Nueve lunas de Antares La calma antes de la tormenta #3
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La calma antes de la tormenta #3

Algo raro pasaba, Manshú siempre era gustoso de atacar con las primeras luces del amanecer, pero ahí seguían, acampados, sin ningún movimiento que delatase cualquier otra actitud.

Todas las fuerzas de los reinos del norte estaban preparadas para la batalla.

La caballería preparada para embestir a la horda, la infantería, tantos soldados como jamás se podían haber visto juntos, las máquinas listas, todas las sorpresas creadas por la gente mística del rey Utxé, todo, y, sin embargo, no había indicios de que se fuese a llevar a cabo ninguna batalla.

Bien entrada la mañana, y sin atisbos de que nada fuese a suceder, Naa ordenó a sus tropas retirarse al campamento.

Mantuvo varios puestos de fuerza para poder frenar una ofensiva si fuese necesario.

Ella y los demás dirigentes y generales subieron a la muralla para visualizar la horda en la lejanía y ver qué medidas tomar frente a esta situación.

¿Acaso Manshú pretendía hacer un sitio a la ciudad de Azog?

Pero, cómo. La ciudad en sí estaba rodeada por un campamento de miles de soldados de los reinos del norte.

Era bien entrada la noche cuando todos ellos se retiraron de la sala en la que se reunían de forma continua. Esa noche no pasó nada.

Al alba del siguiente día todo sucedió exactamente igual. Los ejércitos del norte listos y la horda sin atisbos de querer entablar batalla.

Pasaron tres días con sus tres largas noches hasta que se vió, al fondo en la planicie, algo de movimiento. Algo había pasado. Parecía que se unía al enorme campamento un gran grupo de gorls proveniente del norte.

Ledif, que estaba en la muralla junto a Arik y Moel, le miró y le dijo:

-Ahí llega tu vieja reliquia, amigo mío.

Moel miró a su padre: -¿Qué vieja reliquia papá?

Arik, que abrazaba a su hija, tapada con una manta por el frío del amanecer, le contó la historia a Moel.

Mientras el relataba la historia, veían como al fondo parecía haber un movimiento nervioso.

Arik sabía por qué. Allí, en la lejanía de la planicie, se podía intuir la figura de Mushone mirando hacia la ciudad, maldiciendo.

Ahora, tenía la parte que buscaba, pero había perdido la parte que tenía.

Sin ambas partes, el cristal no podía desatar su poder.

Apareció entonces por allí el rey Utxé, que viendo a Arik sentado en la muralla, mientras mantenía su mirada fija en el horizonte, decía:

-Ahora vendrán a por la parte que nosotros custodiamos. Hay que ponerla a buen recaudo.

Naa y el resto de dirigentes aceptaron la propuesta de Utxé de salvaguardar la mitad que poseían.

Le dijeron que podía llevarse un destacamento de quinientos soldados para protegerle hasta la fortaleza de Erraol y allí hacerse fuertes frente a cualquier ataque.

De pequeño tamaño pero de muy difícil acceso, Erraol había aguantado innumerables ataques e intentos de sitio, siempre victoriosa.

Impenetrable y autosuficiente, los quinientos soldados podrían resistir años el ataque de la horda.

No tardó en salir el rey con tan preciado tesoro hacia el lugar más seguro del planeta.

La casa de Amira es un lugar triste desde hace varias lunas.

Sabedora de la llegada del hermano de su marido, esperó ansiosa su visita para compartir con él la pérdida de su amado esposo.

Conocedora de la situación tan delicada en la que se encuentran los reinos del Óllalo, Amira decidió poner en manos de Naa todos los recursos de los que tanto ella como su esposo disponían. Es lo que hubiese querido Ordep, decía.

Moel entró esa tarde en casa de su tía. De su mano venía su padre, Arik. Leinad se lanzó a los brazos de su padre, sin querer separarse de él. Amira y sus hijos saludaron a Arik, entre sollozos, recordando lo que diría o haría Ordep.

-Luchó como un verdadero soldado. Murió salvando mi vida y la de muchos otros-, dijo Arik.

-Lo sé. No te culpes por ello, yo no lo hago-, respondió Amira.

Amira preguntó a Arik cómo era la horda gorl, si veía alguna opción frente a ellos y qué era eso que había llegado a sus oídos sobre un bastón del destino o algo así que se oía por las calles.

Entablaron una conversación que duró hasta bien entrada la noche, más allá de que los hijos de ambos se acostasen, incluida Moel.

La joven quería escuchar hasta el más mínimo detalle por si, como decía ella, alguna vez lo hubiese de utilizar en batalla.

-Tu hija nos ha ayudado mucho. No sólo en las tareas, sino mentalmente, nos ha mantenido activos.

Todas las mañanas temprano ayudaba con las tareas de la casa, para después hacer lo que tu hermano le hizo prometer que haría.

¿Te lo ha contado? Además, se ha dedicado a entrenar a todos los jóvenes de la ciudad en el uso de la espada y el arco.

-No, no me ha contado nada-, respondía Arik, -quiere saber y saber, pero no me ha dicho nada.

-Se ha convertido en un espía de tu hermano-, sonreía Amira,- le prometió que todos los días entraría en la sala del castillo y escucharía las reuniones, por si en algún momento ocurriese algo que pudiese ayudar a Ordep-, continuó Amira.

-Ahora, ya no tiene con quien compartir esa información, salvo contigo.

Habla con ella, igual hay algo que sea útil.

-Lo haré. Ahora la dejaré descansar, como hemos de hacer nosotros, mañana puede ser un día largo-, dijo Arik.

Arik le hizo prometer a Amira que durante la batalla todos ellos se refugiarían en la parte interna de la ciudad, dentro de la zona amurallada, en grandes refugios de piedra bajo las salas del castillo, con grandes puertas y fuertes paredes, de difícil acceso. Amira asintió.

Amanecía. Moel se despertaba con los primeros rayos de sol.

Se levantó corriendo y bajó a buscar a su padre a la sala, ya se había marchado.

Se asomó a la puerta a ver si lo veía pero lo que encontró es una gran cantidad de soldados corriendo por las calles de un lado para otro.

Algo ocurría. Salió para dirigirse a un soldado:

-¿Qué ocurre?-, preguntó.

-Ya han formado para la batalla-, respondía nervioso el soldado, poco mayor que Moel.

Acto seguido, subió a avisar a su tía. Tenían que prepararse para lo que estaba por venir. Al subir al cuarto donde se encontraba su tía con sus primos, Amira ya estaba despierta y preparando aquello que pensaba necesitarían en el refugio.

-Ven Moel, ayúdame con todo esto. Hemos de ir al refugio.

-Pero-, disentía Moel, -yo quiero luchar al lado de mi padre. No quiero esconderme-.

Amira miraba a su sobrina, poco sorprendida por su reacción de hecho, y le decía que había prometido a su padre que todos estarían seguros en el refugio.

-Has de ser tú quien nos proteja a nosotros en el refugio, ya sabes que no todo el mundo que se encuentra allí es bueno con quienes estamos dentro-, le decía Amira.

-Ahí dentro, entre mujeres, niños y sacerdotes. ¡Hasta Leinad con uno de mis cuchillos os podría proteger!-, replicó Moel.

-Te vienes con nosotros, ¡no se hable más!-, concluyó su tía, dando por finalizada la conversación.

Moel, a regañadientes, asintió con la cabeza.

De camino al refugio todo eran carreras, nervios, gritos y lloros.

Los habitantes de la ciudad, nerviosos y apresurados, se estructuraban en sus funciones en base a su edad y sus posibilidades para hacer frente al enemigo.

Aquellos que por edad o por impedimento físico no podían luchar en batalla se mantenían en las zonas defensivas protegiendo a los más vulnerables.

Estos, se protegían en refugios subterráneos a la espera de terminar la batalla y esperando que quienes les permitiesen la salida fuesen sus gentes y no aquellos temidos seres.

Moel seguía disgustada las indicaciones de los soldados para ponerse a refugio mientras tiraba de su hermano como si se tratase de un saco que arrastraba.

-Me haces daño, Moel-, lloriqueaba su hermano, mientras ella lo arrastraba a toda prisa hacia el refugio, siguiendo los pasos de su tía y sus primos.

-¡Por aquí, Moel!-, le indicaba Amira sin perderla de vista. Sabía que si no la tenía localizada podía cometer la estupidez de ir a buscar a su padre.

Los ciudadanos de Azog se amontonaban en filas a la entrada del refugio mientras los soldados revisaban que nadie, útil en batalla, tratase de esconderse con quienes habían de proteger.