Fantasmas
M anshú, tras cuatro lunas de camino, había atacado con el alba y derrotado ya la débil defensa de Amahla, apoderándose de todas sus fuentes de subsistencia.
Él sabía de lo importante de su victoria, no ya por lo que suponía en víveres y riquezas, sino porque era la primera ciudad por encima de la línea del sur.
Había empezado una andanza que podía cambiar el mundo que conocían. Había empezado una nueva era.
Las avanzadas gorl informaban de cada uno de los poblados, de cada una de las aldeas y ciudades que se encontrarían a su paso, dos o tres lunas antes de su llegada. Cada avanzada les permitía preparase para afrontar la batalla con la dureza necesaria para derrotar a sus enemigos.
-¡Nanjhí!,- llamó Manshú. -Prepara a la horda, partimos hacia Azog.
-¿Azog?-, replicó sorprendido Nanjhí. -Quizá no deberíamos ir tan al norte, estas tierras ya son buenas para nuestro pueblo.
Manshú le miró y dijo con una voz tan de mando como desafiante:
-Si quieres matar a una bestia, has de arrancarle el corazón. Prepara a los guerreros.
Nanjhí mandó llamar a los jefes de los respectivos clanes de la horda.
En pocas horas, los miles de gorls apostados habían formado para partir en busca de su destino.
Los cuernos de búfalo resonaban movilizando la horda, mientras nadie veía que, en la colina cercana, una figura negra observaba en silencio.