Nueve lunas de Antares La tormenta
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La tormenta

L as puertas de Azog se abrieron al caer la noche para dejar salir a un séquito funerario.

Diez amazonas alzaban el cuerpo sin vida de Vanhira sobre sus hombros, avanzando desafiantes a su enemigo hasta la pila funeraria donde se rendiría homenaje a toda su vida al servicio del reino.

Naa, con la garganta cerrada por la rabia, recordó lo que Vanhira representaba para el reino, sin quebrarse, sin pestañear.

Quizá no era la mejor idea hacer el funeral abriendo las puertas frente a su enemigo.

Sin embargo, aquello no era tan solo un funeral, era un mensaje.

Algo que Naa sabía que Manshú interpretaría como una ofensa.

-¿Todavía no hay señales de Erraol?-, preguntaba Ledif a uno de sus soldados.

-No, nada-, respondió este.

-Amigo, creo que tenemos que prepararnos para lo peor-, le dijo Arik.

-Sí, pero parece que no esta noche Arik.

Ambos estaban en la parte alta de la muralla con la vista puesta en la zona de la horda en la que se encontraba la jaima de Manshú.

No había movimiento alguno, como si quisiese ignorar tal acto de ofensa.

Desde ahí, también podían observar todo el proceso funerario y las honras que los reyes hacían a su general, ahora en tránsito a un nuevo mundo.

Un gorl de la guardia entraba en la jaima de Manshú:

-Han encendido un gran fuego frente a las puertas abiertas de Azog.

Manshú miro a su informante, confundido, preguntándose en voz alta:

-¿Abiertas?, ¿nos mandan una invitación?

-Quizá sea un funeral por sus muertos-, dijo uno de sus jefes.

-Acercaos y ved que hacen. Aumentad la vigilancia del asentamiento y que la horda esté preparada por si se les ocurre atacar en plena noche.

-¿Sabemos algo del grupo de guerreros que enviamos a Erraol por el bastón?-, preguntó Manshú a sus jefes.

-Nada, seguimos sin noticias. No tardaremos más de dos lunas en saber si lo han conseguido-, respondió uno de ellos.

-Esperaremos. Si lo que dice Mushone es cierto, la conquista de Azog será rápida-, respondió Manshú.

-¡Traedme a Mushone!-, ordenó.

Dos de sus gorls de guardia asintieron y fueron a buscar al viejo general. Poco tardaron en aparecer con el y ponerlo frente a Manshú.

-¿Ya tienes el bastón?-, preguntaba ansioso Mushone.

-No, todavía no. En dos lunas lo tendremos y podremos avanzar contra Azog. ¿Ya sabes qué has de hacer cuando tengas el bastón completo?, ¿estás listo para ello?-, le respondió Manshú.

-Por supuesto, llevo años preparándome para ello. Tú tráeme las dos partes y yo haré que tu ejército conquiste el mundo conocido-, le reafirmaba Mushone.

-¡Manshú!-, llamo un gorl desde fuera de la jaima. -Ya sabemos el por qué de la gran hoguera-.

-Habla-, dijo Manshú.

-Están haciendo un funeral por la mujer-, dijo el vigía.

-¿Mujer?, ¿qué mujer?-, respondía pensativo Manshú.

-Ahhh, por aquella mujer que no mostró el respeto merecido al hablarle a un líder.

Bueno, he ahí la debilidad de nuestro enemigo, que deja reinar y defender su tierra a mujeres.

Va a ser una conquista fácil-, sonrió. No con burla, sino de manera maliciosa y con la certeza de quien ya conocía el final de este historia, por las débiles actuaciones de la gente de los reinos del Óllalo.

-Vigilad esta noche. Esperaremos el bastón-, finalizó Manshú. Tras eso hizo gestos a los presentes de que quería que le dejasen sólo.

Todavía persistía el humo funerario en el amanecer cuando dos jinetes llegaron a galope del noreste, exhaustos.

-¡Lo tienen!, ¡lo tienen!-, gritaban con voz aterrorizada, antes de desmontar.

Ambos jinetes fueron trasladados por los soldados hasta la sala de reunión del castillo. Al llegar, clavaron una de sus rodillas en el suelo, mostrando su respeto a su reina, y dijeron:

-Mi reina, los gorls se han apoderado del bastón. Han aniquilado a todos los soldados, no han dejado ni un alma con vida. No tardarán en tenerlo allí con ellos.

-¿Nadie?, ¿y el rey Uxté?, ¿le hicieron prisionero?-, preguntó Afar.

-Nadie, -tragó saliva- el rey Uxté, su cabeza, es el trofeo que acompaña el bastón para Manshú.

Se hizo un gran revuelo en el salón.

-Señores, es la hora-, dijo Ogeid. -Con bastón o sin él, hemos de prepararnos para la batalla-, prosiguió.

Navi, pendiente de la situación y siempre muy calculador en cuanto a opciones de batalla comentó:

-Si queremos tener opciones deberíamos de luchar ya. No sabemos a lo que nos enfrentaremos cuando tengan el bastón. Hoy, ahora, son una horda de gorls. Mañana, quién sabe lo que pueden ser.

Naa cerró los os un segundo. Sólo uno. Cuando los abrió, miró a Ledif y Arik, quienes asintieron con la cabeza, y se dirigió a su guardia:

-Preparadlo todo, atacamos.

Sin falta de dar ninguna orden, aquella mañana cada soldado, cada oficial, cada rey sabía exactamente qué hacer, por quien matar y por qué morir..

Las llamadas a batalla resonaron por toda la ciudad y los campos de soldados que esperaban ansiosos el día de la batalla.

Los soldados se apresuraban a formar en sus filas, mientras las mujeres no soldado, niños y defensores interiores se internaban en los refugios para evitar bajas durante la batalla.

El gran y monstruoso mecanismo de la guerra había despertado.

Todo estaba preparado. Desde la zona de mando de la muralla, Naa sentía vértigo.

Más de cien mil soldados ofrecían la vista del mayor ejército jamás dispuesto.

Tantos soldados, tanto acero, tanta muerte...

aguardando una orden suya. Infantería y caballería estaban apostados en la orilla sur del Orbe, las grandes máquinas de guerra en la orilla norte, junto a las murallas, para aguantar más tiempo las posibles embestidas gorl, y evitar el acceso a esta orilla de sus torres de asalto.

Los místicos habían hecho su trabajo preparando armas que causarían desconcierto en su enemigo y a sus bestias, no conocidas por muchos y con grandes opciones de lucha.

No eran capaces de seguir un patrón de lucha, si bien si atendían a sus instructores en cuanto a quién atacar.

Naa salió entonces a la muralla sur, acompañada de Ledif, quien había sido elegido entre todos, junto a la reina, como dirigente de la batalla, por su gran experiencia, y porque ningún rey quería dejar de tomar parte en la misma, pues todos se veían en la obligación de luchar con y para su pueblo.

Además, ellos mismos decían que qué mejor general para guiar a su pueblo que su propio rey.

Ogeid, en su gran caballo de armadura dorada era el centro de atención de toda la línea de caballería. Su porte, su armamento y sus estandartes impresionaban con sólo mirarlo. Él era el punto de referencia para la batalla.

Amanecía, y el humo de la hoguera aún se veía ondear a lo lejos, cuando los gorls de guardia avisaron de que algo ocurría en Azog.

-¡Forman para la batalla!-, gritaban.

-¡Están movilizando sus tropas y sus máquinas! -.

Los cuernos gorl resonaban por el asentamiento de toda la horda alertando de tan importante movimiento desde Azog.

Manshú salió de su jaima y se dirigió hacia la zona delantera de la horda, frente a la gran planicie que separaba a la horda de Azog.

-¿Nos atacan?-, preguntaba sorprendido Manshú a sus jefes de clan.

-Eso parece, Manshú-, respodía uno de ellos.

-¡Preparad la horda para la batalla!-, ordenó Manshú. -Hoy dormiremos en Azog.

No tardó mucho la horda en estar lista para la batalla.

Manshú al frente, con su gran elefante, era un líder militar nato, capaz de alentar a sus guerreros para acompañarle hasta la muerte en busca de la conquista y la gloria de su pueblo.

No sólo era el mejor de los guerreros gorl, sino también un gran estratega militar, lo que le había llevado al lugar que ahora ocupaba.

-¡Avanzan!-, gritó uno del jefes de Manshú.

Manshú se sonrió, sabía que, en un choque frontal, por muy armados que fuesen los caballos, no eran rival para sus grandes elefantes.

Sin embargo, no mandó a los elefantes primero, mandó a su propia caballería ligera.

Una caballería formada por sus camellos y dromedarios que, junto a sus búfalos armados con escudos, eran el combinado perfecto para ese choque inicial.

Sabía que los elefantes no llegarían tan rápido como él quería, ni serían tan ágiles como para poder hacer frente a las lanzas de sus enemigos.

Los elefantes detrás, en segunda línea, para fortalecer el choque.

-Se mueven-, dice Ledif a Naa. -Están formando para la batalla.

-Más les vale que lo hagan, no quiero que digan que vencimos sin honor -, dijo Naa.

-Las banderas, todo está listo, mi reina. Cuando esté preparada empezamos-, dijo Ledif.

Naa, con cara entristecida, asintió. En ese momento, supo que aquella inevitable decisión la perseguiría hasta la tumba.

Desde el castillo empezaron a moverse las banderas.

Los generales de Naa habían ideado un sistema de comunicación entre las partes del ejército basado en banderas y colores que les permitían una comunicación más rápida y eficaz entre ellos para llevar a cabo las acciones, sin necesidad de que los soldados tuviesen que desplazarse por el campo de batalla a trasladar mensajes que, en ocasiones, no llegaban porque acababan perdiendo la vida en su misión.

La caballería de Ogeid empezaba su avance por la llanura hasta la horda. No al galope, a trote. Les seguía la infantería de Navi. Había soldados con grandes lanzas y otros, más de cien, con escudos casi tan altos como estas, a modo de manteletes de metal, llevados entre dos o más soldados.

-Avanzan-, le dijo un soldado a Ogeid, quien, viendo una señal del castillo, ordenó detenerse a la caballería. Ogeid alentó a sus soldados a generar un gran revuelo para llamar la atención de los gorls e incitarles en el ataque, sin dejar ver que ocurría tras ellos.