Nueve lunas de Antares Retención
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Retención

C uando Arik llegó, Amahla yacía entre cenizas y humo.

Se encontró los restos de lo que había sido una ciudad rica en mercados, sedas y alimentos.

Un silencio sepulcral dominaba el ambiente, tan solo roto por los ladridos de un perro abandonado buscando a su dueño.

Las calles, llenas de cadáveres carbonizados  sujetando todavía algunos sus aparejos de labranza, eran un lugar difícil por el que caminar.

No quedaban apenas supervivientes, tan sólo aquellos que pudieron esconderse a las afueras hasta que la horda marchó.

No más de diez gorls quedaron para salvaguardar la ciudad.

Arik y sus soldados pronto se encontraron frente a frente con ellos.

Ahora no había noche que les pudiese ocultar de sus enormes adversarios.

Sin embargo, la gran experiencia de las cinco sombras en la lucha cuerpo a cuerpo y su rapidez y agilidad, les hacía ser mucho más peligrosos que la ventaja concedida por su envergadura a los gorl.

Iniciada la contienda, Arik y los suyos recibieron también la inesperada ayuda de los pocos supervivientes que, con valentía, se enfrentaban de nuevo a sus agresores.

Pronto dieron por finalizada la contienda, capturando a tres de los gorls para interrogarles.

Arik y su grupo hicieron noche allí. Quedaban a la espera de las noticias, provenientes de los espías de las distintas partes de los reinos del Óllalo, que les informaban de dónde estaba la horda y dónde cada grupo de exploradores gorl.

Llegaron al alba. Su trabajo acabada de empezar.

Tuvieron que dar alcance a la horda y alejarse lo suficiente en su camino como para no ser atrapados por ella.

Fueron dos lunas las que necesitaron para encontrar la primera avanzada.

Y ahí estaban, eran grupos de entre diez y doce guerreros.

Se movían a pie entre las montañas para no ser fácilmente vistos, sigilosos, tan sólo observaban.

Se encargaban de conseguir la información necesaria para poder batir en batalla a cualquier tipo de resistencia que encontrase la horda a su paso para conquistar la plaza.

Esa noche, los gorls estaban vigilando las fuerzas de defensa del pequeño poblado de Amoch.

Un poblado que vivía de la agricultura y que no tenía para su defensa nada más que una veintena de hombres, que lejos estaban de ser soldados.

Apostados en la parte alta de la colina, en la base de un olivo, uno de los gorls sintió algo moverse, se volvió y sólo pudo ver la negra oscuridad de la noche.

No veía nada, sin embargo sentía que algo les observaba.

De forma discreta, avisó al resto del grupo.

Poco a poco, todos ellos se retiraban hacia la parte de atrás de la colina, replegándose.

Trataban de ver qué era aquello que les provocaba esa sensación de estar vigilados, como ellos habían estado haciendo con Amoch.

Poco tardaron en averiguar qué era aquella sensación.

Una lluvia de flechas cayó del cielo cerrado de la noche abatiendo a algunos de ellos.

Otros se encontraron de frente con afiladas espadas que se abalanzaban sobre ellos.

Arik, siempre al frente, saltó deslizándose por el suelo hasta uno de los gorls.

Mientras con una de sus espadas cortaba los gemelos del bárbaro haciéndole arrodillarse, se encaramaba a su espalda y daba un último toque mortal a su enemigo.

Hacia él avanzaba otro de los gorl, que dejaba caer su gran hacha sobre su cabeza.

Para evitarlo, Arik, sacó su segunda espada, cruzando ambas y frenando la caída de tan terrible arma.

Con una destreza que pocos hombres tenían, luchó con ambas espadas haciendo varios cortes a su adversario, esquivando con maniobras a veces imposibles su gran hacha, hasta conseguir hundir su espada en la zona del abdomen del guerrero gorl.

Se giró y observó que sus soldados ya habían dado buena parte del resto de gorls.

La avanzada había caído. Había que buscar otra avanzada, no sin antes avisar a los habitantes de Amoch de aquello que venía.

Varios fueron los grupos de vanguardia gorl que Arik y sus hombres interceptaron durante las siguientes lunas. Cada vez más numerosos, cada vez más frecuentes. Algo estaba ocurriendo. Manshú parecía haberse dado cuenta.

Arik decidió entonces avisar a los generales de que su plan ya no podía continuar. Habían interceptado a varias avanzadas y retrasado a la horda todo lo que habían podido. Ahora, era el momento de frenar a la horda con la ayuda del ejército.

De camino a Azog, Arik recibió un mensaje de los espías de que la horda se movía en su dirección. Eso implicaba dos cosas, que debían darse prisa y que tanto ellos como Manshú pasarían por el cañón del Lobo.

El cañón del Lobo era el único camino por el que Manshú podía atravesar con su horda la cordillera que separaba las tierras bajas de los reinos del Óllalo de las medias y altas.

La cordillera era una muralla natural frente a los ejércitos, pues ninguno sería capaz de pasarla por encima.

Sólo quedaba entonces la opción de atravesarla por un cañón de unas cuatro horas de recorrido, con una anchura en su mejor parte de alrededor de cincuenta metros y con paredes tan altas como enormes torres de castillos, difíciles de escalar.

Paredes que se cerraban conforme su altura avanzaba a modo de semitecho.

El cañón, a su vez, terminaba en una muralla de piedra de unos cuarenta metros de alto, con un portón que limitaba el paso de las gentes y vigilado por un destacamento de soldados.

Un soldado apareció corriendo en la sala de los generales buscando a Ordep.

-Mi general, tenemos noticias de las sombras.

Ordep habló con aquél soldado. Su hermano Arik le decía que se encontrarían en el cañón del lobo en tres lunas.

Necesitaba de un gran grupo de arqueros y de hombres que pudiesen mover con herramientas grandes cantidades de terreno en pocas horas, redes, sebo y mucho aceite del usado para las lámparas en la noche.

Manshú tenía planeado pasar por el cañón del lobo y le quería preparar una sorpresa antes de que pudiese atravesarlo.

-Naa, si os parece bien, me llevaré a parte del ejército y a nuestros soldados más expertos en el movimiento de tierras para intentar frenar el avance de Manshú. Mientras, Vanhira y el resto de generales pueden seguir preparando la defensa de Azog-, dijo Ordep.

Naa asintió.

Ordep pidió a sus capitanes que preparasen todo lo que su hermano había pedido. Había de estar listo esa misma noche, pues al alba partirían. Tenían una luna de camino y llegarían justo a la vez que Arik.

Ordep se había despedido de su mujer e hijos.

Dejaba a su sobrina Moel encargada de protegerles a ellos y a su hermano pequeño.

Sabía de lo que ella era capaz. Tan capaz, que le pidió que ejerciese nuevamente de espía y estuviese al tanto de todo lo que se hablaba en la sala de los generales y, si había alguna cosa rara, se lo hiciese llegar sólo a él.

Era el amanecer de la tercera luna cuando Arik vió a su hermano aparecer por el horizonte, con grandes carros llenos de todo aquello que le había pedido.

-Sabía que vendrías-, dijo Arik.

-No creía que lo dudaras-, contesto Ordep.

-Ven, voy a contarte qué se me ha ocurrido preparar para la llegada de la horda-, continuó Arik, dibujando su plan en el suelo entre la arena. Poco a poco le fue explicando todo aquello que tenía en mente. Mientras, su hermano daba las órdenes oportunas a sus soldados.

Arik sabía que antes de mandar a la horda vendrían los grupos de exploradores, por lo que decidió hacer desaparecer todo aquello que pudiese delatarles. Su mente era experta en eso, un ejército invisible.

Hizo preparar rozas en la parte baja de las paredes del cañón, atravesándolo de lado a lado, llenándolas de aceite y sebo y cubriéndolas con telas, arena y restos de arbustos para hacerlas invisibles.

Las redes estaban preparadas en las paredes laterales del cañón, sobre sus cabezas.

Redes de más de 20 metros, tensas como tripas, impregnadas de ese valioso aceite mezclado con arena de la montaña.

Pidió que hiciesen rozas en las paredes y sujetasen con maderas la estructura, a falta de soltar la base agarrada a fuertes cuerdas que llegaban hasta la zona de la muralla, donde grupos de varios caballos tirarían con fuerza para hacerlas caer al paso de la horda.

Preparó trenzas de caza con redes y arbustos por encima de telas, para ocultar a los arqueros en la parte alta del cañón.

Tras la muralla, montó las tormentarias, capaces de disparar cientos de flechas de manera simultánea.

Las colocó en los carros de llevar la paja y las cubrió con telas y paja.

Los soldados se escondieron en la parte interior de las murallas, todos excepto aquellos que era normal que estuviesen en los puestos de vigilancia.

El grupo de Arik vigilaba la llegada de las avanzadas.

Les vieron llegar e irse, con la idea, esperaban, de no haber visto nada fuera de lo normal.

El cañón parecía desierto, fuera del movimiento habitual de las gentes del lugar y mercaderes, y con sólo la guardia de la muralla.

El plan parecía funcionar. Dos lunas les darían la razón, o no.

Durante la espera, Arik preguntó a su hermano sobre sus hijos.

Estaba preocupado por Moel y su entusiasmo por meterse en problemas.

Mientras escuchaba a su hermano, Ordep no dejaba de pensar en que parte de ese afán de su sobrina de meterse en problemas lo había fomentado él haciéndole ver el uso de las armas como un juego y avivando su curiosidad por saber. Cuando Arik calló, Ordep le dijo:

-Hermano, tu hija tiene la curiosidad de su madre y la sangre de soldado de su padre, no puedes pedirle que se esté en casa cuidando de ella y de su hermano Leinad. Ambos están bien-, prosiguió, -están en casa con Amira y mis hijos.

Uno de los soldados de Arik, que se había quedado al inicio del cañón para avisar cuando la horda se acercara, apareció esa noche en el campamento.

Manshú había llegado a la entrada del cañón.

Decidió no entrar esa noche y montó su campamento justo al inicio, en la zona amplia antes el cañón.

Quizá, esperando al alba para no tener sorpresas con las que encontrarse.

Sobretodo, pensando en los grandes animales que llevaban con ellos.

Arik mandó de nuevo a dos de sus sombras al inicio del cañón para avisarles de cualquier movimiento y estar atentos de las avanzadas. Quizá se moviesen esa noche.

En el castillo de Azog, Vanhira discutía con varios de los generales sobre cuáles eran las mejores propuestas de defensa de la ciudad.

Mientras ella mantenía que la mejor opción era un ataque preventivo a la horda, nada más llegar a la llanura del otro lado del Orbe, los viejos generales hablaban de esperar a que intentasen cruzar el río y mantener una actitud defensiva de la ciudad.

Había tres puentes en la zona de Azog que daban paso a ella.

Uno central, el más grande, era un puente de piedras grandes y robustas, con dos torres vigía no muy altas a su inicio y una pequeña muralla que bordeaba el puente hasta su entrada a la ciudad.

Ese puente tenía un acceso mediante una puerta de madera reforzada con grandes cerrojos.

Disponía de dos guías inundables de aceite de pescado y sebo que recorría ambos laterales, a modo de pequeño canal hasta la puerta principal.

Estos se llenaban ahora de sebo para ayudar a prender.

En su parte central, contaba además con un paso levadizo de madera que podía elevarse y cortar el acceso en caso necesario.

Los otros dos puentes eran de madera, fácilmente inutilizables en caso de intento de invasión.

Las grandes murallas de piedra de Azog la hacían casi inexpugnable a la mayor parte de los ejércitos dada su altura y grosor.

Con grades torres de carácter fuertemente defensivo, no era una ciudad pensada para el disfrute de los ojos sino, para una única función, ser un auténtico refugio para sus habitantes en caso de invasión.

Una ciudad difícilmente penetrable y con ningún punto débil una vez cerradas sus puertas.

Pero, este ejército, esta horda, no eran como la mayoría y los generales estaban nerviosos.

Cada general tenía ya dispuesto cuál era su función y la de sus ejércitos.

Quienes avanzarían para detener a ese ejército invasor y quienes protegerían la ciudad desde dentro.

Naa coordinaría la defensa junto a ellos.

-¿Hay noticias de Ordep?-, preguntó Naa a sus generales.

-Están esperando a Manshú en el cañón del lobo, mi reina-, dijo Mushone.

-Esperemos que puedan contenerlos allí y evitemos un mal mayor-, prosiguió el viejo general.

-Para frenarles quizá hubiésemos tenido que ir todos allí-, replicó Vanhira con un tono de voz que denotaba su disgusto por estar a la espera., -y esperarles antes de entrar en el cañón-, prosiguió acompañando sus palabras con gestos de lucha.

-No-, dijo Ledif, el viejo instructor de Moel.

-El cañón del Lobo es estrecho y escarpado.

Ahí nuestro ejército no hubiese podido hacer frente a las fuerzas gorl-, continuó mientras se levantaba para dirigirse a todos los presentes.

-Luchar a la entrada del cañón frente a los miles de soldados de la horda hubiese sido un suicidio.

Nosotros sólo podríamos tener la protección de las paredes a nuestra espalda y líneas de ataque de unos pocos cientos de soldados.

Sería una ratonera. Ordep lo sabía y por eso se ha llevado un número más que suficiente de soldados para ello-, concluyó.

-Sus soldados sólo podrán contenerlos un tiempo-, dijo Mushone.

-Eso es, mi querido general-, dijo Ledif. -Ordep no pretende derrotar a nuestros enemigos en el cañón. Lo que pretende es retrasar su llegada hasta el lado sur del Orbe, causando el mayor número de bajas posible en sus filas.

-Estaremos preparados-, dijo Naa mientras se ponía en pie y hacía gestos a sus generales y asesores para que preparasen todo lo hablado en esa sala.