Nueve con noventa y nueve Capítulo 25 — Aceptación #2
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Capítulo 25 — Aceptación #2

Vuelve a su sitio. El café que ha dejado sobre mi mesa se enfría sin que lo toque.

A las trece y diecinueve, el móvil muestra otra línea.

Tiempo restante: nueve horas. Luego: puede finalizar el proceso en cualquier momento.

Cualquier momento. La Compañía no tiene prisa porque el plazo trabaja por ella.

Como en un embargo. Como en una subasta.

Como en las bandejas de entrada cuando una tarea cambia de color al acercarse la fecha límite.

Trabajo hasta las tres. No por disciplina.

Por aplazamiento. Cada informe cerrado retrasa unos minutos la lectura de lo que ya he leído.

Cada correo respondido demuestra una forma pequeña de normalidad.

La normalidad siempre ofrece pruebas de sí misma: tazas, contraseñas, reuniones, firmas digitales, personas que preguntan por una campaña.

A las tres y diez bajo al parking. No he terminado la jornada.

En el calendario marco visita externa. Nadie lo revisará.

Salgo por el ascensor con dos empleados de Legal que hablan de una cláusula de permanencia.

En la planta cero entra un repartidor con una caja plana.

Baja con nosotros hasta la menos dos. Nadie pregunta por qué. Seis plantas.

Al llegar al parking, camino hasta mi coche y me siento dentro sin arrancar. El móvil queda en el asiento del copiloto. Fondo negro. Ver. Continuar. Aceptar. No hay ya diferencia real entre los botones. La diferencia está en la palabra que necesito para contarme lo que hago.

Me quedo allí veinte minutos. Dos coches salen.

Uno entra. La barrera sube y baja con el mismo movimiento.

Una mujer de Administración pasa junto a mi plaza hablando por teléfono.

Dice que llegará tarde a recoger a su hijo.

Luego desaparece detrás de una columna. En el asiento del copiloto, la pantalla se atenúa. No se apaga. Al final vuelvo a subir.

En la cuarta planta, Andrés no está en su mesa.

Marta tampoco. La oficina parece haber aprovechado mi ausencia para reorganizar sus huecos.

Dejo la americana en el respaldo de la silla y abro el correo.

Tres mensajes nuevos. Uno de Sistemas. Uno de Cumplimiento.

Uno de Marta. Asunto: Acceso validado. Lo abro.

«Gracias. Queda cerrado».

Nada más. Queda cerrado. Leo esas dos palabras varias veces. El móvil se ilumina. Tiempo restante: seis horas.

A las cinco, Marta se acerca de nuevo. Esta vez no trae carpeta.

—Daniel viene a buscarme —dice.

No sé por qué lo dice. Quizá sí.

—Bien.

—No quiero que bajes conmigo.

La frase es tan práctica que tarda en llegar a su sentido completo.

—No pensaba hacerlo.

—Mejor.

Marta mira el móvil.

—¿Cuánto queda?

—Seis horas.

Asiente.

—Entonces ya has decidido.

—No.

—Sí.

No lo dice como reproche. Lo dice como se corrige una cifra en una tabla.

—Una decisión no empieza cuando pulsas el botón —añade.

Miro hacia la zona de Dirección. Desde mi mesa no se ve el despacho que fue de Romero. Tampoco hace falta.

—¿Tú cuándo decidiste? —pregunto.

Marta no responde enseguida.

—Cuando dejé de imaginar una versión en la que no pagaba nadie.

La frase queda sin adornos. Después se va.

A las siete cierro sesión. No bajo con nadie. En el ascensor, la cabina desciende sin detenerse. Cuarta. Tercera. Segunda. Primera. Cero. Menos uno. Menos dos. Miro los números, no la puerta, no la pared, no el móvil. Lo llevo en el bolsillo interior de la americana. Pesa poco. Lo noto igual.

En el parking, Daniel espera junto al coche de Marta.

No está apoyado en la puerta como otras veces.

Está de pie, con las manos en los bolsillos y la mirada en el ascensor.

Cuando ve a Marta salir por otra cabina, sonríe.

Ella camina hacia él. Se dicen algo que no oigo.

Daniel le toca el codo. Un gesto breve, doméstico, de matrimonio nuevo.

Marta no mira hacia mi columna. Yo tampoco debería mirar. Lo hago.

Daniel abre la puerta del coche. Marta entra.

Antes de cerrar, levanta la vista y me ve.

No hay gesto. Solo un segundo de reconocimiento.

Luego Daniel cierra la puerta. El coche sale del parking.

La barrera sube para ellos. Baja. Me quedo junto a mi coche hasta que la luz roja del cierre automático deja de parpadear.

A las ocho y cinco estoy en casa. No ceno. No enciendo la televisión. No abro el portátil. Dejo el móvil sobre la mesa baja y me siento frente a él. Tiempo restante: tres horas.

La pantalla muestra el botón ACEPTAR al final de las condiciones preliminares.

No sé en qué momento ha aparecido. Quizá estaba desde el principio y no quise verlo.

Quizá la Compañía lo ha colocado ahora, cuando ya no queda espacio suficiente para seguir fingiendo lectura.

Debajo hay una casilla. Declaro haber comprendido la naturaleza operativa de la incorporación.

No pone libremente. No pone voluntariamente.

Comprendido. Eso es todo lo que necesita.