Nueve lunas de Antares El cañón del lobo #3
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El cañón del lobo #3

Mientras la batalla continuaba a su alrededor, Arik sintió como si su alma se volviese gris.

Aquello que había conseguido evitar durante años volvía a apoderarse de él y sus ojos se tornaron del negro de la noche.

Se había vuelto a convertir en aquello de lo que huía y que un día fue, un fantasma, un asesino.

Los hombres a su alrededor retrocedieron, lo miraban como si no fuese él.

Se alzó, recuperó sus espadas y luchó junto a sus hombres hasta acabar con el último gorl.

Después, se arrodillo y gritó de nuevo como si quisiese dejar escapar a su alma, ahora oscura.

Repuesto de ese momento, Arik, ahora el comandante de las pocas tropas que habían quedado, les ordenó volver a Azog e informar de lo que había ocurrido.

-Y tú, ¿qué harás?-, le preguntó uno de los soldados.

-Manshú quiere mi cabeza, la tendrá tan cerca que podrá sentirla mientras expira su último aliento-, respondió Arik.

Avisan a Manshú, un jinete se acerca. Se apresura a ir hacia la parte delantera de la horda para ver quién viene.

Poco a poco se vislumbra cada vez claro.

Se acerca un caballo pero no lo monta nadie.

Varios gorls detienen al caballo, es uno de los suyos.

Una bolsa atada al caballo reclama la atención de uno de los gorls.

Está llena de sangre, más de lo que debería aún estando en batalla.

-¿Qué hay ahí?-, pregunta Manshú.

El gorl coge la bolsa, la deja en el suelo y la abre para ver su contenido.

-Es…, la cabeza de Nanjhí-, dice el gorl horrorizado.

Manshú no se acerca, no la mira, como si Nanjhí no le importase en absoluto. Está tenso, contiene su rabia y su dolor, es el líder y no puede mostrar debilidad. Tan sólo alza la vista y busca al fantasma. Escudriña el horizonte, pero no ve nada.

-¡Mandad las avanzadas!-, dice Manshú.

-¡A todas!, reclama.

-Esperaban al demonio, les llevaremos el infierno-, finaliza mientras se gira y va a por su elefante. Se monta en él y, sin mediar palabra, avanza hacia Azog. La horda se ponen en marcha tras él.

Está callado, distante, sus ojos se centran siempre en el horizonte.

Las avanzadas van y vienen avisando de la libertad de paso en el camino. Parece que ya no encuentran resistencia a su paso. Un ejército como el de Manshú aún tardará dos lunas en llegar a Azog. Son pesados, son lentos y siguen siendo miles, pese al esfuerzo de Ordep de reducir su número.

Un grupo de exploradores avisa de un pequeño remanso de agua cerca del camino de paso de la horda.

Manshú decide desviarse  hacia él para recoger agua y seguir hasta Azog.

Poco a poco elefantes, caballos y el resto de animales, junto a los propios gorls, beben para recobrar fuerzas.

Aprovechan también para talar los pocos árboles cercanos con los que reforzar sus máquinas de guerra.

Los soldados de Ordep contaban en el castillo de Azog lo que habían vivido en el cañón del Lobo y en la muela del Ciego.

Relataban como el propio general Ordep había caído en la batalla a manos de un gorl.

Les hablaron de los miles de gorls que conformaban la horda de Manshú, de los cientos de bajas que provocaron en el cañón del Lobo y de que su plan de guerra era ahora Azog.

Naa escuchaba atenta todo lo que los soldados contaban, mientras los generales murmuraban entre ellos acciones a tomar. Buscó entre los soldados a Arik, pero no lo encontró.

-¿Y el hermano de Ordep?-, preguntó Naa.

-Se quedo allí, mi reina-, dijo uno de los soldados.

-Nos dijo que viniésemos a informar de todo, él tenía algo que hacer.

Moel se quedó paralizada. Había estado yendo al castillo cada vez que tenía noticias de que llegaban soldados o algún emisario para poder saber lo que estaba pasando y poder contárselo a su tío.

A su tío, ahora muerto. Pero ¿cómo?, ¿cómo un gran soldado como él había podido ser abatido por un gorl?

Y, ¿cómo se lo decía a su tía y a sus primos?

Sólo le quedaba la esperanza de que su padre siguiese vivo.

Se quedó todo el rato que pudo para ver qué más cosas podía escuchar que le sirviesen, sin saber muy bien para qué, pues su tío ya no estaba.

Pudo enterarse de toda la línea de defensa y de ataque, de las estrategias para el combate. La mayor parte de la batalla se buscaba que fuese sin entrar en el cuerpo a cuerpo, pues los gorl eran superiores en número si no recibían ayuda.

Eran los emisarios de Mushone, y el propio Mushone, quienes se encargaban de buscar esa ayuda del resto de reinos del Norte para frenar la entrada de los gorls.

Sólo tres de los cuatro reinos habían contestado y planeaban la defensa junto a la reina Naa.

Llegaban soldados de todas las partes de los reinos del Óllalo para hacer frente a Manshú y su pueblo.

Uno más, tan sólo un reino, y las fuerzas se igualarían en número.

Moel abrió la puerta de casa de su tío y en la sala estaba su tía Amira junto a Ledif y dos de sus soldados. Estaban contándole lo sucedido. Sus primos y Leinad se escuchaban jugar en la cocina, ajenos a la notica que recibirían.

-Moel-, le llamó Amira, -ven, siéntate a mi lado.

Cuando Ledif hubo terminado y despedido muy oficialmente, Amira y Moel, tía y sobrina, rompieron a llorar. En ese momento, Leinad y sus primos, a sabiendas de que los soldados ya se habían ido, entraron en la sala y vieron a ambas llorando.

-¿Qué ocurre?-, preguntó Leinad.

Amira abrió sus brazos y dijo entre sollozos:

-Venid, os he de contar algo.