Capítulo 26 — Pantalla #2
El botón de clasificación espera. Oigo pasos al otro lado de la puerta.
Alguien se detiene, prueba el picaporte y se marcha.
La sala estaba libre en el calendario. No la he reservado.
Esa es la clase de descuido que antes me habría incomodado.
Ahora marco una nota: reservar espacios antes de revisar asignaciones. El pensamiento llega limpio. Técnico.
Pulso Viable. La pantalla solicita confirmación.
Clasificación vinculante. El operador declara haber revisado la disponibilidad de impacto y acepta trazabilidad interna.
No hay casilla de culpa. No hay apartado para indicar que conozco al cliente.
No hay campo donde escribir que Andrés me preguntó por puertas en el parking y que yo fingí no entenderle.
El sistema sabe todo lo que necesita y nada que pueda entorpecer la operación.
Pulso Confirmar. La asignación desaparece. La pantalla queda blanca. Después aparece una línea. Clasificación recibida. Debajo: Operador validado.
No siento alivio. Tampoco alarma. La emoción, si existe, llega tarde y sin utilidad. Lo primero que hago es comprobar la hora. 10:37. Cinco minutos fuera del puesto. Demasiado para una consulta de calendario. Aceptable para una llamada.
Vuelvo a la oficina. Andrés está en mi mesa, de pie, con el yogur en una mano. No ha empezado a comerlo.
—Te buscaban de Sistemas —dice.
—¿Quién?
—Nadie importante. Esa es la gracia de Sistemas. ¿Todo bien?
—Sí.
—Eso ha sido muy rápido.
—Era una llamada.
Andrés me mira. Después baja la vista al yogur.
—Claro.
Vuelve a su mesa. Me siento y abro el correo. A las once y dieciséis entra una notificación interna sobre la campaña Q3. Marta ha cerrado el acceso definitivo. Me incluye en copia. «Validado según lo acordado. Gracias» . Leo el mensaje una vez. Lo archivo.
A mediodía, Andrés recibe una llamada. No la coge en su sitio.
Mira la pantalla, se levanta y camina hacia el pasillo.
Sale de la planta por la puerta lateral que lleva a la escalera de emergencia.
Vuelve siete minutos después. Trae el móvil en la mano y una expresión que intenta colocarse antes de llegar a la mesa.
Se sienta. Abre el portátil, que ya estaba abierto.
Cierra una pestaña. La vuelve a abrir. Después me mira desde el otro lado de la mampara.
—Han llamado a la hermana de Lucía —dice.
No parece contento todavía. El cuerpo a veces tarda en recibir las noticias que la cabeza considera buenas.
—¿La clínica?
—Sí.
—Bien.
—Sí. Bien.
Mira el yogur. Sigue cerrado.
—Qué raro, ¿no?
—¿Por qué?
—Por nada. Porque justo hoy.
—A veces llaman.
Andrés sonríe, pero la sonrisa queda incompleta.
—Eso suena a frase de persona que no cree en nada.
—Suena a frase de banco.
—Peor.
Esta vez sí abre el yogur. Hunde la cuchara en el centro, despacio. La superficie se rompe en una línea blanca. Come una cucharada. Después otra. No vuelve a decir nada. El expediente no aparece en mi móvil. La clasificación ya ha viajado a otra parte.
Por la tarde, Marta entra en la sala pequeña donde estoy revisando un documento de permisos. No he reservado la sala. Otra vez. Ella abre la puerta, ve que estoy dentro y se detiene.
—Perdona.
—Termino en cinco minutos.
—No hace falta. Busco otra.
No cierra de inmediato. Mira el móvil que tengo sobre la mesa. La pantalla está apagada, pero el icono de Operaciones ocupa algún lugar detrás del cristal. No puede verlo. Aun así, sus ojos se quedan allí un tiempo más de lo necesario.
—Lo hiciste —dice.
No pregunta qué.
—Sí.
Marta no entra. No sale. Se queda en el umbral, con una carpeta contra el pecho y el anillo en la mano izquierda. Ya no lo gira. Lo lleva como se llevan algunas cosas después de que dejan de ser noticia.
—¿Y ahora?
Miro el documento abierto en la pantalla del portátil. Una tabla de accesos. Tres usuarios pendientes de baja. Una excepción antigua marcada en amarillo.
—Ahora trabajo.
Marta asiente muy despacio.
—Eso es lo peor que podías decir.
No hay reproche añadido. Solo una constatación.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
Cierra la puerta antes de que yo responda.
Me quedo solo en la sala pequeña. El móvil sigue sobre la mesa.
La pantalla se enciende. No he tocado nada.
Disponible. El estado ocupa el centro del panel.
La aplicación no comenta la conversación.
No registra la frase de Marta. La Compañía no necesita que Marta me perdone ni que me condene.
Necesita que el operador permanezca disponible.
Y el operador permanece disponible. Es la primera vez que la frase me llega así, en tercera persona, como si describiera a alguien sentado en esta silla y no a mí. No me asusta. La registro, igual que registro un acceso pendiente de baja, y sigo.
A las seis y media bajo al parking. No espero a Andrés.
No busco a Marta. El ascensor baja sin detenerse: cuarta, tercera, segunda, primera, cero, menos uno, menos dos.
En la planta menos dos, el operador camina hasta su coche.
La plaza de Marta está ocupada. La suya también, por su coche. Todo en su sitio.
Al abrir la puerta, el móvil se ilumina.
Nueva asignación disponible. Se sienta al volante y cierra.
No arranca. La pantalla muestra el expediente.
No hay iniciales conocidas. Esta vez la solicitud no roza ninguna vida que el operador sepa nombrar, y eso —descubre— no cambia el procedimiento.
Lee. Clasifica. Confirma. Operador validado.
La pantalla vuelve al panel. Disponible.
No hay música. No hay cambio de luz. No hay ninguna frase final que ordene lo ocurrido.
Solo un nombre en la parte superior, el estado en el centro y un historial que empieza a crecer sin ruido.
Apoya el móvil en el soporte del salpicadero, a la altura de los ojos.
Al otro lado del parabrisas, la barrera espera en posición horizontal.
Arranca. El lector reconoce la matrícula. La barrera sube. Permanecer disponible.
La ciudad ya está encendida. Conduzco sin prisa por la avenida y, en algún punto entre dos semáforos, dejo de distinguir si conduzco hacia casa o si la casa es solo el lugar donde la pantalla seguirá encendida. No es una distinción que el procedimiento necesite. La aparto.
El móvil se ilumina por última vez antes de llegar.
Pero no es una asignación para clasificar.
Es una pantalla que no había visto: una vista de cliente, en directo, abierta del lado de quien todavía no ha pedido nada.
Alguien, en algún punto de la ciudad encendida, ha encontrado el rectángulo gris entre dos anuncios.
Tres palabras. Una flecha. Lo ha pulsado, como se pulsa algo una noche que uno llama aburrimiento.
El formulario se abre del otro lado. Veo lo que él ve, desde aquí, desde el puesto.
Un campo para el deseo. Un importe. Nueve euros con noventa y nueve céntimos.
Y por debajo del campo, lo que la pantalla no le muestra a él pero sí al operador: su perfil reducido a tres líneas.
Un hombre. Tímido en la manera de teclear, de borrar y volver a escribir.
Ambicioso en lo que no se atreve a poner entero.
Asustado de estar haciéndolo. Exactamente como fui.
El cursor parpadea del lado del cliente. Una vez. Otra. Espera a que escriba lo que ha venido a pedir y todavía no sabe nombrar.
Hay otras pantallas. Las noto a los lados, encendidas, cada una con un campo y un cursor y un importe, cada una con un perfil de tres líneas esperando a un operador que sabe que hay un cuerpo detrás.
No las miro. He aprendido a no mirarlas.
Mirarlas sería buscar la cantidad, y la cantidad no ayuda a clasificar.
Me quedo con la vista en el único cliente que me corresponde, en el cursor que parpadea del otro lado del cristal, en el hombre que está a punto de escribir nueve con noventa y nueve sin saber lo que cuesta.
Podría avisarle. El procedimiento dice que no.
La resistencia no anula la función. Y descubro, sin alarma, que ya no sé si la mano que no avisa es la mía, o si queda en ella todavía algo que pueda llamarse mía.
El cliente empieza a escribir. El operador espera, disponible, a la altura de los ojos. No se sabe, desde aquí, cuál de los dos es el que tiene cuerpo.
Fin