La tensión de la espera #3
En el refugio no había mucho que hacer. Los soldados dejaban entrar y salir a pequeños grupos al día para poder estar más en contacto con la realidad y con ellos mismos, a quienes sus familias echaban de menos en el encierro.
Moel no era una excepción, de hecho quizá era la mayor excepción.
Siempre que podía se escapaba para poder ver que ocurría tras la muralla.
Ese día, estaba apostada en la muralla y pudo observar, con gran preocupación, como su padre volvía al refugio de las murallas dejando atrás una lluvia de flechas que había acabado con la vida de una de las personas que ella más admiraba.
Corrió por las calles del castillo hasta acabar abrazando a su padre con tanta fuerza que Arik pensaba que le rompería alguna costilla.
-¡Papá!, ¿estás bien?-, pegunto a su padre preocupada.
-Claro Moel, recuerda, siempre llevo la ligera malla que tu tío Ordep me trajo de uno de sus viajes y ningún metal de este mundo puede penetrarla.
De iro, iromadio creo que dijo que era. Yo nunca lo había visto, ni oido, ¡y soy herrero!
, así que imagínate lo especial que ha de ser.
Las flechas gorl tan sólo pueden golpearme pero no atravesarme-, contestó Arik, quien se desprendió de la misma y se la puso a su hija.
- Ahora esta malla será tu protectora cuando yo no esté cerca de ti-, le dijo a su querida Moel.
-¿Y tu hermano Leinad?-, preguntó.
-Con tía Amira y los primos-, respondía Moel, - no me deja respirar papá, está todo el día controlando lo que hago. Tía Amira es muy, muy pesada, buf…
- Moel-, interrumpía Arik, -tu tía tan sólo quiere lo mejor para vosotros, y lo mejor ahora es el refugio y estar vivos. Vamos, te acompaño a buscar a tu hermano.
La ciudad era un ir y venir de soldados, de carreras, de nervios. Había miles de soldados dentro y fuera y la comida empezaba a limitarse. Naa tenía que dar la orden de batalla pronto o no tardarían mucho en quedarse sin suministros.
-¡Arik!-, gritó Amira desde el fondo del refugio.
Allí estaba, entre sus hijos, jugando con ellos y con Leinad para hacerles lo más fácil posible la estancia en ese sitio. Ya habían pasado varios días y los nervios empezaban a dejarse notar entre los integrantes.
-¡Papá!, gritó Leinad mientras corría hacia su padre y lo envolvía en un fortísimo abrazo que casi acaba con ambos en el suelo. -Te he echado mucho de menos, ¿te quedas ya con nosotros?. Estamos jugando a cosas muy divertidas que se inventa tía Amira.
-Hijo mío, ojalá pudiese quedarme con vosotros, pero he de estar defendiendo el castillo para que nadie entre y no puedan haceros daño. Tus primos tienen miedo y estarán mucho más tranquilos si saben que tu padre está defendiendo la ciudad, ¿no crees?-, le decía Arik.
-Vale, pero, hoy sí te quedas a dormir aquí, ¿verdad?. Por favor, por favor, por favor. Entre Moel y yo cabes de sobra-, insistía Leinad.
Arik hizo una mueca de sonrisa.-Vale, me quedo esta noche.
Por la mañana, Arik veía como su hija se marchaba a escondidas, la siguió.
Moel se despertaba temprano para practicar.
Había conseguido un viejo arco y practicaba su puntería.
Recorría la ciudad usando distintos puntos fijos y movibles como diana.
Se movía rápido. Al terminar siempre conseguía algo extra de desayuno para su tía y los pequeños.
De vuelta al refugio, y desde el fondo de un callejón por el que Moel pasaba de camino de vuelta se oyó:
-Así que no has dejado de entrenar, mi pequeña.Te mueves rápido.
Moel se giró hacia la voz, era su padre, que se dejaba ver surgiendo del fondo oscuro del callejón.
La joven hizo una mueca de no poder evitarlo.
De camino hasta el refugio, le contó a su padre como había conseguido las armas y como poco a poco había conseguido un pequeño número de seguidores que aprendían de su destreza en el uso de ellas.
-No te puedes ni imaginar lo bueno que es Leinad con el arco-, le comentaba Moel, - ¡es capaz de acertar a una ciruela a más de veinticinco pies!
Arik dejó hablar a su hija hasta llegar al refugio.
La veía tan ilusionada que por un momento su cabeza se evadía de la batalla y sólo pensaba en lo maravilloso que era verla crecer a ella y a su hermano.
No duró mucho ese mundo paralelo de felicidad pues, al llegar al refugio, dos soldados de la guardia de la reina esperaban su regreso.
-Mi señor, le esperan en la torre sur-, dijo uno de ellos.
Arik, asintió, abrazó a sus hijos y fue con los soldados.
Estaban a tan sólo quinientos metros de las murallas de Erraol, había que intentarlo, por su reino, por todos los reinos del Óllalo.
Uxté decidió ordenar avanzar en embestida de ataque, bajo la lluvia de flechas, para intentar sobrepasar las líneas de las fuerzas gorls.
Toda su caballería salió hacia las murallas para chocar de frente en un solo punto con el grupo de gorls, con la esperanza de poder atravesarla y poner a salvo el bastón, fuese en las manos del rey o de quien pudiese alcanzar la entrada a Erraol.
El grupo de guerreros, compuesto de mil gorls, era un muro demasiado costoso de atravesar para los no más de cuatrocientos hombres de Uxté.
Poco a poco chocaban las caballerías con las defensas gorl, con sus hachas, sus espadas y sus lanzas.
Les superaban en número y en fuerza. Uxté avanzaba mientras veía caer a los suyos, su caballo tropezaba con los cientos de cadáveres a su alrededor y, de pronto, todo se detuvo para él.
Un hacha gorl había separado la cabeza de Uxté de su cuerpo y éste cayó al suelo.
Los gorls cumplieron la orden de Manshú, ni una sóla carga.