Nueve lunas de Antares El cañón del lobo #2
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El cañón del lobo #2

Los gorls entraron tras la muralla y lo que encontraron fue una zona de guerra desierta. No había nada, todo era pasto de las llamas. No quedaban armas, catapultas, nada que pudiese servir para completar lo que su ejército había perdido en aquel cañón.

Habían conseguido su objetivo. La horda gorl se había visto mermada en número y en máquinas de guerra.

Quizá había esperanza al haber inclinado un poco la balanza a su favor.

No obstante, seguían siendo miles de gorls a las órdenes de un jefe sin miedo, ni escrúpulos y con afán de conquistar el mundo, lo que amenazaba aún la libertad del norte.

Los reinos del Óllalo podían frenar esta invasión, pero sólo podrían tener una oportunidad si todos sus pueblos y reinos se unían en una única lucha contra sus invasores.

Manshú, con más odio que liderazgo en su cabeza, pidió a sus jefes que reorganizasen la horda para avanzar. Habían perdido cientos de guerreros y quería saber quién había sido el responsable de todo. Quería saber quién era ese fantasma.

-¡Nanjhí!, envía doscientos jinetes en busca de ese fantasma. Lo quiero ante mis pies al anochecer-, dijo Manshú en tono amenazante.

-Seré yo quien lo ponga a tus pies-, dijo Nanjhí, que montó en su caballo y lideró a los jinetes en busca del odiado fantasma.

Manshú se quedó mirando fijamente como sus jinetes se alejaban, inmóvil, como si estuviese hechizado. Sus ojos brillaban de un color odio intenso. En su cabeza sólo pensaba en el momento de partir en dos a ese fantasma con su gran hacha.

Cuando Arik llegó a la muela del Ciego, Ordep le informó que en la lejanía, en la llanura, se observaba un grupo de unos cientos de jinetes que se acercaban a galope, como si les persiguiese el mismísimo demonio.

-Creo que no les ha gustado la fiesta de bienvenida que les hemos preparado, hermano-, dijo Ordep.

Arik hizo una mueca que dibujaba una sonrisa de complicidad.

Ordep se dirigió a todos:

-Hemos de frenar a esos jinetes. Sé que son más grandes, que nos superan en número, pero también sé que nosotros somos soldados, nacimos y vivimos para estos momentos.

Les hemos vencido antes en el cañón y les venceremos ahora en la batalla abierta.

Ellos están en desventaja porque nosotros somos y seremos siempre soldados.

Todos respondieron gritando por la batalla, mientras alzaban sus armas de voz en grito.

Ordep reorganizó a sus tropas y preparó un plan de batalla para tan delicado momento.

El haberse traído a gran cantidad de arqueros le permitía tener un plan de ataque a distancia que reduciría de forma considerable el número de gorls que llegasen al cuerpo a cuerpo.

No los esperarían a caballo, pues los gorls eran más altos, más corpulentos y podían abatirlos sin grandes problemas.

Su plan era conseguir que bajasen al suelo y pelear con ellos cuerpo a cuerpo.

Cada vez más cerca, los gorls parecían enormes encima de sus caballos. Ya se habían dado cuenta dónde estaban y se dirigían hacía ellos de forma irrefrenable.

Ordep tenía preparadas dos filas de arqueros y tras estos, Arik y el resto de soldados a pie.

Los gorls estaban más y más cerca, más y más cerca…

-¡Aguantad!-, decía Ordep a sus arqueros. -¡Aguantad!,¡aguantad!-, repetía cada vez más ansioso, mientras los gorls estaban cada vez más cerca.

Cuando estaban tan próximos que casi podían sentir las pisadas de los caballos, Ordep dio la orden:

-¡Ahoraaaaaa!- gritó.

La primera línea de arqueros lanzaba su flechas sobre los gorls, mientras la segunda lo hacía sobre los caballos para conseguir descabalgarlos.

Pudieron lanzar dos veces hasta que los gorls estaban tan cerca que Ordep les ordenó que cogiesen sus lanzas y las sujetasen en el suelo a modo de barricada frente a la embestida de los caballos que seguían en pie.

El encuentro con los caballos fue un choque brutal.

Algunos de ellos chocaban contra las puntas de las lanzas, penetrando estas hasta derribarlos.

Muchos otros consiguieron esquivar las lanzas saltando sobre los soldados o embistiéndolos.

Las hachas de los enormes gorls chocaban contra algunos de los soldados provocando la muerte de estos.

Ordep y el resto de soldados saltaban ahora a escena.

Incluso Ordep, de más de metro ochenta de altura, parecía del tamaño de un niño grande al lado de los gorls.

Con su afilada hacha conseguía derribar a aquellos que se cruzaban en su camino.

Era un soldado con mucha experiencia y eso se notaba en cada golpe de hacha.

Sus ataques, certeros, estaban dirigidos a aquellas partes en las que sabía los gorls caerían de rodillas, dejándolos a su altura, para acabar girando sobre si mismo y, con la fuerza de una mole de ciento veinte kilos, golpear con su hacha hasta separar la cabeza del cuello de su enemigo.

En mitad de la vorágine de su lucha contra los gorls, pudo observar como uno de ellos se desplazaba por la zona de batalla como si buscase algo, a alguien.

No tardó en localizar lo que ese gorl buscaba, a Arik.

Arik estaba inmerso en la batalla y, al igual que su hermano, sabía que la forma de vencer a sus adversarios era hacer que perdiesen su mayor ventaja en la batalla, su envergadura.

Su agilidad para efectuar cortes rápidos a sus enemigos le hacían menos difícil el poder abatirlos.

Sin embargo, no era invencible y su tan preciada malla evitaba que algunos de los golpes que recibía de las armas de sus enemigos acabasen perforando su cuerpo, magullado ahora por los fuertes golpes de sus enormes adversarios.

Nanjhí había localizado al fantasma y a toda costa lo llevaría a los pies de Manshú. Como un auténtico demonio se hacía paso entre los soldados, abatiéndolos uno a uno en busca de su objetivo.

Arik, salvando el movimiento de hacha de un gorl, sintió que algo enorme venía por su espalda.

Como un acto reflejo se giró levantando y cruzando sus espadas para parar el golpe de una gran hacha que le hizo perder el equilibrio.

Sintió como un fuerte golpe a modo de patada lo impulsaba varios metros atrás y le hacía perder sus espadas.

El hacha volvía a caer sobre él, usando esta vez su escudo para pararla.

La fuerza del golpe hizo que el hacha penetrase en el escudo.

Una vez, otra, otra. Arik estaba en una encrucijada frente a una bestia enorme con un arma casi de su tamaño.

Nanjhí golpeó tan fuerte con su hacha sobre el escudo de Arik que quedó enganchada en él.

Cuando retrocedió el arma, se llevó el escudo con él.

Fue en ese momento en el que Arik estaba indefenso en el suelo y Nanjhí tenía su hacha en alto cuando la cabeza de este último se separaba de su cuello, cayendo junto a Arik.

Seguido a esto, el cuerpo del despiadado gorl caída de rodillas junto a Arik.

Ordep, en un último intento por salvar a Arik, lanzó su hacha de forma circular y ésta había cortado el cuello de Nanjhí.

Arik miró a su hermano. Ordep asintió con la cabeza a modo de conformidad.

La cara de Arik cambió en un segundo. Un gorl atravesó con su espada desde detrás a Ordep, levantándolo varios centímetros del suelo.

El grito de Arik se quebró antes de salir, mientras su hermano todavía le miraba… ya sin verle.

Arik, sin pensar en nada más que en su hermano, pasó a través de varios gorls hasta aquél que había dado muerte a su hermano.

Acuchilló sus piernas, su espalda y terminó clavando sus puñales en su cuello.

El gorl cayó al suelo como una gran torre.

Arik, en shock, cogió a su hermano entre sus brazos mientras sentía cómo la vida de este se desvanecía entre sus dedos. Gritó.