La puerta #2
Manshú miraba asombrado lo que tan pequeño ser había conseguido hacer. Bestias voladoras a su merced. Recorría su cuerpo la sensación de que su conquista del mundo era posible con tal increíble arma. Caminó hasta colocarse junto a Mushone, quien se percató de su presencia y le dijo:
-Te prometí hacerte conquistar del mundo, ve y toma tu nuevo reino.
Manshú, lleno de sed de conquista, no dudó el ordenar a su horda avanzar de nuevo hacia Azog.
En su avance, veía como se unían a ellos grandes bestias de aspecto felino que triplicaban el tamaño de cualquier león con el que él había luchado nunca.
El avance hacia Azog resultaba ahora para sus guerreros mucho más fácil que antes.
Los soldados de los reinos del Óllalo caían a los pies de su elefante, devastados por las garras de sus felinos.
No había emboscadas, no había fuegos, tan sólo soldados intentando proteger sus propias vidas de los ataques de las bestias.
Las enormes piedras provenientes de las máquinas de guerra gorl caían en el interior de la ciudad, donde accedían también las grandes bestias voladoras, devastando todo a su paso.
Caían impactando sobre las zonas donde Moel y su familia estaban resguardados.
Gritos, lloros, polvo y oscuridad rodeaban a todos allí.
Amira trataba de mantener la calma entre sus hijos y sobrinos con cánticos que otras madres repetían también para los suyos.
-¡No aguanto más, mi padre me necesita!-, gritó Moel mientras cogía su arco y escapaba del regazo de su tía, perdiéndose entre la multitud del refugio.
-¡Moel,no!,- gritó Amira, sin poder ir tras ella y no abandonar a los pequeños, -¡vuelveeee!
Sabía muy bien por dónde escapar del refugio.
Una vez fuera, Moel encontró aquello que jamás hubiese deseado ver.
Quedó hechizada con las grandes bestias voladoras, a las que una y otra vez veía atacar a los soldados.
Su hechizo desapareció cuando un soldado se abalanzó sobre ella justo un instante antes de que parte de una torre cayese sobre ella.
-Muchacha, ¡ponte a salvo en un refugio!-, le dijo.
Moel quedó desorientada unos instantes cuando el soldado la puso en pie de nuevo. La visión de su querida Azog la estremeció por unos segundos. Torres derruidas, casas hundidas, fuego y humo por gran parte de la ciudad y, sobre todo, caos entre los soldados por el ataque incesante de los gorls.
-¡Arqueros, disparad!-, se oyó a lo lejos.
Moel era uno de ellos. Corrió hacia donde había escuchado las voces.
Allí, pudo observar a una decena de soldados disparando al aire, intentando derribar a las grandes bestias voladoras que asediaban la ciudad.
Cogió su arco, apuntó como su tío y Ledif le habían enseñado; ralentizó su respiración, profunda y pausada ahora, calculó la distancia, la velocidad del aire, el tamaño de su arco, de la flecha y solo entonces soltó sus dedos acariciando la salida de la flecha sin rozarla para no desviarla de su objetivo y... una de las bestias cayó.
-¡Muchacha!, ¿cómo has hecho eso?. ¿Dónde apuntaste?-, preguntó ansioso uno de los soldados que estaba a su lado, mientras zarandeaba a la joven.
-A su cuello, apunté ahí-, respondía Moel. -Me llamó la atención que tienen una especie de branquias, que, como en los peces, se abren al respirar, y el diferente color que se vislumbra cuando lo hacen me sirvió de punto de referencia.
-¡Al cuello!, ¡disparad al cuello!, parece ser su punto débil-, avisaba ese soldado al resto de los arqueros.
Moel no se quedó allí, quería luchar, pero quería hacerlo junto a su padre.
Atravesó la ciudad, ayudando con su destreza en armas a todos aquellos que la necesitasen a su paso.
Se encaramó por los tejados y la muralla, raspando sus vestiduras con los escombros de la batalla, llegando hasta la zona alta del castillo, desde donde Ledif y Naa daban sus órdenes en la batalla.
Como una rapaz posada a lo alto de un árbol en busca de su presa, Moel buscaba a su padre en la contienda de la planicie.
Ogeid miraba a Arik. Ambos se habían desplazado hacia la zona de la muralla más próxima a la contienda.
Veía como este observaba todo el campo de batalla sin mediar palabra.
De repente, Arik cogió su escudo a la espalda, su arco y salto deslizándose por la muralla de la ciudad hasta la parte exterior.
Allí en medio del revuelo defensivo, reclamó un caballo e hizo un gesto en la lejanía a las amazonas, expectantes de su turno en la batalla junto a las arboledas.
Arik salió a galope hacia la zona central de la batalla.
Ellas, las hermanas de Vanhira, sabían que habían de luchar hasta el final para que sus familias siguiesen viviendo libres.
Moel había localizado a su padre, ahora le quedaba saber cómo ayudarle.
Ogeid subió a la zona de mando, para poder observar y comprender mejor lo que Arik tenía pensado hacer. Allí lo entendió. Se acercó a Ledif, a quien cogió del hombro y le dijo:
-No dejaremos que sea el sólo quien se divierta, verdad, amigo mío.
El rey de armadura dorada se giraba hacia la puerta que llevaba a las escaleras de bajada a la base de la muralla y salía a galope junto a su caballería para un choche frontal con las grandes bestias. Bestias que estaban mermando con innumerables bajas las líneas de defensa de la ciudad.
Dai, que cabalgaba en su dromedario junto al elefante de Manshú, avisó:
- ¡Manshú!, ¡mira!, ¡de la arboleda!-.
De la parte más boscosa volvían a aparecer jinetes que se adentraban en la batalla en lo que a simple vista parecía un intento de detener el avance de las grandes bestias.
Sin embargo, Manshú veía como no modificaban su formación pese a las bajas y como, en toda la basta planicie, las armas defensivas de gran distancia parecían orientadas a proteger su avance, pero, ¿por qué?
. Siguió con su mirada el avance de aquellos jinetes y, en el centro, estaba él, su fantasma, su venganza, su presa.
Sin pensarlo, Manshú salió a galope con su elefante obviando lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Sólo tenía un objetivo, Arik.
Dai, viendo la reacción de Manshú, mandó a un grupo de sus guerreros tras él para proteger a su líder, mientras él se unía al resto de jefes de los clanes de la horda para derrotar las defensas de Azog.
Para cuando Ogeid llegaba al choque con las bestias, las amazonas ya habían causado la baja de algunas de ellas, tanto aladas como terrestres.
Sin embargo, la mayoría, perecían bajo las garras de tan despiadados enemigos.
La lucha contra la caballería de Ogeid, más armada, igualaba en poco las fuerzas, pues las grandes bestias golpeaban con sus cabezas acorazadas las armaduras de las caballerías haciendo caer a los caballos.
En ocasiones, cuando estos se enganchaban, las lanzadas de los jinetes podían lograr acabar con ellas.
Naa miraba con el corazón en un puño desde la torre a Arik. Veía como se abría paso entre tal encarnizada lucha por sobrevivir. Lo veía galopar, más rápido incluso de lo que debería si su intención fuese detenerse en la batalla.
-¡Que el rey Afar posicione sus máquinas a cien pies de la línea de la gran horda!-, ordenaba Ledif a un soldado que hacía los pertinentes movimientos con sus banderas. -Arik ya está cerca.
Ledif, pendiente del envío de ordenes a los distintos generales del campo de batalla, se percató de lo que su reina observaba.
-Le estamos haciendo un pasillo, Naa-, dijo el viejo general.
-Arik quiere atravesar las líneas y llegar lo más ceca posible de Mushone. Si detenemos a Mushone, posiblemente, las bestias cesarán.
-¿Es eso cierto?-, preguntó Naa con gran duda en sus palabras.
-No lo sabemos, mi reina. Pero si es Mushone quien las controla, cuando él caiga no habrá quien lo haga y quizá así podamos tener una oportunidad de ganar esta batalla-, le respondía Ledif.
-Un poco más, un poco más...-, murmuraba Naa, como esperando un milagro, apretando sus puños.
Las amazonas galopaban abriendo paso todo lo rápido que podían con sus espadas, lanzas y escudos.
Cuando una caía en la parte delantera del grupo, otra tomaba su lugar.
Las que galopaban en la parte de atrás usaban sus arcos para ayudar a avanzar a las de cabeza, y todas, absolutamente todas, tenían como principal misión hacer que Arik llegase hasta Mushone.
En su avance hacia su presa, Manshú se dio cuenta del destino final de esos jinetes. Su objetivo era Mushone. Aceleró su galope hacia su objetivo, ordenando a su ejército que bloqueasen el paso de los jinetes. Poco a poco, las amazonas caían mientras intentaban llegar a su destino.
Ayudadas desde la línea del Orbe por las máquinas de guerra de Afar, las amazonas tenían un pasillo por el que cabalgar con menor presencia de bestias y gorls. Estaban a unos cien pies de su destino. Todo parecía prever que podían conseguirlo.
-¡Izquierda!, ¡por la izquierda!-, gritó una amazona justo antes de que el grupo de jinetes sintiese el brutal impacto de grandes elefantes que cortaban su camino, seguidos de decenas de gorls que con sus dromedarios intentaban frenar el avance de las amazonas.
Manshú era quien chocaba con sus elefantes contra el grupo de jinetes y conseguía frenar el avance de gran parte de las amazonas.
Necesitaba de más gorls, que acudían a la ayuda de su líder, para sofocar esa batida.
No esperaban, sin embargo, la lluvia de flechas que cayó sobre ellos proveniente del Orbe y las máquinas de Afar.
Lo que dio un pequeño respiro a las amazonas para centrarse en la lucha con los que ya habían detenido el grupo y retrasar lo suficiente la llegada de más gorls.
Lo suficiente como para que varios jinetes pudiesen continuar a galope hacia la línea de la horda.
Arik galopaba rápido, sin mirar atrás, ensangrentado por las heridas de la batalla, con sólo un objetivo en su cabeza, Mushone.