Nueve lunas de Antares La tormenta #2
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La tormenta #2

Mientras, tras ellos, los escudos de los soldados de infantería se cerraron como fuertes mandíbulas, uniendo escudo con escudo como piezas de un gran entramado, frontal y superior unido a otro frontal y otro superior formando una estructura semicircular elevada.

Grandes lanzas emergían de la fuerte estructura de metal, para contrarrestar la embestida de los grandes animales que traían los gorls.

A ambos lados de la estructura, había soldados que guardaban antorchas.

Cinco filas de soldados salvaguardaban la línea y, detrás, a unos cincuenta pies, cuatro líneas de arqueros, seguidas del resto de la infantería.

La llanura dejó de ser un campo abierto para pasar a ser una trampa.

La horda, sabedora de su superioridad física frente a la caballería de Ogeid, lanzó un ataque frontal para buscar el cuerpo a cuerpo.

Ogeid mantuvo a su caballería el tiempo suficiente para parecer una presa fácil.

Cuando los gorls estuvieron a unos pocos cientos de metros de distancia, y en cuanto empezaron a llover flechas provenientes de los flancos de arqueros de Manshú, Ogeid ordenó retirarse tras la estructura semicircular, entrando a galope por los extremos y por un paso habilitado para ellos en el centro, que se cerró fuertemente con el paso del último jinete, volviéndose de nuevo, a priori, infranqueable.

Cobardes-, pensaba Manshú, mientras en su cabeza venía de nuevo la imagen de un reino gobernado a partes iguales por mujeres.

Los gorls veían retroceder a sus adversarios, y el pensamiento de que les había podido entrar el temor a enfrentarse a los guerreros más temidos del mundo conocido, les hizo avanzar con mayor rapidez y furia.

Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que no huían.

Frente a ellos apareció una estructura de escudos con forma semicircular de gran altura.

No se detuvieron. Las señales de sus jefes era la de chocar y destruir tal estructura para avanzar hacia Azog.

Los gorls no se detuvieron. Quizá el ver huir a sus enemigos les enardeció tanto que no pensaron en lo que se podían encontrar. Escudos, una formación sin más, la potencia de su embestida destrozaría cualquier formación.

Afar recibió entonces su señal. Las máquinas creadas por sus ingenieros eran capaces de lanzar cien flechas juntas cada vez y su recarga era tan fácil como el cambio de una cama de flechas por otras.

Las tormentarias. Más de veinte máquinas empezaron a funcionar y miles de flechas tiñeron el cielo de negro cayendo sobre la horda gorl.

Catapultas de grandes dimensiones lanzaban piedras de enorme tamaño sobre la horda, que a duras penas avanzaba para llegar a la estructura de escudos.

Otras, tan sólo lanzaban vasijas rellenas de brea y aceite.

Naa apretaba sus manos contra el parapeto de la muralla mientras observaba el oscurecer de la planicie.

La horda se abría hacia los extremos para intentar superar la estructura y las flechas, los soldados de los extremos recibieron entonces la orden de usar sus antorchas, prendiendo las guías de brea, aceite y todo aquello que podía provocar un fuego instantáneo.

Las guías recorrían los extremos y se extendían hacia el centro por las manchas dejadas por las vasijas lanzadas desde las catapultas.

Parecía que no había paso posible, si no era a través de la estructura de escudos o una manta de fuego que cubría los extremos de la gran llanura.

Las líneas de soldados se sustituían unos con otros para frenar la avanzada gorl con lanzadas hacia el exterior para evitar el acceso.

De repente, y como venida de la nada, una gran máquina gorl, empujada en su interior por grandes elefantes, y envuelta en llamas, chocó con la estructura de escudos haciendo una brecha y provocando la entrada de decenas de gorls.

Gorls que ahora debían enfrentarse con las líneas de arqueros, quienes cambiaron su objetivo de fuera a dentro de las líneas de la estructura defensiva.

Cientos de arqueros turnaban sus lanzamientos para evitar el avance de esos apenas cincuenta pies que les distanciaban de la estructura abierta por los gorls.

Poco a poco, las máquinas gorl iban haciendo brechas en la estructura y permitiendo el paso hacia su interior, hacia su línea de arqueros.

La inmensa horda penetraba cada vez más en la línea defensiva de la estructura, pese al gran número de bajas provocado por las máquinas de Afar. Parecía que no había fin en el número de guerreros de Manshú.

A menos de veinte pies de la línea de arqueros, estos se retiraban y dejaban paso a la infantería de Navi, que ahora aprovechaba la incertidumbre provocada y su superioridad numérica temporal para luchar cuerpo a cuerpo con los gorls.

Una vez la línea de defensa parecía invalidada, la caballería de Ogeid volvió a entrar en escena, ahora sí, superando en número a los gorls y con la ventaja de su fuerte armamento para el choque frontal con tan grandes oponentes.

-Mi rey, ¡ahí está!, ¡es Manshú!-, gritó un soldado a Ogeid que, sin pensarlo un segundo, llevó a su dorado caballo hacia él.

-¡Tú yo vamos a zanjar esto ahora!-, grito Ogeid a Manshú, quien respondió los ataques del rey, repeliendo sus lanzadas con su escudo.

En un golpe de hacha, Manshú hizo que le caballo del rey cayese al suelo, dejando a Ogeid sin su capacidad de moverse tan ágil.

La armadura le protegía de las espadas, de las lanzas, pero no le dejaba moverse con facilidad.

Manshú golpeaba el escudo de Ogeid con tal fuerza que el rey caía al suelo una y otra vez.

Varios soldados intentaron proteger a su rey, pero todos ellos fueron víctimas del hacha de Manshú.

Ogeid parecía perdido cuando Navi ordenó a los arqueros disparar una lluvia de flechas sobre el rey y su fuerte armadura.

-¡Lanzad!-, gritó Navi.

Una maniobra arriesgada y no esperada por Manshú que se vio envuelto bajo esa lluvia de flechas, pero que si vio uno de sus jefes de clan, quién protegió con su escudo a su líder.

Ogeid pudo usar ese momento para refugiarse tras las líneas de infantería de Navi, mientras veía como Manshú le buscaba entre los soldados.

En ese momento, toda la infantería de Navi y la caballería de Ogeid se replegaron a la línea sur del Orbe, tras una nueva línea de caballería defensiva, a la espera de entrar en batalla.

Afar redirigió sus máquinas de nuevo hacia la horda y volvió a enviar su lluvia de flechas.

De nuevo, las bajas gorl eran innumerables.

No obstante, Manshú estaba decidido a seguir hasta el final, viendo la última línea de defensa de Azog frente a la línea sur del Orbe.

Protegida entre sus máquinas, elefantes y bestias, la horda avanzaba hacia la infantería para quedarse fuera de la zona de tiro de las máquinas. Parecía inminente un segundo choque y, de pronto, Manshú recibió una noticia.

-Ha llegado, lo tenemos-, le dijo uno de sus guerreros.

Manshú valoró entre dos opciones, ganar una batalla hoy o conquistar todo un mundo mañana. Su sangre hervía de ganas de guerra. Sin embargo:

-¡Retirada!-, ordenó, y toda la horda le siguió.

Ledif mandó una nueva orden y cientos de amazonas salieron de las zonas boscosas que rodeaban la planicie hacia los gorls. A su mando, Arik.

Manshú no contaba con ellas. Algo que podía haber supuesto un gran inconveniente de proseguir el ataque. Podía ser que hubiese tomado la decisión correcta.

-Parece que retroceden-, dice Naa.

-Eso espero-, responde Ledif, -son un ejército muy fuerte.

-Retroceden, ¿pero por qué?, todavía pueden avanzar-, pensaba Arik mientras cabalgaba al frente de las amazonas dirigiéndose al centro de la batalla.

Desde el castillo, las señales de Ledif eran que la horda se retiraba. Parecía que habían ganado, por lo menos, la primera batalla. Sin embargo, ni Naa, ni el resto lo celebró. Sabían que aquello no era una victoria. La tormenta no había