El resurgir de las vidas pasadas
M oel estaba entrenándose con sus espadas de madera junto su tío Ordep cuando su risa dejó de estar presente al ver a un soldado acercarse a su tío. Ordep tensó su mandíbula, miró a Moel y le dijo:
-Sobrina, creo que hemos de dejar este juego para otro momento, me llaman del castillo.
Moel, pensativa, daba vueltas a su cabeza, ¿qué iba a querer la reina Naa de un comerciante como su tío?. Curiosa, como siempre, no hizo caso de lo que le dijo su tío y no fue a casa con su padre, sino tras él, escondida en las sombras, tal y como su instructor le había enseñado.
Moel siguió a su tío hasta el castillo. Vestida como una sirviente, pasó por la puerta de servidumbre cargada con una cesta de ropa que había cogido en la entrada.
Nadie mira a los sirvientes, pensó. Una vez dentro, se movió por los pasillos hacia la sala donde debía estar su tío con el resto de mandatarios.
Uno de los guardias de las puertas de paso casi la descubre, escondiéndose junto a un carro lleno de pergaminos, que unos oficiales arrastraron poco más tarde.
Sin dudarlo, cogió varios de estos pergaminos, como si estuviese ayudando a trasladarlos y llegó hasta una sala dentro del castillo donde estaban varios hombres.
Todos ellos vestían como soldados, todos, incluido su viejo instructor. Fue este quien dijo a Ordep:
-Ha llegado el momento, mi querido amigo. Los gorls han atravesado las líneas del sur y se dirigen al norte. Los emisarios de Amahla nos han informado que están a menos de doce Lunas de allí. Debemos estar preparados para defender la línea del Orbe, si nuestro ejército no puede parar su avance.
Ordep no medió palabra, se cogió del antebrazo con fuerza con el viejo instructor, tal y como los grandes generales se saludaban a modo de respeto mutuo, asintió y salió de la sala.
¿Era posible?, su tío, el mercader, ¿era en realidad un soldado?
Moel se apresuró para ir a casa antes de que su tío llegase.
Sabía que más pronto que tarde iría allí a contarles lo que estaba ocurriendo.
Apresurada y despistada a partes iguales, Moel no se percató que tras ella estaban dos guardias de la reina que le habían visto salir de la sala.
Moel llegó a casa, saludó a su padre, que estaba preparando venado, y hablaron de cómo les había ido el día.
-¿Dónde está Leinad?, preguntó Moel.
-Está jugando con tus primos en casa del tío Ordep-, contestó su padre. -Pon la mesa, tu tío y su familia vienen a cenar-, le dijo.
En ese momento se abrió la puerta, no era su tío.
Dos soldados de la reina entraron para apresar a Moel y llevarla al castillo para conocer por qué estaba espiando en la sala de los generales.
Justo en el momento, en que uno de los soldados se acercaba a ella, entró el padre de Moel a la sala con el venado diciendo:
-Hermano, espero que este rico venado sacie esa gran hambre que gastas...
Se quedó por un segundo parado al observar las vestiduras de los soldados, dejó el venado en la mesa que Moel había preparado y dijo:
-¿Qué quieren dos soldados de la guardia de la reina de mi hija?
Uno de los soldados agarró a Moel del brazo, zarandeándola:
-Habla-, gruñó el soldado, -¿qué oíste, muchacha? -, dijo.
Moel dudó. Si hablaba, traicionaba a su tío. Si no lo hacía…
Un golpe encima de la mesa del soldado hizo que Moel perdiera el aliento por unos segundos.
-Última oportunidad, muchacha, dijo el soldado.
Justo en ese momento Leinad y sus dos primos entraron correteando por la puerta. Acto seguido, su tía y un gran hombre de su mano. Vestido como uno de los generales del castillo, su tío entraba en la sala.
Ordep se dirigió a los soldados. Su fuerte voz, hacía temblar su frondosa barba:
-¿Qué hace soldado?
A lo que el soldado más lejano a Moel contestó:
-Mi general, esta muchacha estaba escondida en la sala de los generales y creemos que ha escuchado lo que allí se dijo, no sabemos cuáles son sus intenciones.
Ordep miró a su sobrina, sonrió y dijo:
-Soldado, esta muchacha es uno de mis espías, estaba haciendo su trabajo. Vuelvan al castillo.
Los soldados golpearon su pecho con su brazo derecho a modo de saludo y se marcharon.
Ordep dijo:
-Huele bien hermano, ¿cenamos?
Todos se sentaron en la mesa. La mirada del padre de Moel hacia ella hacía prever que nada bueno le esperaba a esta al terminar la cena. Su tío en ese momento dijo:
-Hermano, no te enojes con mi sobrina, es el vivo retrato de su padre.
El padre de Moel respondió:
-Prometí a su madre que no dejaría que les pasase nada nunca, a ninguno de los dos. ¿Cómo voy a mantener mi promesa si todo el día están jugando a batallas? Y ahora, ¿en qué líos te has metido Moel?-, le preguntó a su hija con cara de aquel que se siente perdido.
-Hermano-, dijo Ordep, -quizá estos juegos salven la vida de tus hijos.
Arik, que era como se llamaba el padre de Moel, miró a su hermano y le preguntó:
-¿Por qué dices tal cosa?
Ordep le contestó:
-Que te lo cuente Moel, ella debió de escucharlo todo.
Moel miró a ambos y reconoció haber escuchado pero no haberse enterado de mucho. Sólo reconoció haber escuchado que había llegado el momento, pero de qué, no lo sabía. Sin embargo, algo en su cabeza le decía que quizá aquel ser que vio en el bosque podía tener algo que ver.
-¿A qué momento se refiere?-, preguntó Arik a su hermano. -No te veía vestido así desde que volvimos del sur.
Moel no sabía ni dónde mirar, ni qué decir, ¿volvimos?
, ¿su padre también era soldado? Toda la vida había creído que su padre había sido un tranquilo herrero y su madre una profesora de niños huérfanos y hoy, ¿qué ha de creer?
Mientras Moel seguía incrédula en sus pensamientos imaginándose miles de historias en su cabeza, su tío interrumpió:
-Han vuelto a cruzar la línea del sur, ésta vez mucho más al norte. Naa ha mandado llamar a los generales para que preparemos una estructura de ataque en el sur y de defensa en la línea del Orbe. Y…, hermano, quiero que seas quien lidere mis tropas junto a mí. Te necesito a mi lado.
Moel no pudo procesarlo y se quedó sin palabras, tan sólo le salía decir:
-Papá, tú…, eres…
-Tu padre es un soldado Moel, como yo- dijo Ordep.
-Todo este tiempo…,¿me mentiste?-, preguntaba sorprendida Moel.
-Te protegía-, respondía su padre.
-No, me ocultaste quién eres-, contestaba Moel con gesto malhumorado y de decepción.
-Fue el capitán de los ejércitos del norte bajo la mano del general del fuego, yo. Ambos hicimos retroceder a los gorls en la batalla en la que murió nuestro querido Rey Auj-, relataba su tío.
Arik clavó la mirada en la mesa.
-De eso han pasado ya muchos años. Ese hombre del que hablas murió-, dijo Arik.
-No, hermano. Ese hombre que fuiste no murió, tan solo lo escondiste por el bien de tu familia-, decía Ordep.
Arik, continuando con su negativa, dijo, sin levantar su mirada de la mesa:
-No cojo una espada desde hace mucho.
-¿En serio?, respondió Ordep. Haces espadas todos los días, y veo como las pruebas entrenando cada noche, cuando tus hijos duermen. Un soldado no deja de ser un soldado, y menos tú, un guerrero de las sombras.
-¿Un guerrero de las sombras?-, preguntó Moel.
Arik, viendo lo nerviosa que se estaba poniendo su hija dijo:
-Centrémonos en la cena. Amira, ¿te gusta el punto que le he dado al venado?
Amira era una mujer de carácter, pero a su vez cariñosa con su esposo. De cabello recortado, tenía una de esas expresiones faciales que te lo decían todo sin mediar una sola palabra. Ella respondió:
-Quizá estas sean cosas que debáis hablar en otro lugar o en otro momento-, y se giró para hacer caso de sus hijos.
Terminada la cena, Amira se despidió de su esposo y se marchó con los niños a casa.
Arik, por su parte, mandó a Moel a acostar a su hermano pequeño.
De esta manera, podía así mantener una conversación más pausada con su hermano.
Cerrando la noche, Arik acompañó a su hermano a la puerta para despedirle. Éste se giró y preguntó:
-¿Vendrás conmigo?
Arik le miró a los ojos, Ordep asintió y la puerta se cerró tras él.
Moel escuchó la puerta cerrarse. Y entonces lo supo, si su padre volvía a la guerra…