Lunas de cambio #2
Arik revisaba el mapa buscando posibles objetivos de los gorl.
Cuando Ordep y Naa terminaron su conversación, Naa preguntó a Arik que necesitaba de sus generales.
Este les dijo que saliesen todos sus espías en busca de confirmación de la presencia de gorls en los puntos más débiles del norte y en los objetivos más previsibles del camino hacia el sur.
Les daba seis lunas para conseguir la información y hacérsela llegar.
El mismo general Mushone, y con la misma condescendencia, le preguntó de la misma forma que antes:
-¿Y a dónde le mandamos dicha información al grande de los grandes?
Arik le respondió:
-A Amahla.
Tras eso, Ordep agarró el antebrazo de su hermano a modo de saludo y le dijo al oído:
-Recuerda hermano, has de volver a cuidar de tus hijos.
Arik, asintió y salió de la sala.
Cuando Arik hubo abandonado la sala, el general Mushone, veterano de grandes batallas, replicó a Ordep su decisión de mandarles frente a los gorls y la confianza depositada en ese hombre, incapaz de mediar más de dos frases seguidas.
Amante de lo místico e incrédulo de las acciones de unos simples cinco soldados como los de Arik, con su personal condescendencia, dijo:
-Un hombre incapaz de explicar sus batallas no es digno de confianza, no es un soldado-, dijo con su tono habitual.
Ordep se volvió hacia él y le dijo, con un tono de voz pausada y amenazante a partes iguales:
-Quizá mi hermano no tenga el don de la palabra, pero puede estar seguro de que su don está con su espada. Yo, si fuera vos, me andaría con cuidado entre las sombras de camino a casa.
Mushone se puso pálido, abrió sus ojos y, mientras miraba a todas las zonas oscuras de la sala, tragó saliva para aliviar su angustia.
Naa se levantó y comentó que se verían mañana, ya era tarde, y pidió a sus generales que hiciesen lo que había pedido Arik.
Vanhira, general de los ejércitos del Este, y una de las más astutas en cuanto a gestión de recursos militares, acudió a primera hora del día a la casa de Ordep.
Intentaban preparar la defensa de la línea del Orbe, mientras Arik retrasaba a los gorls, por si el ejército no conseguía detenerlos antes de llegar a la línea media del río.
No podía permitir que cruzasen y se extendiesen al Norte.
Su ejército estaba formado por cientos de amazonas fuertes y expertas en el uso de las armas. Ágiles jinetes, eran la parte ligera del ejército que podía atacar de forma rápida por los flancos. Ordep siempre había confiado en ellas.
A la casa de Ordep acudieron el resto de generales de las distintas partes de de los reinos del Óllalo.
Cada uno iba exponiendo la que creía sería la mejor forma de detener a los gorls.
Poco a poco, entre todos ellos, fueron gestando una estructura de ataque y de defensa al mismo tiempo.
Naa observaba como aquellos hombres y mujeres hablaban sobre decidir el futuro de todo un pueblo. Pasado un tiempo dijo:
-No debemos olvidar que somos un pueblo libre y nadie ha de ser castigado por ello.
Sus palabras se debían a que generales del viejo orden de los reinos del Óllalo hablaban de la necesidad de soldados y de tildar de traición cuando familias sin madre, dependientes del padre, quisieran no ir al frente.
Ante eso, Vanhira respondió:
-Y, ¿qué libertad tendrán sus hijos si los gorls conquistan su tierra y mueren en ella?
Naa, simplemente bajó su cabeza, la amazona tenía razón.
Moel se había despertado temprano para despedirse de su padre. Le pidió en repetidas ocasiones que la llevase con él, a lo que su padre respondía no una y otra vez.
-Has de cuidar de Leinad.
-Leinad puede quedarse con la tía y con los primos-, replicaba Moel. Ésta insistía una y otra vez mientras su padre preparaba su marcha.
Cansado de tanta insistencia, Arik gritó:
-¡No!, ya he perdido a tu madre, no quiero perderte a tí. Fin de la discusión.
En ese momento su tía entró por la puerta junto a sus primos en busca de ella y de Leinad para llevarles a su casa.
A regañadientes, se despidió de su padre con un gran abrazo, como si no lo fuese a volver a ver nunca más y acompañó a su tía, no sin antes recoger sus espadas y otras pequeñas armas que decía le servirán para llevar a cabo la acción que le había encomendado su padre, proteger a su hermano Leinad.
Cuando sus hijos se marcharon, Arik se arrodilló frente a los recuerdos de su esposa y dijo:
-No te fallaré, amor mío.
Se levantó, colocó su escudo negro a su espalda y salió en busca de sus hombres.
Moel vió a su padre marchar desde la lejanía. No se iría solo, pensaba ella.
Al llegar a casa de sus tíos Moel vio a un grupo de gente hablando en la sala grande de la casa.
Una señora vestida con grandes ropajes, varios viejos soldados refunfuñando y opinándose unos sobre las palabras de los otros, su tío y otra mujer con vestimenta de guerrera que llevaba la conversación en ese momento.
También vio un mapa, con señales y cosas escritas.
Moel veía a su tío mirar el mapa con el ceño fruncido.
Algo no le gustaba. Parecía que estaban haciendo algo importante, ¿pero qué?
Moel sabía que su padre se había marchado, que había ido a un lugar peligroso, pero ¿qué de peligroso era aquello que podía pasar que había hecho ponerse nervioso hasta a su tío Ordep? Él nunca se ponía nervioso, por nada.
Moel espero paciente a que todos se marchasen y entonces se acercó a su tío.
-Tío, ¿qué ocurre?
-Te lo diré tras la cena Moel. Estoy hambriento-, respondió Ordep.
Moel vio a su tío todo lo normal que podía estar una persona de su rango y responsabilidad.
Cariñoso y educado con su esposa e hijos, pero serio y pensativo a la vez.
Impaciente por obtener respuestas, Moel no dejaba de mirar a su tío con cara de querer saberlo todo.
Ordep la miraba y de vez en cuando le decía:
-Después.