La calma antes de la tormenta
N aa se reunía con los tres reyes del Norte haciendo balance de sus fuerzas y de las posibles estrategias de batalla.
Afar, el más próximo. Su reino, Alleviram, era el más pequeño en extensión.
Caracterizado por su astucia como comerciante, había hecho de su pueblo un reino rico.
De gentes cultas, era la cuna de grandes pensadores e ingenieros.
Sus conocimientos y sus riquezas les había permitido desarrollar su ingeniería en todos los aspectos y poder tener un gran número de máquinas de guerra, máquinas que suplían el escaso número de soldados que podían aportar.
Navi, el dirigente de uno de los pueblos de más al norte y quizá el más extenso. Su reino, Rajih, uno de los que más soldados aportaba. Acostumbrados a condiciones extremas de vida, eran grandes supervivientes, incansables cazadores y fuertes como soldados. Eran la infantería perfecta.
Uxté, con ideales menos militares que el resto, no aportaba grandes maquinarias, ni grandes soldados.
Místicos y adoradores de lo sobrenatural poblaban las tierras de su reino, Etnacsac.
Aportaba magos, hechiceras y animales que causaban a partes iguales asombro y temor.
Un rey convencido de que su pueblo lucharía hasta el fin por defender su libertad.
Tan sólo faltaba la llegada del Rey Ogeid.
Su reino, Lacsif, entre el de Naa y el de Navi, era famoso por su excelente acero y su ejército de caballería fuertemente armado.
Soldados, esa era la palabra que definía a los súbditos de Ogeid.
Adiestrados desde pequeños en el arte de la guerra, los ejércitos de Ogeid quintuplicaban en número al resto de los habitantes del reino, cuya única función era crear el sustento para el ejército.
Era a Ogeid a quien todos echaban de menos.
Su ejército podría frenar la parte ligera de la horda, sobre todo si lo comandase Vanhira.
El sonido de un cuerno de alarma despertó la ciudad.
Un grupo de jinetes se acercaba a gran velocidad, dirigiéndose a la puerta de la ciudad, al otro lado del puente del Orbe.
Las puertas se abrieron al reconocer a los soldados.
Al entrar, un grupo de ellos se dirigieron a la sala de los generales.
Tras los saludos oficiales, uno de los soldados dijo:
-Están a sólo una luna, menos si no descansan.
Naa y los otros reyes presentes mandaron tener listo todo para cuando llegase el momento. Un momento que no se hizo esperar mucho. Manshú no era un hombre de esperas y su horda llegaba a Azog justo al anochecer.
Azog estaba al otro lado del Orbe. Pasado este, hacia el sur, había un gran llanura, la estepa de camino al sur antes de las montañas.
Era justo allí donde Manshú hizo parar a su horda.
Él siempre decía, -las batallas, al amanecer-.
O quizá, lo que pretendía era intimidar a su enemigo con la visión de un ejército compuesto por miles de gorls.
Desde las torres de Azog podían observarse en la noche las hogueras hechas por los gorls, y podían dar una idea de la inmensidad de su tamaño. Eran muchos, quizá demasiados.
Un sonido esperanzador cubrió el silencio de la noche.
Sonaban los cuernos del rey Ogeid, había venido.
Sus caballerías sonaban en la noche como si de una tormenta se tratase.
Su ejército acampó junto al de los otros reyes y él entró en el castillo acompañado de su guardia personal para ponerse al día de la situación.
-Habéis venido-, dijo Naa con voz grata. -Bienvenido-.
-Sí-, respondía Ogeid. -Vuestro general vino a verme y, después de su inquietante propuesta inicial, decidí rechazarle y responder a vuestra llamada.
Naa, sorprendida y confundida, dijo:
-¿Mi general?, aquí lo único que os pedíamos era uniros a nosotros, para evitar una invasión que acabase con nuestras libertades y nuestras vidas. No entiendo-, comentó Naa.
-Preguntadle a él-, replicó Ogeid señalando a Mushone. -Preguntadle a él porqué me ofreció la mitad de todas las tierras del norte si no acudía en vuestra ayuda y dejaba que los gorls tomasen Azog.
Todas las miradas se dirigieron hacia Mushone.
-¿Es cierto eso que dice?-, le preguntó Naa.
Mushone intentó hacer ver que el rey se equivocaba y que había mal interpretado sus palabras, mientras su cuerpo se dirigía hacia la puerta de la sala.
Sin mediar más palabra empujó a uno de los soldados de la puerta, forcejeando y perdiendo en ese contacto físico el colgante que portaba, para conseguir arrebatarle la espada a ese soldado y salir huyendo.
Ledif desenfundó la suya y ya salía tras él, cuando:
-¡Quieto!-, dijo Naa. -Ya no tiene a dónde ir y nosotros tenemos muchas cosas que hacer más importantes que perseguir a un traidor.
Ledif hizo caso a Naa, no sin antes ordenar a los soldados que reforzasen la guardia por si volvía a aparecer.
Se acercó hacia el soldado con el que había topado Mushone y recogió el colgante de su lado.
Era un colgante extraño del que Mushone nunca se separaba.
Un extraño cristal con una runa grabada en él.
Tanto miedo tuvo por su vida que no reparó en su pérdida, pensaba Ledif.
Naa y los otros mandatarios y generales ponían al día a Ogeid. La noche se preveía larga.
La gran horda ya había llegado a su destino, la planicie del Orbe. Montaron un inmenso campamento a tan sólo unos cientos de metros de la ciudad. Allí estaba Azog, una ciudad de grandes murallas defensivas, inexpugnable ahora que estaba cerrada.
Arik había estado esperando a la gran horda.
Luna tras luna les había estado observando.
Era una sombra, un fantasma, lo que le facilitó el hecho de poder entrar y salir de su campamento.
Pudo ver y oír todo aquello que decían y hacían.
Había estado tan cerca de Manshú tantas veces que le había resultado muy difícil contener sus ansias de acabar con él.
Tenía un deseo inmenso de venganza por la muerte de su hermano, pero sabía que no debía hacerlo, debía esperar, conseguir toda la información posible sobre qué tenían planeado hacer.
Los gorls hablaban, esperaban algo o a alguien.
Era entrada la noche cuando:
-¡Manshú!, se aproxima un jinete-, gritó uno de los jefes próximo a él.
-Dejadle pasar-, respondió.
Quién podía ser, las avanzadas estaban ya en la horda. Era Mushone. Había conseguido salir del castillo y fue directo hacia la horda. Bajó de su caballo de forma atropellada, tropezándose consigo mismo y los guardias le llevaron hasta Manshú.
Arik se acercó y vio como el viejo general, que con tanta condescendencia le había hablado antes, parecía no tener miedo de Manshú, es más, parecía que éste estuviese a sus órdenes por tal y como le hablaba.
Si embargo, los caminos de la conversación hicieron ver que un gorl siempre es un gorl y no se postran ante nadie.
-Ogeid ha venido-, dijo Mushone con una mezcla de decepción, desprecio y miedo.
-Bueno, eso hará que sea más interesante, ¿no crees general?-, le contestó Manshú sin ni siquiera levantarse de su aposento dentro de su tienda.
-¿Hiciste lo que pactamos?-, preguntó Mushone.
Manshú se levantó hacia él, se acercó y su inmensa figura se postró delante cara a cara:
-Un gorl siempre cumple su palabra. Un grupo de guerreros de mil gorls va camino de la tierra de los magos. Ahora que su rey ha traído a su ejército aquí, están indefensos en su reino frente a nosotros.
Arik vio como una parte de la horda marchaba hacia al noreste. En un primer momento, pensaba que sus movimientos podían deberse a una estrategia de guerra para envolver Azog. Luego averiguó que su destino no era ese, se dirigían a los dominios del rey Uxté. Ahora sabía por qué.
-Y dime, Mushone-, prosiguió,- ahora que ya sé lo que busco y que no puedes hacer nada para que tome Azog, ¿qué es lo que te puede hacer tan valioso como para que no te mate ahora mismo?
Mushone, lejos de ponerse nervioso, y más cerca de la inconsciencia que la locura, miró desafiante a Manshú y dijo:
-Sólo yo tengo el conocimiento y la fuerza para controlar su poder, aprendido durante años de los monjes del tiempo y el destino-, dijo. -La otra parte, ¿la tienes?-, prosiguió.
Manshú hizo un gesto a uno de sus gorls mientras volvía a su asiento en la tienda, sobre sus cómodos cojines. Acto seguido apareció con una caja.
-Ahí lo tienes, general. Espero que tu fuerza para controlarlo no te haga romper tu promesa y nos des a los gorls las tierras prometidas para vivir en paz-, dijo Manshú.
Mushone hizo una mueca complaciente mientras abría la caja para coger su contenido. Era un bastón de madera de sabina, de color rojizo, en apariencia podrido y roto, a simple vista sin ningún valor.
-Con el poder de este bastón-, dijo Mushone,-se han derrocado reyes y derrotado ejércitos invencibles.
Esto, mi querido amigo, es el bastón del destino de Angra Mainyu.
El dios demonio hizo este bastón para contener en él el poder del cristal que escribe el destino de todos los universos conocidos.
Un poder que puede desatarse cuando el bastón se une al cristal del espacio dimensional.
Quien posea el bastón poseerá el poder suficiente para controlar la puerta de la dimensión al inframundo, y podrá despertar los ejércitos de la noche, controlar bestias de mundos que jamás hayas podido imaginar, dominar…
el espacio, los mundos…, el destino…El poder puede llegar a ser ilimitado y único.
-Hasta ahora-, interrumpía Manshú,- lo único que yo veo es un trozo de madera viejo, podrido y sin ningún valor, general.
-Asegúrate de traerme el cristal del espacio dimensional y yo te daré el poder que necesitas para conquistar este mundo, esta dimensión-, dictaminó Mushone, - siempre que asumas su precio.
Mashú, cansado del tono de las palabras de Mushone, se levantó hacia el y, cogiéndole del cuello, lo levanto diciendo:
-Vuelve a dirigirte a mí con esa condescendencia y romperé tu cuello como si se tratase de una rama seca.