Nueve lunas de Antares El cañón del lobo
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El cañón del lobo

L as avanzadas de Manshú habían regresado. Todo parecía normal. Las puertas del cañón seguían vigiladas por unos pocos hombres, que no parecían ser conscientes de lo que se les venía encima.

-Todavía creen que vamos a atacar la línea del sur antes de ir rumbo a Azog-, le decía Manshú a Nanjhí, mientras compartían el calor del fuego de una hoguera.

-Eso parece. Creo que su miedo a ser devastados por completo no les ha hecho ver la posibilidad de que podamos atacar directamente a su punto más fuerte-, contestó Nanjhí.

-Que descansen los guerreros, mañana con el alba emprenderemos camino a Azog-, dijo Manshú a sus jefes.

Manshú esa noche durmió poco, estaba confiado de su fuerza, pero también veía que le estaba resultando fácil hacerse con el dominio de todo a su paso. Algo le decía que todavía no había visto el verdadero potencial de los reinos del Óllalo.

Al alba, montado ya en su elefante, Manshú ordenó avanzar a su horda hacia el interior del cañón.

Cientos, miles de gorls, a caballo, en camellos, elefantes y a pie, con grandes máquinas de guerra difícilmente transportables por el cañón.

Algunas de ellas hubieron de abandonarlas, mientras otras habían de desmontarlas para poder llevarlas.

Para Manshú, el cañón, en primera instancia una oportunidad de avance rápido sobre Azog, se había convertido en un escollo que mermaba sus fuerzas de batalla.

Sin embargo, era mayor su afán por derrotar Azog en su conquista que lo que les pudiese debilitar el cañón.

Sin duda, no contaba con lo que el destino le tenía preparado en tan recóndito lugar.

Nanjhí estaba inquieto. El viento arrastraba arena a su cara desde lo alto del cañón. No se oían los pájaros y nunca es buena señal cuando los pájaros no quieren estar allí.

Sonaban los cuernos y tambores de los gorls en la lejanía. Arik, en el camino, en la mitad del cañón, ya podía verlos acercarse. Inmóvil, sin rostro, tan sólo esperaba.

De pronto, la horda se detuvo. Los tambores y cuernos se sumieron en un silencio súbito que incomodó a Manshú.

-¿Por qué nos detenemos?-, preguntó Manshú a sus guerreros.

Algunos de ellos señalaban al frente. Manshú aceleró el ritmo de su elefante hasta la primera línea.

Al llegar, podía vislumbrar a lo lejos una figura oscura, parada en medio del camino.

Bajó de su elefante y se acercó hacia ella.

Conforme caminaba hacia ella giraba su cabeza y entornaba sus ojos intentando averiguar qué era aquello que se mostraba ante ellos, amenazante, sin miedo.

Una figura oscura, sin rostro, como si de un fantasma se tratara.

Todo se paró, se hizo el silencio. Los gorls se habían fijado en él. Eso daba una ventaja a Ordep y a sus soldados para prepararse. Arik permanecía quieto, mientras se acercaban cada vez más. Ordep, tras las murallas, espera la señal de su hermano para hacer su parte.

La mirada de todos los gorls estaba puesta en esa figura, en ese fantasma.

La figura se arrodilló y cubrió su cuerpo desde atrás con lo que parecía un escudo.

Esa, era la señal. Ordep dio la orden. Fue entonces cuando se escuchó primero un zumbido, apenas audible.

Luego se escucharon cientos más, mucho más fuerte.

Tras esto, el cielo se volvió negro como la noche.

Manshú miró hacia arriba, sus ojos se abrieron en un gesto de sorpresa cuando vio que lo que había oscurecido el cielo no eran las nubes sino miles de flechas que venían hacia ellos.

Alertó a sus guerreros, mientras corría para buscar refugio.

Flechas provenientes de no se sabe dónde impactaban contra los gorls, quienes caían abatidos mientras buscaban cómo hacer frente a aquella situación.

Bajo sus elefantes y máquinas de guerra, sujetaban sus escudos para evitar la lluvia mortal que caía sobre sus cabezas.

Protegido por su escudo, en la oscuridad de la sombra de las flechas, Arik esperó a que la lluvia letal parase para levantarse y, a la vez que con una de sus espadas cortaba las flechas que habían quedado clavadas en su escudo, correr para encaramarse a las paredes del cañón, mientras los desconcertados gorls se reponían de tan desagradable sorpresa.

Y, de repente, todo cesó.

Manshú se levantó de debajo de su escudo, rabioso, buscando con su mirada a ese fantasma.

Había desaparecido. A su alrededor yacían muertos cientos de los suyos.

Fue en ese momento cuando sonaron unos fuertes golpes provenientes de la muralla del cañón.

Habían disparado sus catapultas. Grandes piedras, cubiertas de un líquido viscoso, caían una y otra vez contra la horda provocando bajas y desconcierto.

Manshú ordenó avanzar entonces sobre la muralla del cañón.

-¡Avanzad!, ¡acabemos con esto!,¡aniquiladlos!-, gritaba.

La horda avanzó en bloque hacia las puertas de la muralla.

En ese momento, se despegaron grandes cuerdas del suelo de los laterales del cañón tensándose y arrastrando hacia el centro una gran red de malla impregnada de ese mismo líquido viscoso.

Los gorls chocaban contra la red. Los grandes elefantes tropezaban y caían al suelo arrastrando la red, junto a camellos y decenas de gorls.

Fue en ese momento cuando, de los laterales del cañón, se desprendieron más redes de gran tamaño, con decenas de metros, aceleradas en su caída por grandes piedras unidas a sus extremos.

Las redes caían sobre la horda a lo largo de todo el cañón, enlenteciendo su avance hacia la muralla.

Manshú trataba de buscar opciones de reorganizar el caos provocado por las redes cuando de nuevo se escuchó aquél zumbido ensordecedor y el cielo cambió de color.

Esta vez no era negro, esta vez el cielo se tiñó de fuego.

Una nueva lluvia de flechas en llamas caía sobre ellos, prendiendo el viscoso líquido que recubría las redes y creando un caos de fuego que hacía frenar el feroz empuje de la horda hacia la muralla.

Cientos de gorls perecieron, víctimas de las llamas.

Miles de ellos seguían empujando hacia delante, apartando los cadáveres y llevando sus máquinas hacia la muralla.

Bajo manteletes de madera a medio arder, como protección frente a las flechas, un nuevo avance de los gorls adelantó la línea de las redes.

Con caballos, más rápidos y ágiles que los elefantes, intentaban lanzar con mayor rapidez un ataque para asaltar por empuje la muralla.

Quedaban escasos doscientos metros para llegar a la muralla cuando empezó a oírse el mayor estruendo que jamás había escuchado un gorl.

Las paredes del cañón se desprendían sobre ellos.

Toneladas de rocas caían de las paredes como si el cañón se hubiese partido en dos.

Trampas de fuego que emergían en el campo de batalla y bloqueaban el paso de las máquinas de guerra gorl.

Desde retaguardia, hacían funcionar sus catapultas contra las murallas de la puerta de salida del cañón.

Poco a poco, los gorls conseguían esquivar el fuego y las piedras desprendidas, acercándose a la muralla.

Manshú, viendo el caos del avance por la parte baja del cañón, dio orden a sus clanes de atacar por la zona alta de este.

No eran muchos, unos cientos de gorls los que podían avanzar por las escarpadas partes altas del cañón, pero suficientes para derrotar a quienes se encontrasen tras las murallas. O no.

Los gorls de los distintos clanes que subieron en busca de un paso alternativo, se movían entre retenes de lanzas clavadas en el suelo, unidas a maderos a modo de vallas, fosas excavadas en el suelo rellenas de rudimentarias ramas afiladas en punta y grandes trampas de osos. No era un camino fácil.

-Hermano, coge a tus soldados y esperadnos en la muela del ciego-, dijo Arik.

-¿Qué te queda por hacer aquí?-, preguntó Ordep.

-No podemos ir deprisa si nos llevamos todo esto y, si lo dejamos aquí, lo utilizaran contra nosotros en Azog. Lo haré desaparecer-, respondió Arik, mientras le enseñaba un recipiente lleno de brea, aceite y restos para prender.

Mientras Ordep se alejaba con el grueso de las tropas, Arik y sus hombres impregnaron todo de aquello que les permitiese prender fuego y que se propagase lo más rápido y extenso posible.

Mandó a sus soldados entonces que prendiesen los laterales de la muralla y todo su interior, creando una gran nube de fuego y humo que desorientaría a los gorls mientras huían.

Entre el caos de la batalla Nanjhí vio humo tras la muralla. ¿Habían ya atacado sus avanzadas a sus enemigos?

-¡Manshú!, ¡mira, la muralla arde!-, gritó Nanjhí.

Manshú aceleró su paso hacia la muralla.

Parecía que sus avanzadas habían conseguido su propósito.

Cuanto más avanzaba Manshú más grandes eran las llamas.

Y, sin saber cómo, dos líneas de fuego salieron de la muralla por sus extremos recorriendo esos doscientos metros finales del cañón a gran velocidad, prendiendo líneas defensivas paralelas cada veinticinco metros que envolvían en fuego las primeras líneas gorl.

Manshú estaba ahí. Rodeado por el fuego, su única opción era salir de ahí como fuese.

Entre el  humo era casi imposible orientarse.

Manshú se arrodilló. Se tapó la cara para intentar conseguir respirar mejor y pensar hacia dónde moverse.

Fue entonces cuando una máquina de guerra gorl atravesó la línea de fuego que tenía cautivo a Manshú, dejando libre una vía de escape.

-¡Manshú!, ¡por aqui!-, dijo Nanhjí, que había movido la horda para intentar acabar con el fuego.

Manshú siguió las indicaciones de la voz de Nanhjí y salió de la zona de fuego. Enfervorizado, continuó su avance sobre la muralla. Sorpresivamente, las puertas de la muralla se abrieron desde dentro. Uno de sus jefes, de una avanzada, había conseguido abrir la muralla.