La tensión de la espera
E ra el amanecer del séptimo día y todos los ejércitos de los reinos del Óllalo estaban preparados para la batalla, como los anteriores seis amaneceres. Este día parecía ser más propio para la batalla, pues el movimiento visto en las filas de la horda gorl era más nervioso de lo normal.
Mushone acudió a la jaima de Manshú:
-Se lo están llevando-, le dijo.
Manshú le miró con cara de no dejar que eso fuese a suceder.
-Habla-, le replicó a Mushone.
-Las avanzadas hablan de que ha salido un destacamento de unos quinientos soldados dirección noroeste. Hacía allí sólo un lugar puede ofrecerles protección, Erraol. Hemos de mandar soldados allí y recuperar la parte que te robaron-, dijo Mushone.
-¿Hemos?-, le contestó Manshú con mirada desafiante a la vez que de soberbia.
-Cada minuto que pasa me vuelvo a preguntar por qué aún te mantengo vivo-, le dijo a Mushone mientras lo cogía de la zona del pecho de su túnica y lo levantaba dos o tres pies del suelo.
Después lo lanzó contra la pared de la jaima, mientras salía de ella para hablar con sus jefes de clan y enviar a un grupo de guerreros tras aquellos soldados.
-Sólo quiero el trozo de madera, ninguna carga más-, dijo a sus guerreros. Eso sólo significaba una cosa, nada de prisioneros, nada de supervivientes.
Mientras aquél grupo de gorls partía, el resto había formado esperando a su líder para la batalla.
Manshú estaba pensando, porqué atacar ahora Azog si lo que el buscaba estaba camino de otro lugar.
Si lo que Mushone decía era cierto, su horda sería invencible y sus bajas mínimas. Por qué precipitarse entonces.
-¡Ataca!, ¡reduce la ciudad a cenizas!-, le gritó incitante Mushone mientras señalaba la silueta de Azog en la lejanía.
Ese fue el detonante que hizo que Manshú cometiese el que quizá fuese el mayor error de toda su planeada contienda.
Con los ojos llenos de ira y hartazgo, y su liderazgo puesto en duda frente a sus jefes, Manshú cogió a Mushone como si fuese a romperlo en dos mientras lo apretaba fuertemente en un abrazo.
Un abrazo casi tan fuerte como el apretar de sus dientes por contener su ira, cuando sus jefes le sujetaban para no llevar a término su idea de acabar con la vida de Mushone.
-¡Llevároslo de mi vista!-, les dijo, -ponedlo con los perros.
Dos gorls se llevaron al viejo general de la presencia de Manshú, medio asfixiado por la fuerte presión que Manshú había ejercicio sobre su pecho. Lo necesitaban, por eso le había perdonado la vida.
Manshú subió a lomos de su elefante y se dirigió hacia su puesto para guiar a sus tropas. Su cabeza no podía pensar con claridad, su estado alterado pedía guerra, pedía lucha, pedía muerte.
-Naa, parece que un gran número de guerreros gorls ha ido tras Uxté-, informaba el rey Naví.
-¿De cuántos?-, preguntó Ledif.
-Unos mil-, respondió.
-Esperemos que puedan llegar a Erraol y defenderse de su ataque. Si los cogen en campo abierto no tendrán ninguna oportunidad-, sentenciaba Ledif.
Arik, que no dejaba de mirar al horizonte, tan sólo asintió con la cabeza.
Afar, el gran rey de las máquinas, se dirigió a Naa diciendo:
-No sé cuánto tiempo más van a estar ahí sin hacer nada. Tenemos un gran ejército. Deberíamos plantearnos hablar con ellos y, si no desisten en su empeño de sitiar o atacar Azog, atacar nosotros con todo para zanjar este asunto de una vez.
-Tienes razón-, respondió Naa. A lo que Afar hizo un gesto de aprobación. -Pero razón no en atacar nosotros, sino en lo de hablar e intentar parar todo esto.
-Y, ¿qué queréis proponer a esos bárbaros?-, preguntó Ogeid con gran interés.
-Les diremos que lo que buscan sigue en Azog y que nuestros místicos saben de su poder y su uso. Que si no desisten en su actitud y quieren entrar en batalla, lo usaremos junto al resto de nuestras fuerzas para reducir su horda a la nada-, respondió Naa con la voz de un juez que impone sentencia.
Afar se sonrió con el pensamiento de que su idea había calado en Naa.
Antes de que la reina hablase con ellos para pedir voluntarios, Arik ya estaba recogiendo su nuevo escudo negro para salir hacia allí.
-Veo que puedo contar contigo-, dijo Naa.
Arik, se acercó a Naa:
-Quizá el hablar con ellos no pare la batalla, pero nos dará tiempo para conocer sus intenciones y poder enfrentarnos a ellos de forma más eficaz. Quizá lo piensen uno o dos días. Lo suficiente-.
-¿Lo suficiente para qué?-, preguntó Ogeid.
-Lo suficiente para que nuestros espías regresen con noticias de Erraol-, respondía Arik. -Si el bastón cae en poder de los gorls y saben usar su poder, quizá tengamos que apresurarnos en conseguir su derrota.
-Si vas, Manshú querrá matarte-, le dijo Ledif a Arik.
-Cuento con ello, viejo amigo. Su ceguera por intentar acabar conmigo le separará de sus guardias y, quizá, tenga yo una oportunidad de acabar con él.
Poco más tarde del amanecer, y con el mensaje de Naa, un grupo de unos diez soldados partía hacía la planicie para intentar sentar un tratado con los gorls que pudiese frenar la batalla que se avecinaba.
Vanhira, con dos de sus amazonas, Ledif, Arik, cuatro soldados de la guardia real con sus estandartes y la bandera de tregua y, al frente, el rey Ogeid.
-¡Manshú!-, gritó uno de sus jefes, -tenemos visita.
La reina Naa había mandado a un grupo para negociar e intentar evitar la contienda.
Allí, en medio de la gran planicie, frente a una horda de miles de gorls y a expensas de cualquier posible ataque, había un pequeño grupo de unos diez jinetes.
Entre ellos, destacaba la brillante armadura de batalla del rey Ogied.
Junto a él, Manshú distinguía una figura familiar.
Sus ojos se entornaban para intentar ver con más claridad aquello que su sed de venganza nublaba.
¿Podía ser cierto?. Cierto o no, parecía que el destino le había llevado un presente.
Sin mediar palabra salió hacia ellos como si fuese perseguido por el mismísimo demonio. Tras él, una docena de gorl.
No habían alcanzado más de la mitad del camino cuando vieron a lo lejos que un grupo de gorls salían a galope hacia ellos.
-¡Manshú, no!-, gritaron varios de sus jefes, pero Manshú, cegado por el odio, no escuchaba a razón.
Su gran figura adelantada y, después, a unos cincuenta metros de ella, un grupo de unos diez o doce gorls.
Ogeid dio la orden de detenerse y esperar a su llegada.
Ledif miró a Arik.
-Es Manshú-, respondió Arik a su mirada.
Los camellos a galope de los guerreros dieron pronta caza al elefante de Manshú, a quien repetían que desistiera de su intención de atrapar al fantasma. Su ahora general de la horda, insistía en que quizá debían escuchar lo que tenían que proponerles.
Manshú, cegado por la venganza de su amigo, aceleraba cada vez más la marcha de su elefante. Y, de repente, a sólo unos 50 metros de los estandartes, sin decir nada, paró.
La mirada de Manshú estaba fija en Arik, inclinaba su cabeza entornando sus ojos mientras examinaba cada detalle del fantasma que había acabado con su amigo y con muchos de sus guerreros.
¿Cómo era posible?, pensaba. Un ser tan pequeño, tan frágil a los ojos de un gorl. ¿Cómo había podido vencerles?
Arik estaba sólo, desmontado de su caballo, separado unos diez metros del grupo. Necesitaba espacio, si quería defenderse de tan magno oponente. De negro, de pie, la cabeza permanecía tapada bajo su capucha con la mirada puesta en sus enemigos. Sin perder detalle.
-¡Manshú!-, gritó llamando su atención el rey Ogeid.
-Tengo un mensaje de tregua para ti y los tuyos, firmado por todos los reyes del Óllalo. Si desistís de vuestro asedio e intento de conquista, os dejaremos marchar, sin más muertes que lamentar.
-¿Y si no?-, respondió desafiante Manshú, mientras bajaba de su elefante para acercarse más a Ogeid. -¿Qué ocurriría si decido reducir a cenizas vuestra pequeña ciudad?, ¿qué planes tenéis para mí y los míos?
Manshú había avanzado lo suficiente como para estar a unos diez metros de Ogeid, que a lomos de su caballo lo dejaba a la altura de sus ojos. Hacha en mano, Manshú era el adversario a quien nadie querría enfrentarse.
-Si persistes en tu idea, haremos uso del bastón de Angra Mainyu y de todas nuestras fuerzas para acabar con tu pequeña horda-, le replicó Ogeid, mientras los soldaos de los estandartes se ponían a su altura para mostrar el poderoso ejército del que disponían.
Manshú sonrió.
-Ese bastón que dices está camino de Erraol, y mi grupo de guerreros lo traerá a mis manos antes de tres lunas. Dile a tu reina que en el amanecer de la cuarta luna se postrará ante mí-, concluyó Manshú mientras se giraba hacia su elefante.
-Y, ¿quién dice que esperaremos cuatro lunas en atacar tu horda?- preguntó Vanhira mientras adelantaba su caballo.
-Mujer, vuestros espías necesitan dos lunas para regresar e informar de que hemos derrotado a vuestro débil rey Uxté y nos hemos hecho con el bastón.
Aunque es un hecho, esperaréis hasta confirmarlo, porque tenéis la esperanza de no tener que luchar.
Nosotros, por el contrario, tenemos la esperanza de luchar y, si poseemos el bastón completo, vuestra ciudad no será más que una minúscula mota de polvo en el mapa de nuestro nuevo mundo- dijo Manshú mientras subía a su elefante.
Antes de marcharse Manshú recriminó a Ogeid,
-¿Qué tipo de mundo es este en el que vuestras mujeres hablan en nombre de sus hombres?
. Os habéis vuelto débiles, predecibles, complacientes, egoístas en vuestra individualidad como seres.
No pensáis como un solo ente. Os habéis vuelto fáciles de conquistar y exterminar, os habéis vuelto… historia.
Antes de marcharse, Manshú volvió a fijar su mirada en Arik. Éste, inmóvil, no dio ningún signo de debilidad de tener enfrente al mayor de sus adversarios. De pie, en el suelo, sólo, parecía una presa fácil para Manshú, pero, en contra de todo lo previsible, se fue.
-¡Volvemos!-, gritó Ogeid.
-Ahí está-, dice con alivio Uxté, al vislumbrar Erraol en la lejanía.