestia sobre su cuerpo.
Con ayuda, tras varios intentos, Arik pudo quitársela de encima.
-¡Gracias!-, decía Arik a quien le había ayudado, mientras se levantaba y alzaba su cabeza para ver a quién debía agradecer tal acción.
Con su mano frente a sus ojos para evitar que los soles deslumbrasen su mirada, su sorpresa fue enorme al descubrir que a quien debía la vida era a una figura femenina.
Ésta sacó su lanza del animal y se acercó poco a poco hacia Arik, haciendo que ambos girasen en un círculo, frente a frente, quizá a partes iguales en actitud defensiva y de interés, mientras comenzaba a hablarle como si este conociese su idioma.