Nueve lunas de Antares La calma antes de la tormenta #2
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La calma antes de la tormenta #2

-Aquí, soy yo quien manda-, le dijo acercando su cara al rostro de Mushone, con una voz intimidante.

Tras eso, Manshú volvió a su asiento.

-Espero que tu plan funcione Mushone. Muchos de mis hermanos han muerto por ello.

De lo contrario, afilaré mi hacha en tu cuello-, replicó Manshú, mientras comía frutas con aire de soberbia.

Acto seguido, hizo un gesto a Mushone con la mano como que podía retirarse y un par de gorls lo sacaron de la jaima, no sin antes arrebatarle el viejo bastón.

Manshú se quedó mirando aquel viejo pedazo de madera, que le acercó uno de sus gorls, sin creer todavía que fuese capaz de todo lo que le decía el viejo general.

Parecía algo sin sentido. Así que, todo lo que estaba ocurriendo, la llegada de los gorls, el arrasar poblados, causar el caos, matar a quienes se interpusiese en su camino, la muerte de sus amigos y de su hermano, todo, había sido por ese trozo de madera vieja que Mushone creía era poderosa.

-¡Manshú!, ¡Manshú!-, le llamaba uno de sus jefes.

-¡¿Y ahora qué?!, dijo Manshú con voz de no querer saber nada de nadie.

-Los animales, los guerreros, están enfermos-, le contestó.

Esa noche, los elefantes se habían tumbado en el suelo y no querían moverse, lo mismo que parte de sus caballos. Entre gemidos de malestar, vómitos y gruñidos, no hacían caso a sus guías. Lo mismo les pasaba a gran parte de los gorls de la horda, con grandes dolores, sudores y diarreas.

El desconcierto era generalizado en la horda. Nadie sabía quién, ni cuándo podía enfermar.

Algunos gorls decían que lo habían provocado los magos del otro lado del Orbe, un hechizo, una maldición.

Manshú, sin embargo, no tenía la misma opinión.

Después de un tiempo viendo a los animales y hablando con sus gorls, lo tuvo claro, el embalse.

El agua, alguien había envenenado el agua.

A su cabeza le vino la imagen de aquel fantasma del cañón del lobo. Enfureció.

Arik había estado tratando de influir en el comportamiento de los gorls desde las sombras.

Con sus animales, con sus máquinas de guerra.

Incluso fue él quién, sin que se dieran cuenta, les guió hasta el pequeño embalse.

Arik sabía que no podrían resistir la tentación de recoger de allí todo el agua posible para recobrar fuerzas hasta llegar a Azog.

Conocedor del poder de las plantas y las algas, elaboró con ellas mezclas que inmersas en agua provocaban a quién o a lo que la bebiese fuertes dolores de estómago, diarreas y febrícula, sensaciones parecidas a las de varias enfermedades.

Sobre todo, si además añades una gran cantidad de plantas venenosas.

Consciente del desconcierto, Arik fue a por el viejo bastón de madera y aprovechó la noche para escabullirse hasta Azog.

Allí estaban todos, en la gran sala del castillo, nerviosos, pendientes de qué hacer y, sobre todo, de cuándo. Lo tenían todo listo para el amanecer.

-Entonces, las catapultas, ¿las queréis dentro de la ciudad o las ponemos en la línea tras el Orbe para una lucha en campo abierto?-, preguntaba Afar.

-Tenemos que tenerlas orientadas de tal manera que lleguen lo más lejos posible. Hemos de abatir a muchos gorls antes de que nuestra caballería choque contra el frente de ataque de la horda-, remarcaba Vanhira.

-Quizá os interese algo más de información-, dijo una voz al fondo la habitación, como si bajase de lo más oscuro del techo.

-Ya te echábamos de menos-, le replico Ledif a la voz.

En ese momento, un hombre totalmente de negro se dejó caer desde el techo.

-Siento lo de Ordep-, dijo cabizbajo Ledif.

Arik, asintió con la cabeza y dijo:

-Viejo amigo, tengo noticias de la horda.

Arik les contó todo lo que había averiguado pasando días dentro. Les habló de Mushone y de sus planes junto a los gorls y, lo más importante, del plan de ataque de Manshú.

-Viejo traidor-, refunfuñaba Ledif, -tenía que haberle matado cuando intentaba escapar.

-Cumpliste el favor de tu reina-, replicó Naa. -Ahora sabemos cuáles son sus planes, los de todos. Podemos prepararnos mejor y afrontarlo de mejor manera para conseguir que desistan y se vayan de nuestras tierras. ¿Y dónde está ese viejo bastón de madera que nos dices?-, preguntó Naa.

Arik sacó el viejo trozo de madera de la sujeción de su espalda y lo mostró a los presentes.

-Es, es…-, tartamudeaba Utxé, - es el bastón del destino de Angra Mainyu.

El tímido rey se abalanzó sobre el resto de presentes para observarlo con detenimiento. Su cara lo decía todo. Para Uxté esa era una valiosa pieza de madera y no un triste palo viejo.

-No puede ser-, dijo,- esta parte había sido destruída, eso decían las leyendas y escrituras, ¡no puede existir!. Los monjes del destino y el tiempo, sus guardianes, deberían haberla destruido hace mucho.

-Pues ya ves que sí-, dijo Naa.- Y ahora, sabiendo que este trozo de madera existe y, por lo que parece según tú, es muy importante y valioso. ¿Cómo nos afecta esto?

-Esta es una parte del bastón del destino de Angra Mainyu, el antiguo dios del inframundo, la personificación del demonio.

Según las antiguas escrituras de nuestro reino, lo creó para encauzar su poder y el de los otros cinco cristales surgidos en los distintos universos existentes durante toda la eternidad, creando un poder único e invencible.

El poseedor del bastón tendrá el poder de controlar los ejércitos del inframundo y gigantes bestias, sólo imaginadas en leyendas.

La dimensión entre éste y otros mundos se unirá en una sola, y, si cuenta con el cristal del tiempo, nuestro tiempo se sumaría en una única línea temporal bajo el yugo esclavizador de quien posea el bastón , y de quien, obviamente, esté dispuesto a pagar su precio final.

Por eso, el bastón se dividió en partes, despojándole de sus cristales, para dividir su poder y destruirse.

Un bastón de sabina, en apariencia débil, pero fuerte y duradero, capaz de resistir inalterable el paso del tiempo y, a su vez, funcionar como un gran transmisor de energía entre este mundo y otros ocultos a nuestros ojos.

Y los cristales, cinco, de colores  intensos, grabados cada uno de ellos con sendas runas, que encierran en su interior los poderes de los inicios del universo del cual salieron.

Una parte se quedó en nuestro reino, el cristal que controla el plano espacial y dimensional en el que cada mundo y universo se encuentra, en el que nos encontramos, y lo han guardado nuestros magos en secreto hasta el día de hoy.

Los otros, fueron distribuidos por distintos planos y universos para que nadie pudiese unirlos nunca y mantener así el equilibrio de los distintos mundos y universos, en una línea temporal estable cumpliendo con el destino del propio universo-, explicaba Utxé.

-Por lo que veo, ninguna de las partes cumplió con su cometido de destruirlos-, replicaba Vanhira con voz de desagrado.

-Ahora, es posible que tengamos las dos partes y la horda no sea rival para nosotros-, decía emocionado Uxte, con cara como de haber encontrado la salvación a todos los problemas que tenían.

-Algo con tanto poder ha de tener un precio muy alto, ¿no crees Utxé?-, preguntaba Naa. -No podemos usarlo a la ligera, sin saber qué consecuencias puede acarrearnos. Y, como bien decías antes, ¿estamos dispuestos a pagar un precio que aún no conocemos?

-Me temo que no-, contestó Arik.

-¿A qué te refieres?,- le preguntó Naa.

-Cuando Manshú obligó a Mushone a retirarse de su presencia, el traidor murmuraba sobre el coste que el uso del bastón de Angra Mainyu traería a la horda, - respondía Arik. -Cien almas de su círculo más cercano habrían de ser cedidas al inframundo de Angra Mainyu.

Los ojos de Naa se abrían alarmados frente a tan horrible escenario.

-Hace unas lunas Manshú mandó un grupo de guerreros de unos mil gorls hacia las tierras del Noreste.

No sabía muy bien para qué hasta que llegó Mushone y lo hablaron.

Los mandó a por la otra parte del bastón conocida en nuestro mundo, el cristal que custodian los magos del reino de Utxé-, respondió Arik.

-No tendremos las dos partes, al menos, por ahora.

Utxé se giró hacia Arik, y gritó:

-No, la protegeremos con todo nuestro ejército, por pequeño que sea.

-¿Con el mismo ejército que acampa en la parte de atrás de Azog?-, le replicó Arik.

Utxé, confundido, le pidió a Naa que mandasen soldados a proteger el cristal que permanecía en su reino. No podía caer en manos gorl. Su pueblo, todos los pueblos del norte dependían de que no cayese en las manos equivocadas.

-Hay diez lunas de camino hasta tu reino. Los gorls nos llevan una gran ventaja. Créeme si te digo que no atacarán ningún otro lugar que no sea en el que ese cristal se encuentre, esas fueron las órdenes de Mashú. Además, posiblemente, ya lo tengan en su poder-, comentó Arik.

El rey, nervioso y entristecido por lo que Arik le decía, cayó al suelo sobre sus rodillas mientras llevaba sus manos hacia su cabeza con gestos de negación. Su reino, su promesa, en manos de los gorls. Sentía que había fracasado como rey protector de sus gentes, de su destino.

-No te juzgues, Utxé. Hiciste lo que considerabas mejor para tu pueblo. Ninguno de nosotros sabíamos que los planes eran estos-, le dijo a modo de consuelo Naa.

Naví se adelantó dos pasos hacia Arik y le pregunto:

-La horda, ¿algún grupo más de guerreros ha salido en busca de cualquier otra cosa?. ¿Buscan invadir algún otro lugar?

Arik se encogió de hombros y explicó de nuevo lo que él había podido oír. Los planes de Mushone y Manshú no parecían incluir ningún otro objetivo fuera de conseguir ese bastón y sus cristales, por ahora.

Faltaban ya pocas horas para el amanecer. Todos sabían que tenían que hacer en cada momento. Todos estaban preparados.

Un soldado entró por la puerta:

-No hay movimiento, mi reina-, dijo. -La horda sigue acampada y sus filas no forman para la batalla. Tan sólo se mantienen los puntos de guardia del campamento.