Nueve con noventa y nueve Capítulo 25 — Aceptación #3
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Capítulo 25 — Aceptación #3

Me levanto y voy al dormitorio. Abro el armario.

Saco una camisa limpia para mañana. La dejo sobre la silla.

Después vuelvo al salón. El gesto no tiene relación con aceptar.

Por eso lo hago. La Compañía ha entendido hace tiempo que una vida no cambia solo cuando uno pulsa una pantalla.

Cambia cuando prepara ropa para el día siguiente sabiendo qué va a pulsar por la noche.

A las nueve y cuarenta, Andrés escribe.

«¿Estás vivo?»

Miro el mensaje. No respondo. A las nueve y cuarenta y tres escribe otra vez.

«No contestes si vas a decir que sí».

Dejo el teléfono sobre la mesa. A las diez, Marta escribe.

«No me cuentes nada».

El mensaje llega sin saludo, sin contexto y sin pregunta. Dos segundos después añade:

«Pero no digas que no había otra cosa».

No respondo tampoco. Los dos mensajes quedan sobre la pantalla durante unos segundos. Después desaparecen detrás del fondo negro de la Compañía. Tiempo restante: una hora.

Me siento. La casa está ordenada de un modo insuficiente. Mesa baja, sofá, silla, portátil cerrado, vaso vacío, libro en inglés todavía sin terminar. Todo en su sitio. Nada preparado para impedir nada.

A las diez y cincuenta y ocho, la pantalla cambia.

No hay cuenta atrás animada. Solo el texto: Última revisión disponible.

Pulso. Aparece un documento breve. INCORPORACIÓN A OPERACIONES.

Identificación: Pablo Marín. Estado: candidato.

Clasificación preliminar: apto. Modalidad: canal remoto.

Disponibilidad inicial: condicionada. Evaluación moral: no aplicable.

Me quedo mirando esa última línea. Evaluación moral: no aplicable. No es una provocación. Es una categoría.

El documento continúa. La incorporación permitirá al candidato recibir solicitudes, procesar viabilidad, activar terceros ejecutores y mantener continuidad de canal.

El candidato no participará necesariamente en la formulación de deseos.

Su función inicial será intermedia. Intermedia.

Ni cliente ni dueño. Una pieza entre el deseo de otro y el precio de alguien.

En la parte inferior aparece la casilla. Declaro haber comprendido. Pongo el pulgar sobre el cuadrado. No pulso todavía.

Pienso en Romero. No en su ficha de intranet, no en la caja completa, sino en la taza: Papá trabaja aquí.

Letras azules, torcidas, hechas para que un hombre pudiera beber café delante de otros hombres y recordar que alguien, en alguna parte, había pensado en él como padre antes que como director.

Pienso en Marta en el hotel. No en el cuerpo, sino en el momento en que miró el punto negro del techo y entendió que la habitación nunca estuvo vacía.

Pienso en Andrés diciendo que una puerta también sirve para contar quién entra.

Pienso en Daniel abriendo la puerta del coche a una mujer que ya sabe que el matrimonio no la coloca fuera del sistema.

La lista no me detiene. Ese es el dato. La lista me acompaña hasta el botón. Marco la casilla. La pantalla no cambia. El botón ACEPTAR queda activo. Lo pulso.

El teléfono no vibra. No hay sonido. No aparece una confirmación inmediata. Durante tres segundos, la pantalla permanece negra. Después, una línea: Aceptación registrada. Otra: Canal de Operaciones habilitado. Otra: Asignación inicial pendiente.

El icono gris desaparece de la pantalla.

En su lugar aparece otro. No está en la última fila.

Está abajo, fijo, en el centro, donde antes estaba el acceso principal del teléfono.

No tiene color. No tiene nombre. Solo una forma rectangular, más larga que antes, como una pantalla dentro de la pantalla. Lo miro. No lo abro.

A las once y cuatro, Andrés escribe de nuevo.

«Vale. No contestes».

A las once y seis, Marta elimina los dos mensajes anteriores. El sistema marca: Este mensaje fue eliminado. Dos veces. La frase queda debajo de mi aceptación como si perteneciera al mismo documento.

Dejo el teléfono sobre la mesa baja. La pantalla no se apaga. Permanece encendida con el nuevo icono en el centro inferior. La casa queda iluminada por esa claridad mínima. No suficiente para ver la habitación entera. Suficiente para saber dónde está cada cosa.

Me levanto. Voy al dormitorio. Me quito la camisa.

La doblo sobre la silla. Me pongo una camiseta limpia y vuelvo al salón.

El teléfono sigue encendido. En la pantalla aparece una notificación nueva.

No del banco. No de Marta. No de Andrés.

Del canal. Asignación inicial disponible.

Debajo: Revisión recomendada antes de las 07:00. No la abro.

Me siento en el sofá. Durante un rato, miro el teléfono como se mira una puerta cerrada desde dentro.

Después lo cojo. El cristal está tibio por el tiempo encendido.

Pulso el nuevo icono. La pantalla se vuelve blanca.

No hay texto al principio. Solo un rectángulo vacío y un cursor en el centro.

El cursor parpadea. Una vez. Otra. Otra. Entonces aparece una frase.

Bienvenido a Operaciones.