Nueve lunas de Antares La puerta
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La puerta

M ushone observaba la batalla como quien mira su propia sentencia.

Tenía el cristal, pero necesitaba el bastón para poder encauzar su poder y llevar a cabo su plan.

Solo había una opción que le deparaba el futuro con el que su vida no corría peligro, y era que consiguiese llegar la otra parte a tiempo.

Si Manshú conquistaba Azog sin su ayuda, no duraría mucho más tiempo vivo.

Había movimiento, la horda volvía a agitarse con la llegada de un gran grupo de guerreros que se incorporaba como sangre fresca a una herida abierta.

Al frente, Dai uno de los jefes de confianza de Manshú.

Ensangrentado, con una bolsa en una mano y algo envuelto en tela en la otra, bajó de su montura.

Lanzó ambas cosas al suelo frente a la jaima de Manshú, al mismo tiempo que, mirando a su alrededor, preguntaba:

-¿Hemos entrado en batalla?, ¿dónde está Manshú?-, preguntó.

-Tú-, le dijo a uno de los guardias de la jaima,- ve y dile a Manshú que lo tenemos.

El gorl se subió a su camello y salió a toda prisa en busca de Manshú.

Mushone, que estaba por allí cerca buscando noticias para salvar su vida, se lanzó al suelo en busca de la bolsa para conocer lo que contenía su interior. Lo que encontró dentro no le gustó.

-¡Ahhgg!-, gritó al ver lo que esa bolsa contenía en su interior, mientras la soltaba como si quemase sus manos.

-¿Te gusta lo que ves?-, le dijo Dai, mientras recuperaba lo que había envuelto en la tela, sin que Mushone pudiese optar a cogerlo.

Al dejar Mushone caer la bolsa, de ella había salido rodando la cabeza del rey Uxté. Sus manos se habían llenado de sangre, de la sangre de un rey que un día fue su amigo y al que ahora había traicionado.

Mushone se quedó ahí, en el suelo.

-¿Dónde está?, ¿lo has conseguido o no?-, preguntó nervioso.

Dai lo miraba, viéndolo arrodillado, con las manos y ropa ensangrentada, y con la mirada de haber perdido toda esperanza, y le dijo:

-¿Y tú eres quien nos va a hacer conquistar el mundo?

Mushone miró más atrás de Dai y vió que Manshú llegaba.

-Aquí tienes lo que me pediste-, le dijo Dai. -Y ahí le he traído un regalo a tu amigo, para que no extrañe a los suyos-, rió.

Manshú cogió la tela, la abrió, y ahí estaba, el viejo bastón de madera. Miró a Mushone, en el suelo, arrodillado, y le dijo:

-Levanta y haz que esto funcione o seré yo quien me encargue de que vuelvas al suelo, pero será sin cabeza, para hacer compañía a tu amigo.

-¡Trae el cristal!-, dijo a uno de sus guardias.

Desde dentro de la zona amurallada de Azog se empezaba a festejar la victoria, algo que Ledif y Naa no veían tan posible. Se retiraban, sí, pero por qué.

Poco a poco los soldados heridos, generales y reyes entraban en Azog para resguardarse de un posible segundo ataque.

Mientras, se mantenían las líneas defensivas en base a proteger la ciudad en caso de una avanzada rápida de la horda.

La noche se preveía larga, no sólo por la incertidumbre de un nuevo ataque, sino también por el saber del por qué, en plena batalla y próximos a conseguir una línea de ataque más estable, Manshú había decidido retirarse.

Arik subía apresurado las escaleras que le llevaban hacía la sala del trono.

-¿Qué ha pasado allí?-, le preguntaba Ledif desde la parte alta.

-No tengo ni idea. Cuando se les veía más fuertes, Manshú ha decidido retirarse-, respondía Arik mientras llegaba a unirse a la reunión.

-Creo que ya tienen el bastón. ¿Por qué, si no, perderían la oportunidad de llegar hasta Azog si no fuese porque tienen un modo mejor de conseguirlo?, premonizaba Naví.

Manshú había cogido las dos partes y se las había entregado a Mushone. Éste, sin demora, las unió poniendo el cristal sobre el bastón mientras recitaba un conjuro y se acercaba a la parte delantera de la horda, frente al campo de batalla.

-¿A dónde crees que vas?-, dijo Manshú.

-A hacerte conquistar el mundo-, le respondió Mushone, con actitud soberbia y continuando hacia su destino.

Fue entonces cuando Mushone empezó a recitar los conjuros que llevaba años memorizando, mostrando el bastón completo a sus dioses, hasta que empezó.

De la zona del cristal del bastón parecía salir como un pequeño remolino de aire, un remolino que era cada vez más y más grande, más y más grande, hasta crear un gran portal, capaz de comunicar este mundo con un espacio tiempo paralelo.

Ledif, confundido con un movimiento a lo lejos, salió al balcón de la sala del trono, desde dónde se podía ver todo el campo de batalla.

-¿Qué demonios es eso?-, exclamaba mientras señalaba al fondo de la planicie, al centro de la horda.

Todos miraban con sorpresa y atención lo que ocurría al otro lado del campo de batalla.

Justo en el centro, se podía diferenciar una figura que levantaba los brazos agarrando con ambas manos el bastón, mientras parecía estar vocalizando alguna clase de conjuro.

Delante de esa figura, se apreciaba el inicio confundido de algo.

Parecía surgir un vértice de aire a partir del bastón.

Un vértice que poco a poco iba creando lo que parecía un gran remolino horizontal.

-Mushone, viejo traidor, ¡no!-, decía entre sorpresa y decepción Naví, mientras apretaba fuertemente los dientes a modo de odio.

No tardaron en averiguar el propósito de tales movimientos.

Lo que Mushone estaba creando a partir de ese remolino era una puerta, un portal.

Una puerta a otro mundo u otra dimensión, desde la que atraer fuerzas que inclinasen la balanza a su favor en la batalla.

¿Quizá era esa la puerta al mundo de los muertos a la que tanto temía Uxté?

. Lo que sí parecía era que había conseguido una invitación al mismísimo infierno.

De delante del viejo general, la gran puerta dejaba emerger de su interior enormes criaturas voladoras mezcla de reptil y ave.

De envergadura tan grande que eclipsaban a los propios gorls, su vuelo con cada aleteo olía a muerte.

Grandes bocas de fuertes picos y llenas de enormes dientes, su sola mirada hacía que los soldados temblaran con sólo verles aparecer.

Bestias que volaban rápido y se acercaban hacia las líneas defensivas frente al asombro de Naa y sus generales.

Bestias que, sin saber cómo, estaban bajo una especie de hechizo a merced de las órdenes de Mushone.

-¡Arqueros!-, gritó Afar, -¡Disparad!-, ordenaba, mientras apuntaba con su mano hacia las bestias voladoras.

Empezaron a llover cientos de flechas sobre el cielo.

Algunas de las bestias eran alcanzadas por decenas de flechas hasta que lograban ser abatidas.

Otras, su mayoría, bajo la lluvia de flechas, llegaban hasta las líneas de defensa y alcanzaban a los soldados, desgarrando sus cuerpos con sus garras, atrapándolos y elevándolos hasta una altura tal que al dejarlos tan sólo caer morían del impacto.

Eran decenas y parecían seguir en trance las órdenes de quien tenía el bastón en su poder.

Como si todas se uniesen para un único fin, en una única mente.

Las grandes ballestas llenaban el cielo de grandes flechas cruzadas que, raramente, conseguían impactar y abatir a algunas de ellas.

-¡Las redes!, volvió a ordenar Afar. Uno de los soldados comunicó la orden con el lenguaje de banderas y grandes redes se levantaron en el campo de batalla.

Pensadas para lanzarlas contra el enemigo, esta vez se levantaban para protegerse de lo que venía de arriba.

A no más de tres o cuatro metros de altura, las redes estaban distribuidas por toda la línea de soldados.

Las bestias chocaban contra ellas, quedando enganchadas y siendo presa fácil de las lanzas de los soldados.

Otras se deshacían de ellas desgarrándolas o arrastrándolas hacia el aire, llevándose consigo a los soldados que las sostenían.

-¡Prendedlas!, dijo con voz firme Afar. Dicho y hecho. Arqueros con flechas de fuego prendían todas las redes, y las bestias que se atrapaban en ellas sucumbían a los efectos del fuego, bajo la atenta mirada de los soldados que veían como esas bestias podían morir.

-¡Mirad!, gritaba Ledif, mientras señalaba de nuevo hacia donde Mushone seguía conjurando portales.

Era la hora de las bestias de tierra. De otro mundo, de otra dimensión, llegaban bestias con aspecto de grandes felinos.

Seis patas, seis zarpas y muchas garras afiladas.

Grandes cabezas planas acorazadas, con una fuerte mandíbula y enormes colmillos.

Sus ojos, seis, rasgados y de color ámbar, les permitía tener una visión casi panorámica de cada instante.

Al igual que las bestias voladoras, aparecían por decenas e iban veloces contra los soldados de la línea defensiva.

Mientras los arqueros disparaban contra las bestias voladoras, los lanceros cerraban filas con los grandes escudos, esperando el impacto de las bestias tras ellos.

La ciudad contenía la respiración frente a tal ataque.

Ahora en una posición más compacta, más retrasados y fuera del alcance de las catapultas y máquinas de flechas de Afar, esperaban la llegada de esas bestias.

Las máquinas de defensa empezaron a hacer su trabajo sin descanso.

Catapultas, tormentarias y ballestas funcionaban sin parar.

Sin embargo, no parecía que la lluvia de flechas hiciese mucho daño a las grandes bestias acorazadas, que llegaban e impactaban contra los escudos, saltando unas sobre otras, dejando atrás a las que caían por las lanzadas de los soldados.

Los mismos soldados que eran desgarrados y devorados por las que conseguían saltar y así debilitar la línea de escudos. Eran demonios hambrientos de sangre.

El campo de batalla se había convertido en una lucha, no por la victoria, sino por sobrevivir.