La puerta #3
-¡Es él!-, dijo Manshú, mientras seguía con su mirada el caballo de Arik, que no estaría ya a más de veinte pies de Mushone.
El gran líder, en una mezcla de alarde de fuerza y desesperación, lanzó su hacha hacia Arik impactando contra su caballo, consiguiendo hacerle caer, mientras los otros jinetes caían por el impacto de grandes flechas salientes de la línea de horda gorl.
A poco más de veinte pies, la caía del caballo de Arik hizo que esté rodase por el suelo.
Se detuvo, con sus ropas llenas de muerte, ensangrentado y con la mirada fija en Mushone.
Instante que aprovechó para lanzar sus cuchillos sobre él, quedando apoyado sobre una de sus rodillas, desarmado. Después, silencio...
Justo tras eso, el portal que tenía abierto Mushone avanzó frente a él una decena de pies y, después, se cerró.
Mushone cayó al suelo arrodillado, con la incredulidad de alguien que se sentía un dios.
Miró sus manos, ensangrentadas. No brillaban.
No ardían. No eran las manos de un dios, tan solo las de un traidor muriendo solo.
Después, un último aliento y su cuerpo acabó impactando de frente con su cara en la arena de la planicie, sin vida, sin poder. Junto a él, su bastón.
-¿Qué es eso?-, preguntaba Naa con sorpresa.
Mushone había conseguido controlar el portal y lanzarlo hacia el jinete que rodó hacia él y, sin más, a los diez pies se cerró.
Manshú, desconcertado, corrió hacia allí.
-¿Dónde está el fantasma?-, preguntaba entre gritos a sus guerreros,-¿dóndeeeeee?
Había vuelto a desaparecer.
Cuando llegó junto a Mushone, éste yacía en el suelo, muerto.
Con uno de sus pies lo giró y vio el porqué.
Los dos cuchillos de Arik habían penetrado en su pecho y perforado su corazón.
Manshú se giró entonces con mayor sed de venganza hacia la batalla, hacia Azog, entornando sus ojos mientras apretaba los dientes con furia buscando en la lejanía a su enemigo. Pero, dónde...
-El portal, ¡se ha cerrado!, gritó uno de los soldados.
Los gritos de alegría se hicieron notorios.
-Lo han conseguido-, afirmaba Naa, mientras se volvía hacia Ledif con una mueca de complicidad y gesticulando tímidamente de alegría.
Las bestias voladoras parecían ya no estar bajo el control de Mushone y se alejaban de la ciudad, confundidas, al igual que los grandes felinos, que evitaban ahora el enfrentamiento directo que antes buscaban.
Ahora, tan sólo quedaba la horda gorl como enemiga, imposibles de subestimar, por otro lado.
Que las grandes bestias despertasen de su hechizo causó un gran desconcierto en el campo de batalla, dejando de nuevo a los soldados frente a frente a los grandes gorls, no tan temibles ahora después de aquellas bestias.
Diezmados en gran parte, los soldados proseguían la batalla a la espera de la reacción de los gorls.
De detrás de la zona de mando, en la parte alta de la sala, se escuchó:
-¿Y mi padre?-, preguntaba Moel alzando su voz mientras se ponía en pie. -¿Dónde está mi padre?
Ledif se giró hacia ella. Sabía que siempre andaba por ahí, escondida, pero ese día no se había percatado de su presencia en medio de la vorágine de la lucha.
La miró un instante y volvió sobre la muralla para intentar localizar a Arik, pero no había nada.
Parecía que el portal se había cerrado justo en el instante en que Arik rodaba para llegar hasta Mushone.
-Lo siento, Moel-, le dijo el general con cara apenada.
-¡Mi general!-, reclamaba la atención un soldado para continuar con el mando en la batalla frente a los gorls.
-Angular a los arqueros hacía el flanco derecho-, gritaba Ledif. -Las bestias se habían ido, pero la batalla sigue aquí-.
-¡Rotciv!, la horda a retaguardia-, ordena Manshú a uno de sus jefes, mientras entra en su jaima y se sienta en su trono de mando.
Está pensativo, rabioso, quiere conquistar Azog y poner un punto y final a su conquista, pero ha de saber con qué ejército puede contar.
Ahora que ya no tiene la ventaja de la magia y sus bestias, ¿podrá la gran horda derrotar a las fuerzas de Azog?
. Los cuernos resuenan por toda la planicie y los gorls se repliegan. No huyen, se refuerzan.
Un gorl entra en la jaima, le muestra algo.
Manshú lo coge, lo mira y lo lanza contra uno de los laterales de la jaima.
Es el bastón que por un instante le había permitido pensar en una conquista rápida de su nuevo mundo, sin tantas bajas.
Ahora, inservible, tan solo era un viejo trozo de madera que, sin su cristal, perdido en el campo de batalla, y sin nadie que pueda usar su poder, solo podía alimentar el fuego de una hoguera.
La noche llega acompañada del silencio a la planicie del Orbe.
Tan sólo se escuchan los gemidos de los heridos y moribundos, mientras grupos de soldados tratan de rescatar a los supervivientes y recuperar los cuerpos de sus caídos.
Cientos de muertos se amontonan en zonas donde serán pasto del fuego para evitar la propagación de enfermedades.
Desde uno y otro lado de la planicie se observan las grandes hogueras que purifican los cuerpos, decenas de ellas.
Es este fuego el que ahora ilumina la planicie.
-En dos días podemos estar listos para un nuevo ataque-, comenta Dai. -Disponemos de unos ocho mil guerreros que te seguirán hasta el final. Di cuándo y cómo y lo tendremos todo listo-.
-Está noche descansaremos, mañana decidiremos el futuro del mundo-, respondía Manshú, quien hizo un gesto a sus jefes de querer estar sólo.
-Veo que el humano no ha sido lo suficientemente fuerte para darte lo que buscas-, dijo una voz oscura.
Poco después a quedarse sólo en su jaima y con su mente inmersa en sus pensamientos, de la zona más lúgubre y sombría una voz surgía tras él.
El ambiente se volvía frío, inerte, con el único sonido de la respiración profunda del poderoso líder, que veía como su respiración se convertiría en hielo ante aquella presencia.
La voz hablaba a Manshú, mientras desde la oscuridad una sombra difusa emergía hasta colocarse a su diestra.
Majestuosa y temible a partes iguales, era la imagen etérea del mismo dios del inframundo, Angra Mainyu.
-¡Abrió el portal y desató a tus bestias!, ¿dónde estabas tú?-, gritaba Manshú.
-Dijiste que el abriría el portal y tú estarías a mi lado para conquistar este mundo y todos aquellos que pudiesen existir-, le recriminaba con cierta carga de ira en sus palabras.
-Te fiaste de un traidor y te traicionó.
Mushone abrió un portal, pero no el del inframundo.
No mi portal. Trajo aquí seres de otro espacio tiempo que sabía podía controlar.
Quería ganar la batalla, pero no quería pagar el precio de usar mi poder.
Sin embargo, el destino es sabio, y pagó con su propia vida el uso de mí bastón y de su poder-, respondía Angra Mainyu.
-Tarde o temprano todos llegan a mi, y mi deuda aún sigue pendiente-.
-¿Tú deuda?, cientos, miles de los míos han muerto en batalla-, reclamaba Manshú.
-Y agradezco tan generosa ofrenda de vidas-, sonreía con ironía,- pero el bastón es caprichoso y sólo salda su deuda con aquellos más afines a quienes beneficia su poder-, incidía el sombrío dios, en un tono que parecía abrir una negociación, quizá envenenada de otra nueva traición.
-¡No te daré ninguna otra vida, ya me has quitado demasiadas!-, respondía Manshú a las insinuaciones del dios.
Ante tal postura, Angra Mainyu, retrocedía etéreo hacia las sombras con tono profético:
-Al alba, diez de tus almas más apegadas abandonarán este mundo, para venir al mío. Sólo podrás evitar que el resto les acompañen si consigues abrir el portal y liberarme. Conquistaremos este mundo juntos, como siervo y señor, si así lo deseas. Tienes doce lunas para abrir el portal.
Manshú, mezcla de ira y desesperación, se levantó y fue hacia donde había lanzado el bastón, lo cogió y su cabeza empezó a recordar las palabras de Mushone:
-Sólo yo tengo el conocimiento y la fuerza para controlar su poder, aprendido durante años de los monjes del tiempo y el destino-.
Faltaba el cristal, perdido o quizá robado en el campo de batalla, pero eso no era lo que más quitaba el sueño a Manshú, sino el hecho de poder controlar su poder. Quién y cómo podía hacerlo.
Quiénes eran esos monjes, y dónde estaban, se preguntaba Manshú.
Seguirán vivos o el viejo general se habría encargado de silenciarlos para siempre y ser el único con dicho conocimiento.
Manshú salió de su jaima y dijo a uno de sus guardias que buscase al jefe de sus rastreadores. Quizá se abría otra puerta frente a él…