Nueve lunas de Antares Un nuevo líder
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Un nuevo líder

L a horda había llegado hasta una pequeña aldea, donde se vieron sorprendidos por un grupo de soldados que había salido en custodia de un carruaje de recogida de impuestos.

Varios gorls murieron en la contienda. Algo había fallado en las avanzadas.

Un fallo que había costado la vida de sus guerreros.

Los cadáveres gorls aún sangraban sobre la tierra cuando Manshú llegó.

Se acercó hacia el jefe de la avanzada, quien intentó hablar, pero no llegó a pronunciar ni una sola palabra.

Manshú lo miró y, sin decir nada, su cuchillo le abrió el cuello con un único gesto, preciso y frio, provocando su muerte.

El cuerpo cayó al suelo, el resto bajó la mirada.

-Que nadie vuelva a fallar-, dijo, sin levantar la voz.

Los gorls vivían ahora bajo el mando de un nuevo y ambicioso líder.

Sus costumbres, pese a que se habían vuelto algo más civilizadas, no dejaban de ser las de unos auténticos bárbaros.

Una horda inmensa compuesta de clanes, cada clan con un jefe y todos ellos bajo el mando de un único líder, Manshú.

De mirada desafiante y con pinturas de guerra blancas que contrastaban con su rojiza piel, lucía una gran cicatriz sobre uno de sus ojos, fruto de una de sus innumerables batidas de caza de leones.

Ese león, que casi le arrebató el ojo, servía ahora de montura para su elefante.

Manshú había prometido a su pueblo nuevas tierras de caza con innumerables riquezas que harían de su pueblo el más poderoso del sur, tanto que poco a poco esas tierras se desplazaban cada vez más al norte, invadiendo los territorios de otros pueblos, conquistando sus tierras y cumpliendo con la vieja costumbre gorl para evitar la hambruna entre su gente, no hacer prisioneros, no tener cargas.

Pero Manshú tenía en mente algo más que la mera conquista de un territorio, se movía por algo más fuerte y profundo que eso. Algo que, quizá incluso, se escapaba de su propia comprensión, solo al alcance de la de un dios, quizá.

-Llevamos semanas marchando sin descanso. ¿Hasta dónde vamos a continuar?-, dijo desde atrás Nanjhí, uno de los guerreros de más confianza a Manshú.

Éste le miró de reojo volteando su cabeza y con una mueca que dejaba esbozar una vil sonrisa, se giró de nuevo al frente y contestó:

-Hasta que nuestros hijos sean libres. Nos llaman monstruos. Enseñémosles qué ocurre cuando los monstruos aprenden a pensar.

Manshú no se detendría hasta ser dueño de todas las tierras de los reinos del Óllalo, incluido el lejano norte, del que tantas historias había escuchado y al que tanto odiaba por recluirles en el sur.

Un norte en el que se encontraba aquello que en silencio anhelaba y perseguía conseguir, costase el precio que costase.

Él sabía que los pueblos del norte estaban llenos de pequeños humanos que huían atemorizados al verles y fáciles de vencer en el combate cuerpo a cuerpo.

No entendía por qué sus ancianos habían perdido aquella batalla que les confinó de nuevo en el sur.

Era la hora de demostrar quién debía gobernar todos los reinos del Óllalo.

Era la hora de demostrar que él era más que un líder, más que un rey. Era hora de hacer historia.

-Mandad la avanzada a Amahla, quiero saber qué nos vamos a encontrar-, dijo Manshú.

-Es una ciudad pequeña, casi sin soldados, se dedican a comerciar con pieles y cereales para mantener durante el invierno a otras ciudades y aldeas de la zona-, dijo Nanhjí.

-No quiero sorpresas-, recriminó Manshú.

Nanjhí asintió con la cabeza y mandó buscar al grupo de avanzada para que hiciesen un reconocimiento de la ciudad. Entretanto, Manshú ordenó montar un campamento para que sus guerreros recobrasen fuerzas para lo que se veía venir.

Manshú era un bárbaro, sí, pero no había llegado hasta su posición en la horda siendo tan sólo el gorl más fuerte de todos, también lo había hecho por sus dotes para que todo aquel que se cruzase en su camino lo siguiese ciegamente hasta el final.

Un líder nato, con dotes para la guerra.

Y, lo más peligroso para un pueblo, un líder sin miedo.

Seis lunas habían pasado cuando los guerreros de la avanzada regresaron con noticias sobre Amahla.

-¿Qué habéis visto?-, les preguntó Manshú.

-Es una ciudad muy confiada, Manshú. No tienen apenas guardias, ni armas, será muy fácil apoderarnos de ella-, dijo uno de los guerreros de la avanzada.

-Tienen comida y ropajes como para alimentar y vestir a todos nuestros guerreros-, dijo otro de ellos.

Manshú les pidió que le explicasen cómo estaba estructurada la ciudad, líneas de defensa, murallas, etc.

, no quería dejar nada a la improvisación.

Era un bárbaro, pero también era el “general” de sus bárbaros y lo demostraba en cada una de sus contiendas.

Una vez sabido cada detalle de la ciudad, Manshú dijo:

-Preparaos, con el alba saldremos hacia Amahla.