Nueve lunas de Antares
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El origen
L as cenizas y el humo de las llamas hacían llorar los ojos de una familia de campesinos arrodillados en el suelo embarrado. Frente a ellos, Manshú, el gran jefe de la horda gorl. Tan solo una frase fue necesaria para que sus bárbaros degollasen los cuellos de aquella familia:
-“Sin cargas”.
La horda gorl avanzaba sobre los cadáveres todavía calientes de aquellos a quienes su destino había puesto en el camino de estos seres.
Sus ojos ámbar, grandes, como los de un felino, brillaban bajo las pinturas que cubrían su rojiza piel.
En busca de esclavos y comida, huían al norte de las calurosas noches rojas y del sofocante fuego eterno del sur.
Pueblo tras pueblo, ciudad tras ciudad, por toda la zona linde a sus territorios se adueñaban de todo y de todos.
Pero, esta vez era diferente. Esta vez se adentraron más.
En aquellas tierras del sur ya no quedaba nada tras vidas de saqueos.
Esta vez decidieron ir al norte. Altos, fuertes y rápidos.
Su sed de sangre y su despiadada forma de saquear las ciudades, les hacía parecer un enemigo invencible.
La flecha de Moel pasó rozando la oreja de su hermano.
-¡Eso ha sido a posta!, protestaba Leinad.
-Si hubiese sido a posta, no tendrías oreja, respondió con una mueca de complicidad.
Su trenza, de largo pelo castaño con suaves reflejos dorados, oscilaba mientras cargaba otra flecha.
Moel era la hija de un herrero. De ojos dulces y un poco más alta de lo esperado en alguien de su edad. Ella nunca había hecho caso de los consejos de su madre en cuanto a cómo una dama había de vestir. Moel se había convertido en todo un portento en el uso del arco y de la espada.
Cada mañana, Moel y su hermano se levantaban temprano y recorrían los cinco kilómetros que separaban el camino que había entre su casa y el molino. Ambos, lo hacían como un juego siguiendo lo que su tío y su padre les decían para que esa tarea diaria fuese realmente divertida.
Carreras, saltos y otras acciones nada propias de una dama y que hacían las delicias de su pequeño hermano Leinad.
Sin embargo, esa mañana, Moel notaba algo diferente en el ambiente.
Mientras jugaba con su hermano, pudo sentirlo.
Alguien o algo les observaba. Inquieta y curiosa, hizo que sus juegos con su hermano fuesen de tal forma que les llevase a descubrir qué o quién estaba tras ello.
Y allí lo vio, escondido tras la parte más frondosa del bosque.
Un ser de gran tamaño y aspecto aguerrido, que les miraba con unos enormes ojos como los de un felino, acechante.
El ser, al ser descubierto por la joven y su hermano, no se enfrentó a ellos, tan sólo desapareció.
Su tío, Ordep, el mayor de sus tres tíos, entrado ya en la edad de plata de los hombres, alto y fornido, tanto como para llevar a sus hombros a su propio caballo, se delataba en su edad por una prominente panza fruto de una buena vida.
Mercader viajado por todo el mundo, era él quien despertaba en Moel su curiosidad por las espadas y el arco.
Recordaba Moel la primera vez que su tío le enseño aquella espada ligera, que pidió hacer expresamente para ella.
-No necesitas una hoja grande-, dijo Ordep, moviéndola a gran velocidad,- solo una que te siga.
Moel quedó asombrada, y decidió que con aquella espada sería más rápida que cualquiera.
En sus viajes, Ordep hablaba de como guerreros del Este más oriental blandían espadas de menor tamaño y peso y, sin embargo, igual o más letales.
Moel, inquieta y apasionada como su tío, aprendió de él el uso de la espada y de cuantas armas caían en sus manos. Esta era una tarea más fácil de lo deseable para su padre, pues siendo herrero muchas de las armas de la ciudad eran forjadas en su fragua.
Moel siempre había pensado que su tío había hecho su fortuna comerciando con sedas y frutas provenientes del este, y que sus armas eran más bien un recuerdo a modo de souvenir, un detalle de sus negocios en dichos mercados.
No obstante, cada vez que le enseñaba el uso de un arma dudaba más de sus verdaderos negocios en el Este, dada la destreza que mostraba con ellas.
De entre todas las armas que su tío le había mostrado había una que Moel siempre le había dicho que era su favorita, justo aquella que su tío nunca le dejaría usar.
Un hacha doble, de dos filos redondeada en dos de sus extremos y recta en los otros dos, con puntas a modo de cuchillos en la parte superior, tan afilados que, hasta aún estando en la parte alta de su chimenea, se oía cortar el aire que pasaba junto a ella.
Curiosa, esa es la palabra que define a Moel.
Esa curiosidad le hacía tener una gran capacidad para aprender.
Aprender a ser capaz de defenderse por sí misma, física y mentalmente.
Como girar más rápido, como tensar más el arco, como conocer mejor a las personas, cómo ganar peleas sin asestar un solo golpe.
Los padres de Moel querían que sus hijos fuesen fuertes y pudiesen enfrentar la vida con decisión, sin doblegarse ante nadie.
Por eso, se plantearon dos caminos que ambos, Moel y Leinad, habían de seguir.
El camino del conocimiento mental, de manos de los monjes de la parte interior de la muralla del castillo, cuyo prior debía a su padre una vieja deuda que nunca se nombraba.
Y el camino de la sabiduría física, de manos del antiguo instructor de lucha de la guardia de la ciudad, un hombre proveniente del Este y viejo compañero de reuniones de su tío Ordep.
Y así, cada día, Moel y Leinad cultivaban su cuerpo y su mente.
Hoy, la ciudad se ha levantado diferente, su olor, sus sonidos, todo hace pensar que no va a ser un día normal.
Hoy, han llegado noticias de que al sur está ocurriendo algo.
Los soldados, nerviosos, se apresuran a entrar en el castillo siguiendo el sonido de los cuernos de llamada de sus jefes de guardia, que resonaban con fuerza desde las torres de vigía.
Habían llegado ya los emisarios de las ciudades próximas de las tierras que bordean el Orbe.
El Orbe, el gran río que divide el norte del sur. De gran calado y varios cientos de metros de ancho, por sus aguas transitan los barcos de mercaderes, como los de Ordep, atravesando por entero las tierras de los reinos del Óllalo.
Es en la zona norte del Orbe donde se encuentra la ciudad de Moel.
Junto al cauce del río, a modo de foso, y tras una gran muralla, construida de fuertes rocas, ahí estaba.
La ciudad de Azog, una construcción defensiva que dejaba acceder a ella por un gran puente de piedra amurallado.
En el centro de este, un levadizo de madera que se elevaba para el paso de los grandes barcos y que, en tiempo de asedio, era fácil el poder hacer desaparecer.
Otros dos accesos, unos pequeños puentes de madera, se encontraban a los lados del puente de piedra principal, separados unas decenas de metros de este.
Habían pasado ya varios días desde aquella primera llamada en la que soldados y emisarios se reuniesen en el Castillo con la Reina Naa.
Reuniones desde entonces periódicas que tenían lugar con la primera Luna llena.
Y fue en esa Luna, ese mes, cuando los emisarios salieron mucho más apresurados que de costumbre, nerviosos, abandonando las murallas del castillo y perdiéndose en todas las direcciones del reino.
Naa entró en la sala y los murmullos se apagaron.
Con un nivel de inteligencia sólo comparable a su gran belleza, hubo de aceptar el trono cuando su padre, el gran Rey Auj, cayó en la batalla de las tierras del norte de los reinos del Óllalo, que liberó su reino del terror de los antiguos gorls.
Centrada en su reinado, estaba rodeada de pensadores, artistas y también de grandes señores de la guerra que lucharon junto a su padre, convertidos ahora en generales de su ejército.
Era una reina amada por su pueblo, justa y estricta en el cumplimiento de sus leyes, pero también misericordiosa con aquellos que necesitaban de la ayuda del reino.
De grandes ojos marrones y una frondosa melena negra de pelo largo y rizado, Naa desprendía un aura que envolvía a todo aquél que compartía espacio con ella, no por solo por su belleza, sino por la certeza de que nunca decía una palabra de más, generando en todos respeto y admiración.
Naa se acercó a uno de sus generales y dijo:
-Es el momento, avisemos al pueblo.
El general respiró profundo y tragó saliva.
-Entonces… ¿se confirma que son ellos?
Naa asintió, diciendo:
-Los gorsl están en el norte.
El general, con una voz mezcla de valentía y de temor por el futuro de su pueblo, respondió:
-Sí, mi reina, para desvanecerse entre el resto de asistentes a la reunión y cumplir la orden de su reina.