Nueve lunas de Antares Esperanza
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Esperanza

C alor, viento. La sensación de su rostro ardiendo bajo el sofocante calor despertó a Arik, que entreabre sus ojos de lo que parecía un mal sueño.

Dolorido, como si le hubiese pasado un carro de mulas por encima, trata de ponerse en pie.

Sus ojos, parpadeantes frente al fuerte calor le devuelven una imagen sorprendente.

-¿Dónde estoy?-, se pregunta, mientras mira más allá del horizonte para contemplar no uno, sino tres soles brillando sobre su cabeza.

Desconcertado, gira sobre sí mismo para contemplar a su alrededor. Nada le era conocido. Ya no estaba en la planicie del Orbe. Pero, entonces, ¿dónde estaba?, y, lo más extraño, ¿cómo había llegado hasta allí?

La altura de los soles le informaba de que el calor iba a ir en aumento en las próximas horas, por lo que debía buscar un lugar donde resguardarse del fuerte calor.

No sabía dónde se encontraba, había de tener cuidado, pues la muerte podía acechar en cualquier lado.

Bajo el apremiante calor, Arik cubrió su cabeza con su capucha e inicio su camino.

¿Hacia dónde?, no había destino, tan sólo salir de aquél inhóspito y sofocante lugar.

-¿Me has hecho llamar, Manshú?-, le preguntaba Ocap al entrar a la jaima.

Ocap era el mejor de los rastreadores de Manshú.

No tan alto, no tan fuerte, pero con el mejor instinto de caza.

Con la cara curtida de mil batallas, sus cuchillos eran no solo temidos por sus enemigos, sino por cualquier demonio de la noche.

Hábil cazador, era capaz de seguir el rastro de toda presa y encontrar lo imposible.

Sin duda, uno de los gorls de confianza de Manshú, quien daba buen uso a sus capacidades.

Cuando quería dar caza a sus enemigos, nadie mejor que Ocap.

-Sí, siéntate conmigo, amigo mío-, dijo Manshú. -Quiero encomendarte una misión, que quizá sea imposible.

-Si puede hacerse, lo haré. No hay pie para el fracaso-, incidía Ocap.

Manshú hizo una mueca que dejaba entrever una leve sonrisa.

-¿Recuerdas el bastón y el cristal que utilizó el humano para traer esas bestias que nos han ayudado en la batalla?-, preguntaba Manshú.

Ocap asentía con la cabeza.

-Creo que tenemos otra oportunidad de volver a abrir la puerta. Podemos librar esta batalla con la ventaja que nos hará vencedores de forma definitiva, sin sufrir tantas bajas.

El gran rastreador prestaba toda su atención. No sólo era un gran reto para él, también podía dar la victoria a su pueblo.

-Mushone, en sus delirios de intentar conservar su vida, habló de que todo lo que había aprendido sobre este bastón lo había hecho juntos a los monjes guardianes del tiempo y el destino.

Quiero que busques a esos monjes y me traigas aquí otro de esos cristales.

Y trae también a quien pueda ayudarnos a abrir nuevamente esa puerta a otros mundos.

No me importa cuantas vidas cueste. Llévate a los guerreros que necesites.

Aquí podemos sustentarnos hasta la batalla durante doce días, te doy diez para que lo consigas.

-No fallaré-, respondió Ocap. -Partiremos al alba. -Si todo va como creo que irá, tendrás noticias nuestras en nueve lunas-.

Manshú le despidió como a un amigo y como a un soldado, merecedor de todos los honores.

Ocap salió de la jaima y Manshú se quedó ahí, sentado, mirando al infinito, pensando de nuevo en cómo afrontar la batalla si Ocap no consigue finalizar con éxito su misión.

Pero, sobre todo, como afrontar enfrentarse a un dios que reclama su deuda.

-Mi reina-, dijo el capitán de la guardia, todavía cubierto de sangre, -ya hemos replegado a todos los soldados tras la línea de defensa.

Naa, quien junto al resto de reyes y generales estaba en el salón del trono evaluando la situación.

-Gracias capitán-, contesto Naa.

-¡Capitán!-, llamó Ledif, -mantenga una línea de defensa fuerte durante la noche. Que nadie baje la guardia-, gruñó. -No sabemos cuáles son las intenciones de nuestro enemigo y hemos de mantenernos atentos por si quisiera volver a atacar.

-Esas bestias…, no son de este mundo-, murmuraba Afar.

Nadie respondió, no hacía falta.

-Mushone siempre hablaba de otros mundos. Ahora sabemos que no mentía-, dijo Naví. -Y quizá eso sea lo peor, que no estaba loco.

-Ahora entiendo por qué dedicó varios años de su vida a la vida monástica, con aquellos monjes guardianas del tiempo y el destino, decía. No era para limpiar su alma de todos sus pecados, sino para adquirir el conocimiento para poder hacer lo que ha hecho.

-Si Mushone aprendió todo eso en algún sitio-, pensaba Moel en voz alta. -Entonces, ese sitio ha de seguir existiendo.

-Baja aquí señorita-, requería Ledif a Moel. -Ya no tiene sentido que te escondas ahí-.

Sí, el pequeño general había sabido en todo momento que Moel estaba en lo alto de la sala todas estas veces. Quizá su tío le había comentado algo, quizá su preparación militar le permitió observarlo. Lo que sí tenía claro Moel es que debía mejorar su forma de ocultarse.

-¿Qué has dicho, muchacha?-, le preguntó la reina.

-Decía, mi reina, que si Mushone aprendió todo lo que sabía en algún sitio, ese sitio ha de existir-, le respondía Moel, con la sinceridad todavía de una muchacha.

-Esos monjes están en la parte más al noreste del reino del difunto Uxté. En la cordillera de Soenirip, junto a un gran lago glacial,- exponía el rey Ogeid, mientras le ayudaban a despojarse de su armadura.-Nadie en su sano juicio iría allí.

Dicen, los que han vuelto de allí, que coexiste el hielo con un gran vergel de primavera eterna. Yo opino que el opio es el causante de tales historias. Allí sólo puede haber nieve y hielo-. Exponía el rey Ogeid, mientras le ayudaban a despojarse de su armadura.

-Pues tal y como yo lo veo-, le replicaba Moel pensando nuevamente en voz alta y encogiéndose de hombros ,- o pensamos que todos ellos están locos o pensamos que es posible que aquél lugar exista.

Toda la sala se volvió para mirar a Moel, quien en ese momento no sabía si su comentario había podido ser oído y desafortunado a partes iguales, pues todas las miradas estaban en ella.

-General-, dijo Naa dirigiéndose a Ledif, -hemos de tener en cuenta lo que dice esta muchacha. Esos monjes pueden ayudarnos o quizá no puedan hacerlo, pero hemos de descartar esa baza habiéndola jugado.

-¡Soldado!-, llamaba Ledif a un guardia que estaba a la puerta del salón.

-Quiero que vaya a hablar con intendencia, necesitamos saber cuántos días podemos resistir con la comida y el agua de que disponemos antes de que sea inevitable entrar en combate o perecer de inanición, si no lo hacemos.

Mi reina, necesito un grupo de cincuenta soldados a los que podamos confiar esta delicada labor.

Contamos con pocos días para llevarla a cabo.

Ha de ser un grupo que se mueva rápido y en silencio-.

-Ledif-, reclamó Naa, -tú serás quien lidere ese grupo. Necesitamos que vaya alguien que conozca la importancia de lo que estamos hablando y que pueda actuar en caso necesario con el aval de un reino, el mío.

-Pero, mi reina-, replicaba Ledif, -¿quién será quien ayude en la estrategia de batalla si los gorls vuelven al ataque?

-Tranquilo, general. Soy una reina. Además, si fuese necesario, hay tres reyes a mi lado con experiencia en cientos de batallas-, respondía Naa.

-No creo que los gorls hagan nada en al menos cinco o seis días, han de reponerse de la batalla.

Nuestros ejércitos se han visto diezmados, pero la horda se ha reducido a casi la mitad, según se aprecia en la lejanía.

-Voy a prepararlo todo-, dijo el general, mientras agarraba a Moel y ambos abandonaban el salón. -Y tú, señorita, creo que debes de ir a ver cómo está tu tía con los pequeños antes de partir.

-¿Partir?, ¿a dónde?, ¿en serio puedo ir?-, preguntaba Moel entre una sensación de alegría y nerviosismo frente a la aventura que le esperaba.

-Claro, muchacha-, respondía el general, -quien si no va a hacer esos comentarios tan temerarios en una sala del trono.

Además, necesito que alguien me proteja las espaldas y, sé de buena tinta que tú eres mi mejor opción-.

Le decía mientras guiñaba su ojo y la apretaba en un semi abrazo hacia su costado.

-¿Qué es eso?-, preguntaba Moel, interesada por el colgante que Mushone había perdido en su huída y que Ledif llevaba colgando de uno de sus bolsillos.

-¿Te gusta?-, respondía preguntando Ledif.

-Quédatelo-, le ofreció,- no creo que ese traidor vaya a necesitarlo nunca más.

-Gracias-, decía Moel mientras recogía el colgante y lo miraba sonriente.

Moel salió corriendo hacia el refugio donde su tía, sus primos y su hermano permanecían desde que empezó la contienda.