Lunas de cambio
M oel acudió a buscar a su padre tras acostar a Leinad. Con cara de asombro y de no entender nada, le dijo:
-Padre, ¿qué ocurre? El tío, tú…
Su padre le interrumpió:
-Hija mía, siéntate y escucha. No soy quien tú crees. Siempre deseé que este momento no llegase nunca, pero ya no depende de mí. Le prometí a vuestra madre que os protegería siempre y ésta, que te voy a contar, va a ser la única forma de poder hacerlo.
Arik se quitó la camisa, manchada. Ahora Moel entendía todas aquellas cicatrices y sentía conocer a su padre por primera vez. Cada una de aquellas cicatrices parecía contar una historia que su padre nunca quiso contar. Se sentó junto a su hija y le explicó el porqué su tío necesitaba de su ayuda.
-Tu tío no necesita herreros, hija-, dijo Arik,-necesita soldados. Y yo fui uno de los mejores.
Moel no pestañeaba.
-No siempre trabajé el acero para otros-, continuaba Arik.- Durante años yo empuñaba ese acero. Lo que hoy llamamos paz no es más que el regalo del precio que se pagó en el pasado.
Moel no salía de su asombro, tenía tantas preguntas que hacer a su padre, pero no quería interrumpirle. Arik respiró hondo y estuvo hablando a su hija hasta bien entrada la noche, explicando el origen de lo que fue.
-Hace dos generaciones, el reino del Óllalo estuvo al borde del colapso.
No por invasiones externas, sino por algo incluso peor, sus propios mandatarios.
Tres nobles reclamaron el trono por ambición y estalló una guerra civil que provocó miles de muertes.
Esa guerra no se ganó con ejércitos, sino desde las sombras.
Las palabras “las sombras” parecían empequeñecer y oscurecer aún más el cuarto donde estaban.
-En el corazón de todo ese caos, un grupo sin nombre, sin bandera, de espías, soldados y monjes detuvimos a quienes debían protegernos y paramos la guerra desde dentro. No fuimos héroes, ni villanos, solo la última esperanza entre la continuidad del reino y la extinción.
Moel tragó saliva.
-¿Y tú fuiste uno de ellos?-, preguntó.
Arik bajó la mirada mientras respiraba profundo, para decir:
-Lo fui.
-Desde entonces, aquellos hombres expertos en ser invisibles sin desaparecer, hemos servido al reino desde las sombras, luchado junto a los reyes, para conservar la paz del reino-.
-Ahora descansa, hija mía-, dijo Arik besando la frente de su primogénita.
Como todas las mañanas, Leinad entró saltando y corriendo en busca de su hermana.
Él estaba convencido de que, tras el desayuno, irían como siempre al molino y después a sus horas de formación.
Moel despertó como si de un sueño se tratase, recordando débilmente la conversación que había tenido con su padre hacía pocas horas.
De repente, fue consciente de todo lo que pasaba y saltó de la cama, cogió a su hermano y fueron a buscar a su padre a la sala.
Estaba el mismo fuego encendido de siempre, el mismo desayuno en la mesa de siempre, pero su padre no estaba.
Moel dijo a Leinad que le esperase mientras buscaba a su padre por toda la casa, sin éxito.
-¡Papá!, ¡papá!-, llamaba por todas las habitaciones, pero el silencio era su única respuesta.
Moel cogió a Leinad y fueron a la herrería de su padre, tirando de su hermano que no entendía nada y sólo pensaba en su desayuno y en por qué su hermana le había arrebatado tan suculento festín a primera hora del día.
Y allí estaba Arik, en su fuego, sudando de calor mientras golpeaba el acero, vestido con su camisola blanca de herrar, dejando entrever las cicatrices que hasta ahora Moel creía fruto del oficio de herrero.
Pero, ¿con qué fin? Moel se detuvo y observó a su padre un instante, el suficiente para que Leinad entrase corriendo y gritando:
-¡Papá!, ¿dónde estabas?, mi hermana no me ha dejado desayunar. Decía que teníamos que encontrarte. ¿Qué haces?
Moel repitió:
-Eso, ¿qué haces?
Arik enseñó a sus hijos en lo que había estado trabajando desde muy temprano.
Había forjado ya dos espadas, de esas que su tío Ordep le decía a Moel que había visto en el Este, más largas que las que ella tenía, más gruesas y con filo por ambos lados, algo que sólo los muy expertos herreros podían conseguir, y que sólo los grandes soldados podían manipular sin ser ellos mismos víctima de sus armas.
Moel y Leinad se quedaron un rato viendo como su padre seguía trabajando. Arik los miró y les dijo:
-Hijos, marchad a desayunar, yo seguiré aquí cuando acabéis. Tenéis muchas tareas que hacer, no os demoréis.
Moel cogió a su hermano y se marcharon a casa. Al llegar a la puerta se encontraron con su tío quien les preguntó:
-¿Dónde está vuestro padre?
-En la herrería-, dijo Leinad.
Sin mediar más palabra Ordep les sonrió y se marchó en busca de su hermano. Al llegar pudo ver lo que su hermano estaba preparando.
-Veo que ya tienes una decisión-, dijo Ordep.
-Sólo veo una si quiero proteger a mis hijos-, dijo Arik.
-Cuando se ponga el sol acude al castillo, hemos de reunirnos para decidir cómo vamos a afrontar esta situación. Nuestros soldados dicen que los gorls están ya muy próximos a Amahla y temen un ataque-, dijo Ordep.
Arik simplemente asintió.
A la llegada del anochecer, Moel escuchaba ruidos en la habitación de la parte alta de la casa, acudió allí y vio a su padre rebuscando entre ropajes.
-Papá, tengo miedo-, le dijo.
-¿A qué, hija mía?-, le respondió Arik.
-Tengo miedo de que pueda ocurrirte algo, no sabes usar las armas. Déjame que vaya contigo y te proteja. Yo sé usar la espada, el arco, la lanza…- decía Moel.- No pienso quedarme en casa. Si vas a luchar, yo también.
Arik dejó por un momento lo que estaba haciendo, esa reacción era esperada, pero no podía permitirla.
-Hija mía-, dijo Arik, -sé que sabes usar bien las armas. Yo mismo te hice cada una de ellas. Siempre he contando con tu estatura y tu peso para que fuesen ágiles y certeras a tus manos.
-¿Lo sabías?, dijo sorprendida Moel.
Arik simplemente sonrió.
Arik abrió un viejo arcón. El olor a cuero viejo subió hacía él como un fantasma. De allí sacó un ropaje que a Moel le resultó inquietante. Un traje negro que sólo había visto en libros prohibidos. Asesinos. Eran un mito. Ese traje, ¿era real?, de dónde lo había podido sacar su padre.
-No puede ser…-, susurró Moel.
-Las sombras existen, hija. Y yo fui una de ellas.
Mientras Moel pensaba ensoñada todas aquellas cosas, Arik ya se había vestido con él.
Todo de negro, encapuchado y con pañuelo a modo de máscara, Moel no podía reconocer en ese hombre a su padre.
Tan sólo podía ver a una sombra, un asesino de sus libros de historia. Pero esa sombra, esta vez era su padre.
Arik se giró, miró a Moel y apagó la vela que iluminaba la habitación con sus dedos desnudos, mientras le decía:
-Hija mía, nunca tengas miedo de las sombras, pues tu familia son las sombras.
Cuando Moel parpadeó en la oscuridad, ya no estaba. La ventana seguía cerrada.
Ya entrada la puesta del sol, en la sala de los generales hablaban de las fuerzas que debían enviar a Amahla para proteger la ciudad.
Los espías hablaban de que hacía dos lunas los gorls estaban cerca.
Mientras unos u otros hablaban de la cantidad de soldados a enviar, una voz salida de las sombras del fondo de la habitación decía:
-Ya solo podemos mandar a grupos que recojan los restos de la ciudad. Los gorls se mueven rápido y a estas alturas no sólo habrán saqueado Amahla, sino que estarán pensando en avanzar más al norte.
-Eso es de lo que yo también estoy convencido hermano, y estos vejestorios no quieren asumirlo-, dijo Ordep.
Arik salió de las sombras, de negro, incluso sus espadas eran meticulosa y cuidadosamente negras.
Ni un brillo, ni un atisbo de luz. Su figura era tan oscura como su mirada.
Aquél padre amoroso había dejado paso al soldado que una vez fue y que, por el amor a sus hijos, se había visto obligado a volver a ser.
Naa, la reina, se fijó en tan oscura figura.
-¿Tú eres Arik, del que todos hablan?-, dijo Naa.
Arik hizo una leve reverencia confirmando las palabras de Naa.
-Siento que tengamos que conocernos en tal difícil situación-, le comentó Naa. -No os he visto en ninguna de mis reuniones con mis asesores y generales.
-No es un lugar en el que me sienta cómodo-, respondió Arik, que simplemente se alzó y se volvió hacia su hermano y los generales.
En el suelo había un gran mapa que comprendía todos y cada uno de los reinos que integraban las tierras del Óllalo, con estructuras similares a los ríos, zonas montañosas, bosques e incluso las ciudades y aldeas.
Había simulados ejércitos y posibles acciones militares. Arik grababa en su mente cada detalle.
-Necesitamos cerrarle los ojos a los gorls-, sugirió Arik con voz firme.
-Y, ¿cómo sugiere el gran Arik que hagamos eso?
-, le respondió con tono condescendiente uno de los generales de porte oscuro, no sólo en sus ropajes, sino también en su persona.
Mushone, que así se llamaba, se había ganado el derecho a estar en esa sala, tras años de liderar ejércitos en muchas batallas para el reino, si bien sus modales y procedimientos no eran del agrado de muchos.
Arik miró a su hermano y Ordep simplemente preguntó:
-¿Cuántos?
-Cinco-, respondió Arik.
Naa, entre sorpresa y desconcierto, dijo:
-¿Cinco qué? y ¿para qué?
Ordep respondió:
-Cinco sombras para acabar con las avanzadas de los gorls. Sin avanzadas no sabrán qué es lo que pueden encontrar en los siguientes puntos que pretenden atacar.
-¿Sombras?, ¿avanzadas?, disculpad pero, ¿qué es eso de las sombras y las avanzadas?,- preguntó Naa.
Ordep respondió a Naa, mientras Arik tan sólo se mantenía bajo su capucha negra, en silencio, a la espera de la confirmación de su hermano.