Nueve con noventa y nueve Capítulo 20 — Vuelta
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Capítulo 20 — Vuelta

El despertador, el lunes, suena a las siete.

No hay diferencia en el sonido. El móvil vibra sobre la mesilla y después emite el mismo pulso electrónico de todos los días laborables.

Durante unos segundos no lo apago. Dejo que la secuencia avance hasta el tercer aviso, como si el aparato tuviera que demostrar que el fin de semana ha terminado también para él.

Después deslizo el dedo por la pantalla. La alarma se corta.

En el respaldo de la silla está la camisa blanca que planché el domingo.

La dejé preparada con dos botones abiertos para que no pareciera preparada, pero por la mañana esa corrección resulta inútil: la camisa delata la vuelta.

Me levanto y recorro el piso en el orden de siempre, pasillo, baño, cocina, ventana.

Cada cosa ocupa el mismo sitio que el viernes, el sábado y el domingo.

La diferencia es que hoy tengo hora de entrada, calendario, tarjeta corporativa, plaza asignada y un ordenador esperándome en la cuarta planta.

En la cocina tomo café de pie. No miro la página de la Compañía. No busco el nombre de Romero. No abro el chat con Marta. Hago todo eso sin hacerlo, que es la manera más rápida de comprobar que sigue ahí.

A las siete y cuarenta y dos salgo de casa.

La calle ya está en funcionamiento. Un camión de reparto ocupa medio carril frente al supermercado.

Dos adolescentes con mochilas cruzan sin prisa.

Una mujer espera el autobús con una carpeta transparente contra el pecho.

El semáforo de la esquina cambia a verde antes de que llegue y, aun así, me detengo como si tuviera que pedir permiso al día.

El coche arranca al primer intento. Conduzco por la avenida principal.

La ciudad de los lunes tiene una obediencia distinta: los comercios abren con la puerta a medio subir, los empleados de limpieza retiran bolsas de papeleras que volverán a llenarse antes de mediodía, en las paradas la gente consulta pantallas pequeñas con una concentración sin esperanza.

Todo parece empezar y, al mismo tiempo, continuar desde un punto anterior.

Aparco en la planta menos dos, plaza treinta y cuatro de la columna H.

No hay nadie en la plaza de al lado. Un coche blanco ocupa la treinta y seis.

En la pared, junto al extintor, han pegado un aviso nuevo sobre revisión de puertas cortafuegos.

El papel está torcido. Alguien lo colocó deprisa y decidió que bastaba.

Camino hacia los ascensores con la mochila en la mano izquierda. Dentro llevo el portátil, una carpeta vacía.

El ascensor llega vacío. Pulso la cuarta planta. Menos uno. Cero. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Seis plantas. El mismo trayecto de siempre. El edificio no pregunta qué he hecho con los días que faltan entre el viernes y el lunes. Solo me devuelve al punto donde mi tarjeta dice que debo estar.

En la cuarta planta, la luz ya está encendida por sectores.

La zona de Auditoría tiene dos puestos ocupados.

En la puerta donde antes estaba el nombre de Romero hay una placa provisional impresa en papel blanco.

Dirección provisional. Las letras no llenan el espacio.

Queda margen a ambos lados, un vacío pequeño que nadie ha corregido. Paso de largo.

Andrés está en su mesa. Eso sí es raro. Llega antes que yo, con el portátil abierto, un café de máquina junto al teclado y el yogur cerrado todavía dentro de una bolsa de plástico. Levanta la vista cuando me acerco.

—Ha resucitado —dice.

—Buenos días.

—No has negado lo de resucitar. Mala señal.

Dejo la mochila junto a mi silla.

—¿Ha pasado algo?

—En general, sí. En concreto, nada que no pueda esperar a que abras sesión. Nuria apostó a que hoy volvías con barba. Yo dije que tú eres de los que se afeitan incluso para una evacuación.

—Has ganado.

—No apostamos dinero. La oficina pierde épica en los detalles importantes.

Abro el portátil. La pantalla me pide contraseña, segundo factor, aceptación del aviso legal actualizado. Marco la casilla sin leer. El sistema tarda unos segundos en cargar el escritorio. Andrés me observa por encima de la mampara.

—¿Todo bien? —pregunta.

No lo dice como suele decir las cosas. No hay broma al final. Tampoco gravedad. Solo una pregunta colocada con más cuidado del necesario.

—Sí.

—Eso es una respuesta de formulario.

—Entonces encaja.

Andrés asiente. Puede insistir. No lo hace. Abre el yogur y remueve una vez, solo una, antes de volver a su pantalla.

La bandeja de entrada tiene cuarenta y seis mensajes nuevos.

Empiezo por los automáticos: confirmaciones de reunión, avisos de mantenimiento, cambios en documentos compartidos, una circular de Recursos Humanos sobre ausencias justificadas.

La abro. Mi nombre no aparece. Nadie aparece.

La norma habla en plural para no mirar a nadie de frente.

Después leo el correo de mi responsable.

«Espero que estés mejor. Tenemos acumuladas algunas validaciones. Prioriza campaña Q3 y revisión de permisos postinspección».

Postinspección. La palabra ya ha entrado en el banco. No hay Romero en el asunto. No hay Romero en el cuerpo del mensaje. No hay Romero en los documentos adjuntos. Su ausencia tiene ahora una etiqueta técnica. Contesto que lo reviso esa mañana y envío.

A las nueve y doce, Marta pasa por el pasillo con el portátil bajo el brazo.

No viene hacia mí. Camina desde la zona de Marketing a la sala grande, acompañada por dos personas de Comercial.

Lleva pantalón negro, camisa gris clara y una chaqueta corta.

El pelo recogido bajo. El anillo en la mano izquierda.

La misma precisión de siempre, pero con una economía distinta en los movimientos, como si hubiera eliminado cualquier gesto que no tuviera función.

No me mira. Tampoco evita mirarme. Pasa.

Uno de Comercial le dice algo. Ella responde sin detenerse. La puerta de la sala grande se abre y los tres entran. A través del cristal veo cómo Marta deja el portátil sobre la mesa, conecta el cable, revisa la pantalla y coloca la libreta a su derecha. Todo ocurre en el orden correcto.

Andrés aparece junto a mi mesa con el yogur en la mano.

—Reunión de seguimiento a las diez —dice—. Cambios de procedimiento tras revisión externa. Lo han puesto tan largo que seguro que significa Romero.

—Seguramente.

—¿Tú tienes que ir?

—Sí.

—Yo también. Si hacen preguntas, tose.

—No estoy enfermo.

—Eso no tiene relación con toser en una reunión.

Se va antes de que conteste. Trabajo hasta las diez con máxima concentración.

Reviso permisos, cierro dos validaciones, marco tres accesos para caducidad automática.

En uno de los informes aparece el identificador de la cuenta de servicio que utilicé durante la misión.

No como anomalía. Como parte de una lista histórica de cuentas revisadas.

Está ahí, una línea más, con fecha de última actividad, estado, responsable funcional. Activo. No la toco.

A las diez menos cinco camino hacia la sala grande.

Dentro hay más gente de la necesaria: Legal, Marketing, Cumplimiento, Auditoría, Riesgos, Comercial, Sistemas.

La clase de reunión que una organización convoca para demostrar que ha aprendido algo sin admitir todavía qué ha pasado.

En la pantalla aparece una diapositiva con fondo azul y título blanco. Refuerzo de controles transversales.

Me siento junto a Andrés, en la segunda fila. Marta está al otro lado de la mesa, cerca de la pantalla. No dirige la reunión, pero parece preparada para corregirla si se desvía demasiado. Tiene un bolígrafo negro entre los dedos. No escribe.

Un hombre de Cumplimiento empieza a hablar.

Dice revisión. Dice trazabilidad. Dice robustecimiento.

Dice cultura de control. Dice aprendizaje organizativo.

Cada palabra cae sobre la mesa sin dejar marca.

Nadie menciona a Romero. Nadie menciona la cuenta de servicio.

Nadie menciona la ventana de mantenimiento.

Las cosas importantes se nombran solo cuando ya tienen un procedimiento que las vuelva inofensivas.

En la tercera diapositiva aparece una lista de medidas. Caducidad reforzada de cuentas heredadas. Validación cruzada en ventanas fuera de horario. Doble revisión de accesos de Auditoría. Matriz de responsabilidad actualizada. Una cuenta heredada de Auditoría no aparece en pantalla. Yo la veo igual.

—Esto nos afecta a todos —dice el hombre de Cumplimiento—. No se trata de buscar responsables individuales, sino de reforzar el marco.

Andrés baja la voz.

—Cuando dicen que no buscan responsables, ya tienen uno.

Miro hacia la pantalla.

—Calla.

—Toser habría sido más elegante.

Marta levanta la vista en nuestra dirección.

No sé si ha oído algo. Sus ojos pasan por Andrés, luego por mí.

No se detienen. Vuelven al ponente. El hombre de Cumplimiento cede la palabra a una mujer de Sistemas.

Ella explica nuevos flujos de aprobación, ventanas de cambio, evidencias obligatorias.

Su lenguaje es más preciso y, por eso, menos tranquilizador.

Cada control nuevo dibuja la forma del fallo anterior. En un momento mira hacia mí.

—Riesgos revisará las excepciones con carácter previo en campañas activas y en accesos cruzados.

Asiento. La sala acepta mi gesto como si significara algo. Marta escribe por primera vez. No sé qué anota.

La reunión termina a las once y seis. Nadie aplaude, claro. La gente recoge portátiles, botellas de agua y carpetas con una rapidez contenida. La organización ha recibido su dosis de procedimiento. Puede volver a funcionar. En el pasillo, Andrés camina a mi lado.

—¿Has visto? Refuerzo transversal. Si algún día me muero, quiero que pongan eso en mi esquela.

—No cabría.

—Mi familia pagará una esquela grande.