Nueve con noventa y nueve Capítulo 26 — Pantalla
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Capítulo 26 — Pantalla

La frase permanece en la pantalla. Bienvenido a Operaciones.

No parpadea. No pide confirmación. Queda centrada sobre el fondo blanco, escrita con la misma fuente desplazada que ya no necesita demostrar nada. Durante unos segundos mantengo el móvil en la mano y espero una instrucción que ordene el resto. La instrucción no llega.

Debajo de la frase aparece una barra fina.

Avanza de izquierda a derecha sin porcentaje visible.

Cuando llega al final, la pantalla queda en blanco.

Después se abre una interfaz nueva. No tiene menú lateral.

No tiene colores que intenten tranquilizar.

Solo bloques rectangulares, líneas negras, una escala de prioridad y tres palabras en la parte superior.

Operador provisional.

Debajo, mi nombre completo. Pablo Marín.

La aplicación no me pregunta si soy yo. No me identifica. Ya lo ha hecho. El nombre aparece como aparece el saldo en una cuenta corriente o la matrícula en una multa: sin necesidad de convencer a nadie.

El primer bloque se llama Estado. Disponible. El segundo, Historial. Cliente. Cumplimiento. Contraprestación. Evaluación. Incorporación. Cada palabra ocupa una línea. No hay fechas a la vista. La Compañía no organiza el tiempo para que yo lo entienda; lo organiza para que se ejecute.

Toco Historial. La pantalla cambia. No aparecen los vídeos del hotel.

No aparece Marta. No aparece Romero. Aparece una lista de expedientes reducidos a categorías.

Deseo relacional: ejecutado. Contraprestación técnica: ejecutada.

Impacto humano: validado. Riesgo de fuga: bajo.

Capacidad operativa: alta. Adaptación moral: suficiente.

Leo la última línea dos veces. Suficiente. No excelente. No completa. No irreversible. Suficiente. Como una validación de campaña, como una política de acceso, como una excepción que cumple los criterios mínimos para pasar al siguiente estado. El sistema no me premia. Me clasifica.

En la parte inferior hay un botón. Continuar. Lo pulso. Aparece un documento de lectura obligatoria. No se llama contrato. No se llama manual. El título es más pobre. Procedimiento inicial. El texto ocupa toda la pantalla. Frases cortas. Márgenes estrechos. Ninguna palabra innecesaria.

El operador no concede deseos. El operador no decide el cumplimiento. El operador no negocia contraprestaciones. El operador clasifica, valida, enruta y verifica. El operador permanece disponible.

Bajo despacio. No utilizar canales externos. No advertir a clientes. No advertir a sujetos de impacto. No intentar identificar otros operadores. No interrumpir procesos activos. Debajo hay una línea separada. La resistencia no anula la función. La leo sin mover el pulgar.

Después la pantalla desciende sola hasta el final del documento.

Una casilla aparece marcada de antemano.

Lectura registrada. No he aceptado nada en esta pantalla.

Esa parte ya ocurrió en otro momento. La aceptación no era un botón.

Era una secuencia. El hotel. La misión. Romero.

La semana. La oferta. La duda. El pulgar sobre el icono. Ahora solo queda el registro.

La aplicación vuelve al panel principal.

Disponible. Dejo el móvil sobre la mesa baja.

La pantalla permanece encendida. A los treinta segundos no entra en reposo.

Al minuto tampoco. El cuadrado blanco ilumina el borde del mando del televisor, el recibo del supermercado y la pata metálica de la mesa.

La casa no cambia. Solo queda organizada alrededor de una pantalla que no se apaga.

A las dos y cuarenta y seis sigo despierto.

No llega ninguna asignación. Eso también es una forma de entrenamiento.

A las siete suena el despertador. El móvil de Operaciones sigue encendido sobre la mesa baja.

No lo he llevado al dormitorio. No ha hecho falta.

La pantalla conserva el mismo panel. Disponible.

Me ducho, me afeito y me visto para ir al banco.

Camisa blanca. Pantalón gris. Americana azul oscuro.

Ropa que no pide explicación. En la cocina preparo café y lo bebo de pie, mirando el teléfono desde el otro lado del salón.

Si alguien entrara ahora, no vería nada distinto: un hombre antes del trabajo, una mesa baja, un móvil encendido.

La diferencia está en la dirección de la espera. Antes esperaba que la Compañía me escribiera. Ahora espera conmigo.

Guardo el móvil en el bolsillo interior de la americana.

El peso no cambia. O cambia poco. La tela cae igual.

Cierro la puerta con doble vuelta de llave y bajo por el ascensor.

En el portal, una mujer del tercero recoge una caja de mensajería abandonada junto a los buzones.

Mira el nombre de la etiqueta, y la deja en el alféizar de la portería.

—Buenos días —dice.

—Buenos días.

La caja queda allí, esperando al destinatario correcto.

Conduzco hasta el banco por la avenida principal. El tráfico de la mañana funciona con su precisión cansada. Aparco en la planta menos dos, plaza treinta y cuatro, columna H. Antes de bajar, saco el móvil. Disponible. No hay asignaciones. Subo seis plantas hasta la cuarta.

En la oficina, la semana parece haber recuperado su tamaño normal.

La zona de Marketing está completa. Marta ha vuelto.

La veo de pie junto a su mesa, con el portátil abierto y una carpeta bajo el brazo.

Lleva el pelo recogido y una camisa verde oscuro que no le había visto antes.

Habla con Nuria. Señala algo en la pantalla.

La escena pertenece al banco. Cuando paso por delante, levanta la vista.

No hay saludo al principio. Solo una comprobación. Después dice:

—Buenos días.

—Buenos días.

Nuria sigue hablando. Marta vuelve a la pantalla. El movimiento es correcto. Podría no haber ocurrido nada. De hecho, para la oficina, no ha ocurrido nada que necesite nombre.

Me siento en mi mesa. Andrés llega cinco minutos después con el portátil bajo el brazo y un yogur de cereales. Ha vuelto al yogur. Eso debería significar que algo se ha recolocado. O que nada ha cambiado lo suficiente.

—Hoy tienes cara de haber dormido —dice.

—He dormido poco.

—Eso es compatible con tener cara de haber decidido algo. ¿Has decidido algo?

Abro la sesión del banco. Contraseña. Segundo factor. Aviso legal. Escritorio.

—Venir a trabajar.

—Ambicioso.

Andrés rompe la tapa del yogur, pero no lo remueve todavía. Mira mi bolsillo interior, quizá porque el móvil ha vibrado. O quizá porque yo creo que ha vibrado. No ha vibrado. La aplicación no necesita vibrar.

La mañana avanza con reuniones menores. Revisión de excepciones.

Seguimiento de campañas. Una consulta de Auditoría provisional sobre roles heredados.

El nombre de Romero no aparece en ningún asunto, pero su ausencia ya forma parte del mobiliario.

Donde antes había una persona, ahora hay procedimientos.

A las diez y treinta y dos, el móvil se enciende dentro del bolsillo. No suena. No vibra. Lo sé porque la tela deja pasar una claridad mínima, un rectángulo breve contra la parte interior del brazo. Me levanto.

—¿Café? —pregunta Andrés.

—Luego.

Camino hasta una sala pequeña que se utiliza para llamadas internas. Tiene una mesa redonda, cuatro sillas y una pantalla de pared que nadie enciende porque el cable HDMI falla desde hace meses. Cierro la puerta. Saco el móvil. El panel ha cambiado.

Asignación inicial.

Debajo aparece un expediente con un identificador alfanumérico y tres campos visibles. Cliente: A.L. Solicitud: reactivación de oportunidad laboral para tercera persona. Estado: pendiente de clasificación.

Durante unos segundos no leo más. A.L. No hay foto.

No hay nombre completo. No hace falta. La Compañía no escribe Andrés Lazcano porque sabe que dos iniciales bastan si se colocan en el momento adecuado.

La solicitud tampoco necesita más detalle.

Una oportunidad laboral para una tercera persona.

Lucía. La hermana de Lucía. La entrevista que no llegó.

La que Andrés había pedido como si pidiera una puerta un poco menos cerrada.

El sistema despliega el campo siguiente. Historial cliente: una solicitud ejecutada, una solicitud no procesada. Fiabilidad de cumplimiento anterior: alta. Debajo: Operador asignado: Pablo Marín.

Me quedo de pie junto a la mesa redonda. En la pantalla apagada de la pared aparece una mancha oscura, sin definición. No me acerco. No necesito ver mi cara.

La asignación ofrece tres opciones. Clasificar como viable.

Clasificar como no viable. Derivar. Toco la pantalla sin seleccionar nada.

El panel responde abriendo información adicional.

Sujeto beneficiario: tercera persona vinculada al cliente, sin identificar.

Sujeto de impacto probable: candidato externo no identificado.

Contraprestación estimada: baja. Riesgo reputacional cliente: bajo. Riesgo operativo: bajo.

La Compañía lo ha convertido todo en campos.

Andrés no aparece como amigo. Lucía no aparece como novia.

Su hermana no aparece como persona que espera una llamada.

El candidato externo no identificado no aparece como alguien que quizá lleva meses buscando ese puesto, que quizá tiene hijos, deudas, una vida administrada con la misma torpeza que todos.

Ninguno aparece completo porque la pantalla no necesita cuerpos enteros para trabajar.

Yo sí sé que hay cuerpos. Ese es el valor que aporto. La frase no aparece en la pantalla. Aparece en mí, con una claridad que no tiene forma de pensamiento noble. La Compañía no me ha incorporado porque ignore el daño. Me ha incorporado porque puedo verlo y seguir usando el formulario.