Capítulo 25 — Aceptación
Con una incidencia menor empieza el jueves.
A las ocho y cuarenta y dos, el sistema de validación rechaza una solicitud de Comercial porque alguien ha escrito mal el código de campaña.
Una letra en lugar de un número. La clase de error que ocupa tres correos, dos capturas de pantalla y quince minutos de una mañana que nadie recordará.
Lo corrijo antes de que Andrés llegue. No porque sea urgente. Porque está ahí.
En el móvil, el botón sigue esperando. Ver.
Lo he dejado boca arriba junto al teclado.
La pantalla se apaga cada treinta segundos y yo la enciendo cada vez que necesito comprobar que la decisión continúa en el mismo sitio.
La batería baja de noventa y cuatro a noventa y dos.
Después a noventa y uno. El icono gris no consume nada visible. Esa es una de sus formas de eficacia.
Andrés aparece a las nueve y cinco con el portátil bajo el brazo y un paquete de galletas abierto. No trae yogur. Ese detalle entra antes que su saludo.
—Mal día —dice.
—Buenos días.
—Eso confirma que es mal día.
Se sienta. Deja las galletas junto al teclado, arranca el equipo y mira hacia mi mesa sin mirar directamente el móvil.
—¿Sigue ahí?
—Sí.
—¿Has entrado?
—No.
Andrés asiente como si la respuesta pudiera conservarse dentro de una carpeta.
—Bien.
No suena convencido. Durante unos minutos trabajamos sin hablar.
La planta se llena por capas: primero las pantallas, luego las sillas, luego las voces, luego la máquina de café al fondo del pasillo.
En Marketing, Marta revisa algo de pie junto a su mesa.
Ha vuelto a ocupar su puesto sin ceremonia, el ordenador encendido, la libreta abierta, el anillo en la mano izquierda.
Daniel no pertenece al edificio, pero la alianza lo ha traído hasta aquí de una manera más estable que cualquier visita.
Marta no mira hacia mi zona. Eso ya no significa nada.
A las nueve y treinta y uno, el móvil se ilumina. No vibra. No suena. El icono ocupa el centro de la pantalla. Debajo aparece una línea. Tiempo restante: trece horas. Después, el botón. Ver.
Andrés lo ve desde su mesa. No hace ningún comentario.
Solo deja la galleta que tenía en la mano sobre un papel y se queda mirando la pantalla de su ordenador, bloqueada todavía en el campo de contraseña.
Pulso el botón. No ocurre nada durante un tiempo.
Luego desaparece la pantalla de inicio del teléfono.
El fondo negro ocupa todo el cristal. La fuente de la Compañía aparece centrada, con esa inclinación leve que hace que cada letra parezca mal colocada en su propio cuerpo.
CONDICIONES PRELIMINARES.
Debajo, una lista. No hay saludo. No hay identificación. No hay referencia a la oferta anterior. Solo condiciones. La primera dice: el candidato acepta recibir asignaciones de Operaciones con frecuencia no programada. Candidato. No cliente. No usuario. No ejecutor. Candidato.
La segunda: las asignaciones podrán afectar a terceros no vinculados a solicitudes previas del candidato.
La tercera: la negativa reiterada será registrada como interrupción de servicio.
La cuarta: la aceptación no supone cancelación, eliminación ni devolución de materiales asociados a contratos anteriores.
Leo esa línea dos veces. No promete nada de los archivos. Ya no intenta parecer que lo promete.
La quinta: el candidato mantendrá su actividad ordinaria salvo instrucción contraria.
Actividad ordinaria. Mi mesa. El banco. Marta al otro lado de la planta.
Andrés abriendo paquetes de galletas. El parking de la planta menos dos.
Los ascensores. Los informes. La camisa blanca de los lunes.
Todo eso entra dentro de una condición contractual formulada por algo que no necesita oficina.
La sexta: la Compañía podrá evaluar disponibilidad, criterio, discreción y eficacia mediante escenarios no anunciados. Aparece un botón al final. CONTINUAR LECTURA. No dice aceptar. Pulso.
La pantalla cambia. Aparece una sección nueva: BENEFICIOS.
La palabra está en mayúsculas. Limpia. Absurda.
Acceso prioritario a canal de Operaciones.
Protección funcional ante exposición no autorizada.
Reducción de fricción en solicitudes futuras.
Clasificación preferente. No hay dinero.
No hay cargo. No hay salario. La Compañía no me ofrece cobrar. Me ofrece seguir siendo útil.
—¿Qué ves? —pregunta Andrés.
No levanta la voz. No se ha acercado. Habla desde su mesa, mirando todavía el monitor.
—Condiciones.
—Claro.
Esa palabra tiene más cansancio que ironía.
—¿Puedo verlas?
Miro el móvil. La pantalla no cambia. No se oscurece. No aparece advertencia.
—No.
Andrés asiente.
—Mejor.
No pregunta por qué. Quizá sabe que no es una prohibición mía. Quizá prefiere no saberlo.
La pantalla baja sola hasta la siguiente sección.
PRIMERA ASIGNACIÓN PENDIENTE. El texto tarda un tiempo en cargar.
No debería cargar. No hay indicador de red, ni barra, ni rueda.
Pero aparece de forma progresiva, línea a línea, como si el teléfono estuviera recibiendo algo desde un lugar donde la demora es otra forma de autoridad.
La asignación no se muestra completa. Solo tres campos: Área: personal.
Naturaleza: observación. Plazo: posterior a aceptación.
No hay nombre. No hay objetivo. No hay daño visible. Eso debería tranquilizarme. No lo hace.
Bloqueo el móvil. La pantalla se apaga. A los dos segundos vuelve a encenderse sola, exactamente en el mismo punto. PRIMERA ASIGNACIÓN PENDIENTE.
Andrés se levanta.
—Café —dice.
—No.
—No te lo ofrecía. Me iba.
Camina hacia el pasillo con el paquete de galletas en la mano. Antes de salir de la zona, se detiene.
—Pablo.
Levanto la vista.
—No leas solo.
La frase no es buena. No es útil. No es siquiera posible. Pero es lo más cercano a una advertencia que Andrés puede permitirse dentro de una oficina.
—Ya he leído —digo.
Él mira el móvil.
—Entonces no firmes solo.
Se va.
Marta aparece junto a mi mesa a las diez y doce. No la he visto venir. Lleva una carpeta azul contra el pecho y el móvil en la otra mano. No se detiene demasiado cerca. Deja entre su cuerpo y mi mesa el espacio exacto que una conversación laboral permitiría.
—Necesito la validación de acceso de la campaña antes de las doce —dice.
Su voz es normal. Demasiado normal habría sido antes una frase mía. Ahora no. Ahora solo registro que su voz pertenece al banco.
—Te la envío en una hora.
Marta mira el móvil sobre mi mesa. La pantalla sigue encendida. No puede leer desde ahí. O sí. La Compañía ha alterado ya demasiadas reglas como para confiar en ángulos de visión.
—¿Lo has abierto? —pregunta.
—Sí.
No reacciona. Solo baja un poco la carpeta hasta apoyarla contra el borde de la mesa.
—¿Y?
—No he aceptado.
—Todavía.
—Todavía.
La palabra queda entre los dos como una confirmación que ninguno ha pedido. Marta mira hacia Marketing. Nadie parece prestar atención. Andrés no ha vuelto. Nuria habla por teléfono en la sala pequeña. Dos personas de Comercial discuten junto a la impresora.
—No te diré que no lo hagas —dice.
Eso sí me hace mirarla.
—Podrías.
—No serviría.
—Quizá sí.
—No.
La seguridad de la respuesta no tiene dureza. Tiene experiencia. Marta apoya la carpeta sobre la mesa, abre la primera hoja, señala una celda con el dedo índice.
—Aquí hay un error de acceso. Si no lo corriges, Comercial lanzará igual y luego dirá que Riesgos no avisó.
Miro la hoja. Tiene razón.
—Lo corrijo.
—Bien.
Pero no se va. Durante unos segundos fingimos que la hoja es el asunto principal. Lo hacemos bien. Dos empleados revisando una campaña. Una conversación perfectamente recuperable si alguien pidiera un resumen.
—Daniel está en casa —dice de pronto.
No la miro.
—¿Bien?
—Sí.
La respuesta no trae alivio.
—Ayer me preguntó por qué estaba tan pendiente del móvil.
La celda señalada sigue bajo su dedo. El papel no se mueve.
—¿Qué le dijiste?
—Que era trabajo.
Marta retira el dedo.
—Y lo peor es que no mentí del todo.
Cierra la carpeta.
—No aceptes pensando que así vas a proteger a nadie. Esa frase sirve para todo. Por eso es peligrosa.
—¿Y si es verdad?
—Entonces será peor.
Se queda un poco más.
—Envíame la validación antes de las doce.
—Sí.
Marta vuelve a su mesa. El móvil continúa encendido.
A las doce menos cuarto termino la validación de la campaña y la envío. Marta responde con un gracias seco, sin emoticono, sin línea adicional. Después su estado aparece como ocupado.
A las doce y ocho, Andrés deja un café sobre mi mesa.
—No lo has pedido —dice—. Por eso lo traigo.
—Gracias.
—No le pongas solemnidad. Es café malo.
Se sienta en el borde de la mesa auxiliar, no en la silla. Tiene la acreditación girada del revés y una miguita en el puño de la camisa.
—He pensado una cosa —dice.
—Eso suele ser peligroso.
—Correcto. Por eso te aviso.
Mira el móvil.
—Si aceptas, quizá vuelvan a hablar conmigo.
La frase llega peor de lo que esperaba.
—No lo sabes.
—No. Pero podría.
—Andrés.
—Ya. Lo sé. No debería querer eso.
Se toca las gafas. Las sube un poco, aunque no se le han movido.
—Pero lo quiero. No mucho. O sí. No sé. Es ridículo, ¿no? Estar esperando que un monstruo vuelva a funcionar porque una parte de tu vida mejoró cuando funcionó la primera vez.
No contesto. Él mira hacia la cafetería, aunque desde aquí no se ve.
—Mi padre está mejor. Mi madre está mejor. Lo que hice fue sucio, supongo. Pero la casa suena distinto desde entonces.
La palabra «suena» se queda sin apoyos. Andrés no suele elegir palabras así.
—No me mires como si fueras el único que ha metido la mano en algo —dice.
—No te miro así.
—Sí.
Se baja de la mesa.
—O yo necesito que me mires así para seguir pareciendo una persona razonable. No sé. Hoy estoy fino.
Intenta sonreír. No le sale.
—Si firmas, no me lo digas —añade.
—Me has dicho que no firmara solo.
—Exacto. Soy contradictorio. Eso demuestra humanidad.